Por Olivier Pascalin
Para algunos jubilados, esta pregunta es una fuente de angustia.
Para muchos nuevos jubilados, una simple pregunta de cortesía actúa como un electrochoque identitario. Detrás de este malestar, los psicólogos hablan menos de vergüenza que de un duelo discreto por la identidad profesional. Una cena entre amigos, una reunión familiar, un nuevo vecino que se muda… Y cae la pregunta, automática y cortés: «Entonces, ¿a qué te dedicas?».
Para muchos adultos recién jubilados, es ahí donde comienza el malestar, con ese breve silencio antes de responder, ese pellizco que nunca antes habían sentido al presentarse a través de su oficio. Los psicólogos hablan aquí de pérdida de identidad profesional en la jubilación.
Cuando la tarjeta de presentación desaparece, no es solo un empleo lo que se detiene: es todo un atajo social el que se desvanece.
Esta incomodidad puede reflejar entonces la pérdida de un rol, de un estatus y de puntos de referencia cotidianos, sin que ello suponga necesariamente vergüenza.
Para muchos adultos, el título del puesto no es solo una descripción. En pocas palabras, informa al interlocutor sobre una actividad, un entorno profesional y determinadas competencias.
Decir «soy enfermera» o «soy carpintero» evita largas explicaciones. El título hace la presentación por ti.
Tras la jubilación, este atajo desaparece. Ante cada «Entonces, ¿a qué te dedicas?», hay que improvisar una nueva frase: «Era…», «Estoy jubilado, pero…». Cada respuesta se convierte en una pequeña negociación con uno mismo.
Las investigaciones dedicadas al paso del trabajo a la jubilación describen una transición compleja, susceptible de modificar los hábitos, las relaciones sociales y la forma de definirse a uno mismo. No obstante, la experiencia varía fuertemente según las personas: algunas sienten sobre todo alivio, mientras que otras lamentan un rol que estructuraba su vida desde hacía varias décadas.
La pérdida de identidad profesional en la jubilación: una transición vivida a veces como un duelo
La palabra «duelo» acude rápidamente a la mente, aunque los especialistas recomiendan usarla con precaución. Describo aquí cinco reacciones a menudo asociadas a una pérdida: negación, ira, negociación, tristeza, aceptación.
Desarrollado inicialmente a partir de la experiencia de pacientes enfrentados a su propia muerte, este modelo se amplió posteriormente de forma amplia a otras formas de pérdida. Sin embargo, no constituye ni una sucesión obligatoria ni una descripción científica universal del duelo. Estas reacciones pueden surgir en un orden diferente, solaparse o no aparecer.
Este marco puede servir, en particular, para reflexionar sobre la pérdida de una empresa, de un empleo, de una capacidad física o de un sentimiento de control.
En la jubilación, algunas personas mantienen un vínculo con su antiguo universo profesional: aceptar un pequeño contrato de consultoría, conservar un asiento en el consejo de administración o seguir presentándose mediante su antiguo oficio. Estas elecciones pueden responder a un deseo real de transmitir o de mantenerse activos; por lo tanto, no constituyen automáticamente una forma de «negociación». También pueden facilitar una transición progresiva hacia un nuevo rol.
El paso del trabajo a la jubilación constituye una transición ocupacional susceptible de repercutir de manera importante en la vida y en el bienestar. El malestar puede ser más pronunciado cuando la actividad profesional ocupaba un lugar central en la identidad o constituía una fuente principal de reconocimiento y de relaciones sociales. Pero este por sí solo no basta para caracterizar una depresión.
El riesgo aparece cuando la tristeza, el aislamiento, los trastornos del sueño o la pérdida de interés se instalan de forma duradera; en ese caso, resulta útil hablar con un médico o un psicólogo. Por lo demás, replantearse la forma de presentarse puede ayudar a dar cabida al presente sin borrar la trayectoria propia.
El lenguaje importa. Ningún estudio identificado permite afirmar que preparar algunas frases mejore por sí solo la adaptación a la jubilación. No obstante, el ejercicio puede constituir una herramienta concreta para salir de la vacilación: reconocer el antiguo oficio, describir la vida actual y nombrar lo que ahora importa. Por ejemplo, decir que uno ha sido profesor durante treinta años y que ahora dedica su tiempo a sus nietos y a la lectura. Nada espectacular, pero es verdad. A fuerza de ser reformulada, esta presentación puede volverse más fiel a una identidad que ya no se apoya únicamente en el trabajo.
Algunas propuestas de respuesta, adaptadas a tu realidad
«He trabajado mucho tiempo como ingeniera; hoy estoy jubilada y me implico sobre todo en una asociación de barrio.»
«Era artesano; ahora aprovecho mi tiempo para jardinear y cuidar a mis nietos dos días a semana.»
«He pasado mi vida en la función pública y, en este momento, me estoy formando en fotografía: se ha vuelto importante para mí.»
«Trabajaba en el ámbito sanitario y hoy dedico una parte de mi tiempo a mi familia y a un grupo de voluntarios.»
Las actividades no sirven únicamente para «ocupar el tiempo»: también pueden aportar regularidad, relaciones y un sentimiento de pertenencia. Para algunos será el voluntariado, para otros un club deportivo, un taller de escritura, la reanudación de los estudios o incluso un papel de cuidador de un familiar…
Estas actividades no sustituyen mecánicamente a la identidad profesional: su interés depende del sentido que revistan para la persona. El entorno puede apoyar esta reconstrucción evitando reducirlo todo al ocio y formulando preguntas distintas a:
«¿A qué te dedicas?»: «¿Qué te ocupa estos días?», «¿A qué te gusta dedicar tu tiempo?» o «¿Cuáles son tus proyectos?» abren mucho más la puerta a una identidad que ya no se resume en un título.

