El impostor

Por Roberto Espinosa

¿Qué tiene él que yo no? ¿Por qué siempre lleva la delantera y uno es el furgón de cola?

Interrogantes que me acompañan desde que iba a la escuela, cuando sentí que él no era yo y viceversa. Mi pataleo quedaba en la nada porque momentáneamente se enmendaba el… sí, el daño, y después, todo volvía a ser igual.

Pero ya en la adolescencia el enojo, se convirtió en algunos momentos en un malestar impotente.

¿Quién era él para adueñarse de mí siendo otro?

Además, nunca me pidió permiso. Él seguía implacablemente su camino descaradamente. Me palmeaban el hombro:

“No te calentés, ya van a aclarar que vos no sos él. Tampoco es para tanto, che”.

¡Pero sí era para tanto, qué joder! Tartamudeos de personalidad. Dudas. La psicóloga me decía que las vacilaciones en la adolescencia son normales. En realidad, no era él, sino sus seguidores, a quienes no se les ocurría dudar.

A veces lo imaginaba alto, con un lomo tipo rugbier, de escasos sesos, fachero, tal vez por eso tenía muchos fans. Pero quién sabe, quizás era todo lo contrario:

¿Una rata de biblioteca o un bicho de laboratorio?

Mmm, tenía mis reparos. La popularidad viene en envase… ¿Futbolista, cantante, economista, usurero, golfista, proxeneta, alcahuete, político…? Vaya uno a saber.

La verdad es que no conozco muchos famosos como él. Pero seguramente tenía algo especial porque si no, no se explica por qué él sí y yo no. El asunto no se limitaba a mi persona, involucraba a mi tata, a mi hermano, a mis hijas, sobre todo ellas que sentían la frustración de ver cómo las despersonalizaban, convirtiéndolas en otras “individuas”. Lo peor es que nunca te preguntaban antes. A modo consuelo:

“Bueno, no es para tanto, los que te conocen saben que sos vos”.

Con alguna frecuencia me despertaba sobresaltado y sudoroso en la madrugada. Me asaltaba súbitamente una legión de piojos. Trataba en vano de sacármelos de encima. Me rascaba con fervor. Entonces, el jefe de la patota se trepaba a mi nariz. Sacaba pecho. Me metía el dedo en el ojo. Se largaba una carcajada y sobrándome me decía:

“Nos manda tu otro yo para que dejés de criticarlo y de quejarte. No seás blandengue. Además, él no tiene la culpa, si no, los otros, ¿lo entendés? Y si seguís jodiendo la próxima vez, te va a ir peor, te voy a meter el dedo en… el… en la nariz”.

Nunca pude acostumbrarme a que el impostor me pateara el tablero cada tanto. Pese a que ya tengo unos años, me sigue alterando esta cuestión, aunque trato de ser más tolerante con los que avalan a este sujeto. En ocasiones, estimo que se trata de una humorada del ético holandés, ese tal Benito, que nos ha arrastrado por ese barro de confusión, con el propósito de que nos cuestionemos, o un chascarrillo del agonista vasco, don Miguel, que cuenta en “El otro” que Cosme afirma que ha recibido la visita de un hombre idéntico a él, que en realidad es él mismo y que ahora está enterrado en el sótano.

¿Soy yo o el otro? ¿O ambos seremos el mismo? ¿Estaremos en un sótano? ¿Cómo se sentirá el otro cuando lo confunden conmigo? ¿Se fastidiará igual? ¿O se ufanará de que pese a todo, él será siempre el titular y yo, el suplente? ¿Quién puede saberlo?

Lo cierto es que hasta la fecha me siguen poniendo Espinoza, cuando soy Espinosa. To be or not to be that is the question, ¿quenó?


Foto destacada, de Oscar Ferronato

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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