Por María Fernanda Rossi- La Pluma Viajera
Tramas del pensamiento

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad aprendió a decir antes de saber escribir. Mucho antes de que la pluma rozara el papel, las manos ya «escribían» sobre el telar. La palabra texto proviene del latín textus (tejido) y del verbo texere (tejer). Originalmente, no había distinción entre quien entrelazaba hilos y quien entrelazaba palabras; ambos construían una estructura para sostener un sentido.
El manto como código: De la liberación al desquite
Esta relación entre el textil y el lenguaje adquiere un matiz de resistencia cuando nos acercamos a nuestra historia regional. En el libro El lenguaje de la liberación y el desquite, las autoras Raquel Espinosa y Zulma Sacca rescatan un universo fascinante: el de las tapadas limeñas.

En su investigación, citan una obra fundamental para entender esta época: El pozo de Yocci, de nuestra Juana Manuela Gorriti. Las autoras analizan cómo el manto establecía un código visual que les otorgaba a las mujeres un «desquite» frente a la mirada social. El tejido no era una prenda de sumisión, sino una herramienta de poder y anonimato que les permitía circular por el espacio público con una libertad que la palabra abierta les negaba.
El escritor y el arte de ocultarse
Lo que Raquel y Zulma plantean sobre las tapadas me hace pensar en el oficio mismo de escribir. A menudo, el escritor se oculta en sus palabras de la misma manera que aquellas mujeres lo hacían tras su manto. Juana Manuela Gorriti fue una maestra en este arte de la «textura política».

A través de sus relatos, ella usaba la ficción como un velo para desnudar la problemática de los tiempos convulsionados que le tocó habitar. Al igual que la tapada que dejaba ver solo un ojo para observar el mundo sin ser juzgada, Juana Manuela usaba sus libros para filtrar críticas feroces a la realidad política de su tiempo. Se ocultaba en la trama de sus personajes para que la verdad pudiera asomarse con más fuerza.
Escribir es seguir tejiendo
Hoy, cuando me siento frente a mis cuadernos, entiendo que mi labor como escritora sigue esa estirpe. Busco la urdimbre (la estructura) y voy pasando la trama (las palabras) con la misma paciencia con la que se urde un poncho en los Valles Calchaquíes.
Escribir es, al fin y al cabo, aprender a usar el lenguaje como ese manto sagrado: un espacio que nos protege, nos identifica y, sobre todo, nos permite decir aquello que el silencio intenta ocultar.
Gracias, querido lector, por acompañarme una vez más en este viaje de palabras y tramas. En estos días donde el otoño empieza a pintar de ocre nuestros cerros y el aire se vuelve más fresco, espero que estas letras te sirvan de abrigo cálido. Que mis palabras sean como ese tejido suave que reconforta el alma mientras nos preparamos para los días fríos que asoman. Te convido un matecito caliente y reitero mi agradecimiento por estar del otro lado de la urdimbre.🧉🪶
