TODOS LOS LIBROS, EL LIBRO
Por Raquel Espinosa
En el poema “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad” Jorge Luis Borges recrea una atmósfera marina y exótica donde un hombre, distendido, con un cigarrillo encendido medita sobre el tiempo y la vida y dice en la última estrofa:
El humo desdibuja gris las constelaciones
remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.
El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones.
El río, el primer río. El hombre, el primer hombre.

Parafraseando a Borges o continuando su interesante discurrir podríamos agregar: “El libro, el primer libro”. Y en un juego interminable de palabras ensayar el sintagma: “todos los libros, el libro”.
Los versos del poeta aluden en el título a un manuscrito, en referencia a aquellos libros escritos a mano. En la actualidad, el término puede abarcar desde textos antiguos de incalculable valor histórico escritos en papel, pergamino o materiales flexibles hasta documentos electrónicos. El término libro incluso podría pensarse en otros soportes como la piedra o el metal (pensemos por ejemplos en los famosos códigos jurídicos de las primeras civilizaciones de la mesopotamia en oriente) y, si atendemos a los usos metafóricos podríamos mencionar el agua, la arena o el aire mismo. El propio Borges publicó El libro de arena y Antonio Cornejo Polar Escribir en el aire mientras el pueblo se refiere a que algo que se olvida pronto o tiene vida efímera cuando dice “fue escrito en el agua”.
Lo cierto es que el libro aparece en la historia acompañando al hombre, más allá de cómo se “encarnen” las palabras para ser visibles a sus lectores.
Volvamos ahora a los versos de Borges cuando dice:
El libro. El primer libro
¿Hubo un primer libro? ¿O fueron varios los libros que aparecieron como tales por primera vez en distintos puntos del planeta como sucedió con la humanidad misma y con las primeras sociedades? El enigma ya resuelto o por resolver no importa en este caso pues la poesía va más allá de la realidad tangible y nos regala la posibilidad de la interpretación infinita. Todo libro es el primer libro cuando lo comenzamos a leer o a escribir pues todos leemos y escribimos sino en papel seguro sí con el pensamiento.
Pero volvamos una vez más al poema de Borges y, ya que en él recrea un ambiente marino, tiremos anclas en el título antes aludido. En él el autor asegura que lo que ha escrito es, en realidad, un manuscrito que está en el libro de Conrad. El genio borgeano nos lleva así al primer libro, el de Conrad, uno de sus escritores preferidos, que lee y reescribe y cita permanentemente. Porque todo libro habla de otros y toda escritura remite a la primera escritura. Por eso todo libro es el primer libro. El origen es el principio que construye la tradición y en ésta necesariamente resuenan las voces de todos aquellos que en el camino hicieron su aporte.
Para relajar la mirada y extender el horizonte veamos otro ejemplo. Entrevistado, en cierta oportunidad, por Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez le dice:
“Te advierto que los libros me gustan no porque necesariamente los crea mejores, sino por razones diversas no siempre fáciles de explicar”.
El entrevistador le recuerda a García Márquez que siempre menciona a Edipo Rey de Sófocles y él agrega que también cita el Amadís de Gaula, el Lazarillo de Tormes, El diario de la peste de Daniel Defoe, El primer viaje en torno al globo de Pigaffeta, Tarzán de los monos de Burroughs y agrega otros autores: Tolstoi y Faulkner y coincidiendo con Borges, también señala a Conrad y suma a Saint-Exupéry. Precisa que la única razón por la que cada lector vuelve a leer un libro es porque le gusta.

La interesante y larga entrevista al autor de Cien años de soledad le permitió a Mendoza publicarla luego, como libro, con el título El olor de la guayaba. A lo largo de sus capítulos es posible asistir a la biografía del autor en su faceta de lector. Sus primeros pasos en su formación como lector y, desde los trece años, las largas jornadas que pasa leyendo en un barco de rueda que remonta con lentitud el río Magdalena y luego en un tren subiendo fatigosamente por la brumosa cordillera o en las solitarias habitaciones del liceo cultural donde lo mandaron a estudiar o en la universidad de Bogotá y, a su regreso, en Cartagena o en Barranquillas, en cualquiera de los sitios donde debió residir, su único consuelo confiesa que siempre fue la lectura. La lectura despertó su pasión por las letras y El Caribe, el espacio que consideró el más adecuado para escribir, fue su lugar en el mundo.
Porque en un libro resuenan todos los libros y en todos siempre está presente el primer libro. El primero leído, el primero citado, el primero escrito, el primero vendido. Sobre este punto quisiera hacer ahora detenerme. El libro que es un objeto, tangible e intangible, es un objeto de culto, un objeto de intercambio cultural y también un objeto mercantil, quiero decir, también está considerado como una mercancía y como tal se puede comprar y vender. En un mundo eminentemente mercantil, del que no podemos escapar con facilidad, tiene que haber una forma de que no todo tenga ese sello estigmatizante: ser una simple mercadería.
No todo debería catalogarse en base a las leyes del mercado, hay cosas que han nacido para atesorarse de otro modo. Veamos el caso del propio García Marquez quien asegura que no volvió a escribir cartas en determinado momento de su vida y no sólo a sus amigos sino a nadie, desde que se enteró que alguien había vendido unas cartas personales suyas para los archivos de una universidad de un país extranjero. El descubrimiento de que sus cartas eran también una mercancía le causó una depresión terrible y nunca, hasta su muerte, volvió a escribirlas.
En el caso de Borges, aunque agradecido por el éxito comercial de sus obras, siempre dejó claro que no escribía para el mercado, sino por la necesidad personal de la escritura y la lectura, viendo la literatura como una forma de la felicidad y no como una industria. Sin embargo, fiel al humor que lo caracterizaba, solía contar que, al vender solo 37 ejemplares de uno de sus primeros libros, quería conocer a cada comprador y pedirles disculpas. Luego, cuando sus libros fueron un éxito consideró que, además de ser una noticia de innegable satisfacción, lo más importante era que la venta de esos miles de libros hacía que el lector fuera “casi infinito”. Ese es el deseo de todo aquel que lee y escribe con pasión, por el principal motivo de que escribir nos proporciona felicidad: que los lectores y las escrituras sean infinitas.
Larga vida al libro y que sigan multiplicándose las lecturas.
Raquel Espinosa es Profesora Universitaria en Letras (Universidad Nacional de Salta,Argentina), Especialista en Ciencias Sociales con mención en Lectura, Escritura y Educación (FLACSO). Tiene publicados varios ensayos, cuentos y novelas. Con Juana Manuela publicó: Palabras mágicas (colección de cuentos infantojuvenil), En la piel del otro (microrrelatos) y El lenguaje de la liberación y el desquite (ensayo).

