El Santo de la Espada y la Civilidad

                                                           Por Belisario Luis Romano Güemes

Parafraseando a A. Larrán de Vere, José Francisco de San Martín fue aquel gran hombre que supo de todos los heroísmos, los sacrificios y renunciamientos, las mayores fatigas, ingratitudes y torpezas; él que todo lo dio para fundar la Patria sin reclamar nada para sí, como no fuera la limpidez fulgente con que pasó a la historia y la veneración que le debemos y le tributamos todos los argentinos.

“El abuelo inmortal” fue llamado con exactitud, y también “El Santo de la Espada”, pero prudente es agregar que debe designársele además “El Santo de la Civilidad”, pues ninguna sabia ley le fue desconocida ni dejó de practicar, desde la Ley de Dios, a quien, según dijo en su testamento, conocía.

Sencillo, sobrio, sufrido como la misma tierra que le vio nacer, fácil le fue imperar en el corazón de los criollos para llevarlos a la epopeya y exaltarlos a la gloria.

Militar de temple, táctico y estratega genial, fue al mismo tiempo el más austero de los ciudadanos.

No es posible nombrarle como uno más en la falange ilustre de los próceres argentinos. San Martín es uno y único, es el arquetipo de la nacionalidad, el ejemplo vivo de lo que debieron y deberán ser sin debilidades, claudicaciones y mentiras, los hijos de esta tierra, para que se cumpla su destino y llegue a ser el aposento universal de la libertad, la paz y la abundancia.

Valiente en el peligro y en la acción, magnánimo en la victoria, sereno y lúcido en la derrota, honrado hasta la minucia en la administración de los bienes públicos, severo y discreto con los altivos, sencillo y generoso con los humildes, tierno en el culto de los afectos, intransigente en cuanto al honor y a la virtud respecta, sobrio hasta el ascetismo en sus costumbres, religioso sin exaltaciones enfermizas, sagaz en el conocimiento de los hombres, sus cualidades y sus defectos, tuvo la visión exacta de la hora que le tocó vivir, la noción perfecta de su cometido y el dominio total de sus resortes anímicos para cumplir la misión -mejor sería decir el apostolado redentor de pueblos– que le cupo en suerte.

Lo han visto en el bronce, rígido, hierático, marcando con el índice extendido la ruta de la victoria que dejaría la tierra tinta en sangre; incluso la suya, que no vaciló en verter desde la sableada de San Lorenzo cargando a la cabeza de sus granaderos, en tributo inicial de su consagración plena a la causa de la Libertad. Bien está plasmada como la han visto, paralizada en ese gesto de suprema energía la estampa del Héroe. Así se lo mostraron, y con esa inclinación al heroísmo que bulle en lo íntimo de sus corazones -en el de todos los jóvenes- admiraron su postura, su vigor para el dominio del bridón y las armas, y la bizarría para el lucimiento marcial de los entorchados.

¡Paladín brillante, sí los hubo, nuestro Gran Capitán!

Pero no fue solo eso, fue el Padre de la Patria en todo lo que la nuestra tiene de tal. En la estructura de sus instituciones, en el temple y el fondo moral de sus hijos y la ternura de sus sentimientos, su valor, su hombría de bien y la sencillez de sus costumbres, El argentino que quiera sentirse valiente, honrado, leal, incorruptible, generoso y patriota tendrá que establecer y resistir el cotejo con José de San Martín.

En la hora de la formación estructural de la Patria pronunció la palabra rectora y dio el ejemplo, mucho más eficaz que la palabra. El ejemplo es palabra en acción, realización del precepto comprendido y que se incorpora al espíritu como regla inflexible. El hombre mismo.

En las más puras morales y lúcidas fuentes de sabiduría nutrió el ideario que rigió su acción en la vida militar y pública nuestro Gran Capitán.

Y así quise mostrárselos, estimados colegas, lectores y amigos, a través de sus palabras y de sus actos, decantados y esclarecidos por la Historia, supremo tribunal para los hombres públicos, cuyo aliado es el tiempo y que tiene por fiscal inexorable a la Verdad.                                                                                                                                       

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

2 comentarios sobre “ El Santo de la Espada y la Civilidad”

  1. Belisario Luis Romano Güemes pinta en su narrativa, una imagen impresionante del hombre más admirado y eterno símbolo de la argentinidad. Utiliza las palabras justas que nos conmueven desde su exquisito conocimiento, construye la personalidad del héroe, desde la humildad hasta su grandeza. Es un hermoso artículo de una gran escritor cerrillano y, por ende, salteño.

    Felicitaciones!!!

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