FUENTE DE SABIDURÍA Y CONOCIMIENTO
Por Jorge Eliécer Trivigno Rincón
“La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos”
RABINDRANATH TAGORE
“El poeta solamente tiene algo suyo que revelar a los otros cuando la palabra es impotente para la expresión de sus sensaciones: tal aridez es el comienzo del estado de gracia”
RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
Los poetas, han debido transitar un sendero vital desde su nacimiento, y han acopiado todo el caudal a través de su caminar. Han recorrido, como el apóstol Santiago, el Camino de Compostela, mientras van depurando sus emociones, sentimientos y pensamientos; lixiviando y blanqueando su alma de los elementos toscos y pesados para poder llevar a cabo la alquimia espiritual; y lo han hecho mediante la meditación constante en el laboratorio de su cuerpo, que es un crisol y a la vez alambique donde se llevará a cabo el proceso de purificación; por eso, es un ser que a pesar de que comparte sus creaciones y lo hace rogando al Gran Arquitecto del Universo, que sea su guía—, y sin la luz exterior—, labora en el silencio y en la obscuridad más profunda; pues solo allí se transforma la materia y se convierte —él mismo— en energía sutil para comulgar con el propio infinito.
“Finalmente, nuestro estudioso recupera un artículo de 1909, firmado por el erudito Ángel María Amor Ruibal. En ese texto queda demostrado que la etimología de Compostela no es la habitual campo de la estrella. «Fundándose en que el verbo componere se usa en la acepción de enterrar o sepultar, lo mismo en el latín clásico que en la baja latinidad, sostiene [Amor] que la palabra compostela viene de compostum, forma sincopada de compositum, y el sufijo ela, que significa resultado de la acción»”[i]

Los poetas, son alquimistas que buscan la transformación del plomo en oro; es decir: la espiritualización de la materia, resultado de la acción; y en ese trasegar han encontrado joyas preciosas de sabiduría. Por su sensibilidad, han hecho contacto con su Daimon o Genio interior. Ya lo han dicho los masones, cuando han descifrado el verdadero significado de la letra G, o Gimel: El misterio de la serpiente, que —es la Vida— que se desenvuelve desde su centro como el Nautilus, y es —en sí misma—, la manifestación formal de la vida infinita que se multiplica geométricamente con la medida de la proporción áurea:

Han hallado, mediante la lámpara mágica de su verbo, significados ocultos para la mayoría de la gente, y es algo que no debe sorprendernos, ya que como lo muestra la carta del tarot El eremita, andan iluminándose con ella, guardándola de la vista de los profanos y protegiéndola con el manto de la sabiduría.
Las palabras —que son como luciérnagas—, los abrillantan. Y su luz, se expande en derredor, a pesar de que no se den cuenta.
Nosotros, nos admiramos de encontrar a estos apóstoles del verbo y de su transitar por la vida contemplando la Naturaleza, Mater divinae gratie —Madre de la divina gracia— que le señala el camino con su amor.
Los poetas, han hallado relaciones preciosas entre los seres y las cosas y conocimientos que ni los más doctos en estudios escolásticos encuentran.
Ningún tópico se escapa a estos buscadores de la verdad; pero también son sensibles como el girasol que busca y sigue a la luz del sol, o como la sensitiva, que reacciona al más leve toque de nuestras manos.
Los poetas, esos seres olvidados por la ciencia oficial, admiran algunos y desprecian otros; aportan al mundo conocimientos originados en la gruta interior donde se halla la lámpara de Aladino que debe ser frotada por la sensibilidad del creador. Ese ser que trasciende las fronteras materiales, se encumbra hasta la mente racional y se eleva hasta la cima donde brilla el sol espiritual dotando de luz al genio dormido. A ese creador, le escribió el poeta modernista Guillermo Valencia, que define el papel redentor de la poesía.

LOS CAMELLOS
Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
—bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego—
pararon silenciosos, al pie de las cisternas…
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía…
Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
«amamos la fatiga con inquietud secreta…»
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas… huesos en blanquecino enjambre…
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga:
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas,
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!
¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio…-
¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente;
y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro…
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