Homenaje a Cortázar

LA CASA RODANTE Y OTROS RELATOS

Por Liliana Bellone

El 12 de febrero se conmemora el fallecimiento de Julio Cortázar (1914-1984) en París

LA CASA RODANTE

Hacía un par de semanas que habían llegado y se ubicaron en el terreno lindante con el fondo de nuestra casa en las Sierras de Córdoba, en Villa Giardino, precisamente.
-Cada vez viene más gente acá en busca de tranquilidad-dijo Marina.
-Así es- le contesté- Sin embargo, ayer hablé con él y me dijo que están solamente de pasada, que decidieron acampar con su casita rodante en este lugar porque querían descansar y las Sierras les parecían bellísimas. Me contó que eran profesores jubilados (como nosotros), y que la mayor parte del tiempo leían o escribían. Le pregunté cuál era su destino y me contestó que deseaban llegar a Humahuaca, la Quiaca y pasar a Villazón para luego seguir hasta Lima, en un
periplo que mostraba uno de los rostros más genuinos de Nuestra América
. También me contó que no era la primera vez que hacían estos viajes. Ya los habían hecho en Europa y tenían bastante experiencia.
Durante los días siguientes nos acercamos cada vez más a los viajeros. Además de saludarnos, comenzamos a dialogar y una tarde ellos nos invitaron a tomar el té.

Entramos en la salita de la casa rodante que, más que una casa, parecía una biblioteca rodante por la cantidad de libros que había en los estantes. Él, sin duda alguna, era argentino; aunque hablaba el español de un modo nasal, afrancesado. Ella hablaba a veces en inglés, en francés y muy poco en castellano.
Casi todos los días nos veíamos y nos saludábamos.
Marina les convidaba paltas, limones, higos, nueces, legumbres, tomates, setas, zapallitos de la huerta, en ese lugar mágico, ese giardino que habíamos elegido para vivir tranquilos en medio de la naturaleza. Oh agricolae-decía Marina-recordando sus clases de latín en la universidad.
Oh, agricolae….
Como nosotros, los viajeros, no comían carne, eran vegetarianos y esa actitud nos acercó aun más. Marina no disimilaba su rechazo a la alimentación carnívora. Y ellos compartían esa posición.
Algunos vecinos se acercaron también a los visitantes con el propósito de llevarles productos de sus quintas. De ese modo, llegaban con canastos repletos de moras, manzanas, limones, naranjas, arvejas, cebollas, papas, acelgas, repollos y miel de los panales. Ellos mostraban una gran alegría. Él, con sus gafas oscuras y su sombrero de alas anchas para cubrirse del sol, apenas mostraba su rostro, ella, cubierta también con una capelina dejaba ver su bella y juvenil sonrisa.
Una tarde, nos esperaron con unas grandes cajas que habían colocado en la escalerilla de la casa rodante. En esas cajas había libros. Nos regalaron ediciones de Poe, Marguerite Yourcenar, Ciro Alegría, Lezama Lima, Carpentier, Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Borges, Arguedas, Juan Rulfo, Benedetti, Sábato. Algunos chicos y chicas del vecindario se acercaron también y recibieron su regalo. Había revistas y diarios para elegir. Recomendaron lecturas y aseguraron que las traducciones de Poe y Yourcenar nos gustarían mucho, porque poseían respiración y alma argentina. Dos alumnas del Profesorado de Lenguas Vivas se llevaron esas ediciones rápidamente.

Pronto llegó el otoño que tiñe de ocre y amarillo las laderas de los cerros. Los días se volvían más cortos y nuestros vecinos salían menos.
Una mañana nublada y gris, nos asomamos por la ventana y no vimos la casa rodante.
-Se han ido-exclamó Marina- Qué raro…No nos avisaron; ni se despidieron.
No había huellas; ni señales de la partida. La casa rodante había desaparecido, como si se la hubiese tragado la tierra.
Nadie había visto el desplazamiento del vehículo y los viajeros. Nadie. Nada. Nadie. Se habían esfumado.

-¿Estaremos delirando? – le dije a Marina.

-No sé-respondió- En tal caso es un delirio colectivo- me dijo sonriente.

Salimos a caminar en medio de una llovizna que anunciaba ya el frío del invierno y advertimos, sobre las piedras del cantero del fresno que adornaba la entrada de nuestra casa, un pequeño bulto envuelto en papel madera con una cinta azul. Nos acercamos, vimos que era un paquete con un libro. Sí, era nada menos que Rayuela de Julio Cortázar. Lo hojeamos y leímos la dedicatoria:

Queridos amigos:
Gracias por todo. Nos veremos seguramente en otro encuentro, tal vez en otro país, en otro tiempo, o en otro viaje.
Hasta siempre.
Carol y Julio

Nos miramos y no dijimos nada. El libro no era un delirio. Carol y Julio tampoco.

COMPLICIDAD

Era muy tarde y yo seguía escribiendo en la computadora. En la pantalla apareció el rostro de Julio Cortázar pues estaba trabajando un texto sobre su obra.
Me acordé de «Cartas de mamá», «El otro cielo«, «Casa tomada«, «Ómnibus», «La noche boca arriba», Rayuela, El libro de Manuel, Octaedro, «Circe», «Lejana», «Bestiario», «Las babas del diablo», «La autopista del sur», «Final del juego», «El perseguidor», «El cielo lejos», «Último round», Los premios, Los Reyes, Un tal Lucas, Queremos tanto a Glenda, Los autonautas de la cosmopista
Seguía pensando, recordando…
De pronto, hubo un movimiento en la imagen brillante de Julio, hubo un gesto, levantó un poco la frente y me miró directamente. Entonces me guiñó un ojo. ¿Qué había ocurrido? ¿Eso era posible?
-Sí, Liliana,- dijo una voz remota- es posible, todo en el universo es posible.
Sonreí y proseguí escribiendo.

«-Sí Liliana,- dijo una voz remota- es posible, todo en el universo es posible.«

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

3 comentarios sobre “Homenaje a Cortázar

  1. Liliana Bellone tiene una comprensión exquisita del universo cortazariano, como demuestran estos dos breves relatos. En pocas palabras están la paradoja, el misterio, lo cotidiano sorprendente, todos esos elementos característicos de la narrativa de Cortázar. La maestría de Bellone los sabe captar y condensar, logrando así cuentos tan sugestivos y cautivadores como estos. Gracias Liliana, gracias Juana Manuela por publicarlos.

    Marcela Coria (Rosario, Argentina)

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