Dos historias de nuestra «Argentina invisible»

Por Silvana Irigoyen

Y estaba ahí circundado por los dos países, aquel contra el que me levantaba, en el que no me resignaba a vivir, aquel del que quería conservarme inexorablemente alejado; y el otro, el creador, el país verdadero, el país mío, mi país, mucho más fuerte que el otro, como son más fuertes que la ola externa, las corrientes de profundidad».

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina. La primera edición fue publicada por la Editorial Sur en septiembre de 1937.

Eduardo Mallea (1903-1982), escritor argentino , fue presidente de la Sociedad de Escritores y ministro plenipotenciario en la oficina europea de las Naciones Unidas.  Autor de La ciudad junto al río inmóvil; El vínculo; La sala de espera; La red; La bahía del silencio; La torre; Todo verdor perecerá; Historia de una pasión argentina; El resentimiento ( Premio FortiGlori de 1967) , y otras obras. Fue distinguido con el segundo Premio Nacional de Literatura (1945); el gran Premio de la SADE (1948) y el Premio del Fondo Nacional de las Artes, de 1970.

En «Historia de una pasión argentina» (1937), Mallea plantea  que esa imagen superficial del país, esa Argentina «visible», artificial, viciada de frivolidad, mercantilismo y mediocridad era transitoria; y que por debajo de ella latía una Argentina profunda, sumergida, inexpresada, honesta, plena de autenticidad y nobleza; una Argentina «invisible», aguardando en una tensa y productiva vigilia la hora de aflorar.

Leer y releer a Mallea es más que un ejercicio intelectual y placentero porque, más allá de sus indiscutibles valores literarios, su obra toda es una voz profética que clama en el desierto de la soledad de las almas para señalar el camino angosto, único, de la ética y el trabajo, que conduce a la encarnación de la Argentina invisible.

Historia 1

Ezequiel Frías: mirar con el alma

«Cada vez que pensaba en Buenos Aires tenía la imagen de un país que conocía mal y que no era la urbe sino la gran Argentina todavía subterránea, latente y desconocida, que estaría formándose a la orilla de los ríos interiores, los cerros, y el gran espacio triste tendido bajo los cielos. Un país invisible metido dentro de un país visible».

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina ( 1937)
Ezequiel como Payaso Hospitalario en Hospital Materno Infantil
Corto Los colores de las flores

Ezequiel Frías es un joven salteño que aprendió a mirar con el alma. Su limitación visual no lo condicionó a la hora de elegir poner su vida en servicio de las personas con discapacidad  para lograr ampliar las oportunidades de accesibilidad en ámbitos educativos, laborales,  de salud,  deportivos, artísticos  y contribuir, así, a mejorar la calidad de vida de la comunidad. Desde niño se caracterizó por mostrar voluntad y esfuerzo por lograr su proyecto de vida.

Es profesor de Braille y trabaja en el área de discapacidad de la Municipalidad de Salta, capacitando a toda persona que quiera aprender el sistema de lecto- escritura en  Braille  como  promoción de comunicación e  inclusión social. Actualmente está colaborando con el Cabildo de Salta para ofrecer al turista que visite ese Museo, información histórica en sistema braille

Su sentido de la vida en servicio lo llevó a asumir el compromiso de acompañar como payaso hospitalario  a los  niños internados en el Hospital Materno Infantil de Salta, donde  reparte ternura y alegría entre los más pequeños y sus familias

Narices Felices. Payasos hospitalarios de Salta

Es un apasionado de la música, de la enseñanza y el deporte; de hecho, practica futbol para ciegos. Nosotros celebramos su vida y compartimos con orgullo, su historia invisible.

Historia 2

INÉS FARFAN, PASTORA DE NUBES EN LA QUEBRADA DEL TORO, SALTA.

«Había que sacar a la superficie lo bueno profundo de un pueblo que se entrega sin cálculo a las circunstancias. Había que traer a la superficie su material interior de sueño, la médula de su genio entrañable».

Eduardo Mallea. La Argentina Invisible en Historia de una pasión argentina ( 1937)

Inés Farfán nació en 1964 en la Quebrada del Toro, Salta  Dpto. Rosario de Lerma;    y con sus 57 años es una trabajadora incansable ¿Cómo fue su infancia en la Quebrada, entre los cerros y el silencio? ¿ Cuánto aprendió sobre la tierra y sus dones?

Desde mi más tierna  infancia me  dedicaba a pastorear las cabras. A los seis años ya andaba en la soledad de los cerros. Y ellas eran mi compañia y mis «juguetes». Ahí aprendí a escuchar los sonidos de la naturaleza. Aprendí a escuchar, a observar y también a estar en silencio. Uno se acostumbra al silencio .

A los diez años ya andaba en los surcos, sabía sobre el cultivo de maíz, habas, papa andina,  cebolla, tomates. Trabajaba toda la familia en la siembra, cuidado y cosecha. De ello dependía nuestra subsistencia.

¿ Desde cuándo elabora quesos de cabra?

Aprendi viendo a mi abuela materna. Hacía los mejores quesos de cabra de la Quebrada. La vida en los cerros es sacrificada. Mucho trabajo desde el amanecer. Uno se levanta a las 5 de la mañana a encender el fuego, calentar el horno de barro, buscar leña y comenzar la actividad cotidiana.

No hay descanso. No existen feriados ni vacaciones. Siempre en el surco o pastando a los animales. Pero a ese sacrificio la Pacha lo devuelve con sus dones.

¿ Cómo es su vida en el pueblo de Quijano? ¿ Por qué migro de la Quebrada?

Nosotros vivimos siempre  de la agricultura familiar y la cria de ganado ovino y caprino. Te diría que hasta el presente porque  si bien nos instalamos en Quijano, por el  negocio que pusimos (Almacén «Juancito») éste se abastece de  lo que se  produce en la Quebrada.

Siempre que puedo retorno a mi tierra donde sigo teniendo mis animales y cultivos. Es mi lugar preferido, el más amado.

¿ Como se conocieron con Iginio, tu compañero de vida?

Soy madre de tres hijos,  y estoy en pareja desde hace muchos años con Iginio , mi compañero incondicional con quien nos criamos en la soledad de los cerros.

Nos conocimos una tarde entre unas peñas muy altas; nos cruzamos  en medio de un  largo y sinuoso sendero; nos miramos y nos eligimos.

Desde entonces nos acompañamos. Y hace más de veinte años.

¿ Cuando y por qué decidieron mudarse al pueblo de Quijano?

Decidimos  mudarnos  al pueblo de Quijano para  emprender un nuevo rubro: un negocio de verduras y frutas abastecido especialmente por los pequeños productores de la Quebrada del Toro.

Prosperamos a  fuerza de trabajo y voluntad  y  hoy, además del almacén,  tenemos  un comedor en el que ofrecemos  menús  económicos y muy artesanales que preparo yo.

Pero en verdad, lo que más nos decidió a migrar fue la salud de nuestro hijo más chico. Requería de seguimiento médico y en los cerros eso es imposible. Se vive a la buena de Dios y al amparo de la Pacha.

¿ Qué recuerdos guarda de su niñez y adolescencia en la Quebrada, Inesita? ¿ Como estaba integrada su familia?

Recuerdo las marcadas, las pialadas. Toda la gente de los cerros se juntaba. Se copleaba y se bailaba. Hermoso era.

Yo soy la mayor de cuatro hermanos, dos mujeres y dos varones. Tres de nosotros seguimos la tradición de nuestros padres, vamos todo el tiempo hacia nuestro rancho en los cerros a trabajar para llevar todo a Quijano y venderlo. Festejamos los cumpleaños ahí, en la Quebrada y nos juntamos toda la familia.

¿ Sus padres eran oriundos de la Quebrada del Toro?

Mi papá y mi mamá eran campesinos, se criaron en «Papachacra«, donde se llega caminando 6 horas, o a caballo que lleva 3 horas de recorrido. Se cruza muchas veces el río para llegar.  A veces en el verano cuando crece debemos ir por El Alisal (un paraje que está en la entrada de la quebrada a la vera  de la Ruta 51 que sigue para San Antonio de los Cobres). Por el Alisal se suben 3.000 metros de altura, con caminos angostos y precipicios para llegar a la casa. Gente de mucho trabajo, muy sacrificada. Ya no los tengo conmigo.

¿ Qué recuerdos guarda en su memoria?

De mis  abuelos maternos tengo muchos recuerdos; eran trabajadores  golondrinas y llegaron a Rosario de Lerma para la cosecha del tabaco. Después  se quedaron en la Quebrada y asi comenzó la historia familiar. Mi abuela era mujer de temple. Salía sola a media noche a espantar los pumas; todos la querían. Conocía las propiedades medicinales de todos los yuyos de la zona. Hasta amansar caballos, sabía. Cruzaba el río crecido y la mula jamás se le retobaba.

¿ Tiene familia que resida en la Quebrada del Toro o migraron todos hacia la ciudad o localidades urbanas?

En el rancho vive mi hermano Carlos, alias ‘’Agüita’’, trabaja en la mina con los áridos. Mi otro hermano Ramón trabaja de empleado municipal en Quijano.  Mi hermana Mauricia y mi hermana Miriam son empleadas en las casas (domésticas) en la ciudad. Pero los fines de semana buscamos nuestras caballos para subir al rancho a trabajar. Somos todos criados allá arriba. Mi tata y mi mama ya se han muerto hace varios años. Mi papá era coplero y junto a él recorrí cerros y quebradas a caballo. Era un gran compañero de viaje. Lo extrañé mucho cuando partió hace cuatro años.

Inesita, en Quijano se dice que el mejor queso de cabra es el que usted vende ¿Cómo es el proceso de elaboración? 

En primer lugar, una buena cocinera tiene sus secretos. Pero te diré algunos de ellos:

Amar a los animales. En este caso, es un cruce de amores con las cabras. Ellas entienden. Vos las cuidas con esmero y ellas te darán sus dones.

Después honrar la memoria de quienes te enseñaron a elaborar esas recetas. En este caso mi abuela me enseñó a hacer quesos de cabra y a ella le había enseñado su abuela. Mi madre sabía pero no le gustaba hacer. Yo en cambio, disfruto de cada paso. Es muy sencillo, pero requiere tiempo y dedicación.

Y por último,  algo muy importante: al comenzar, bendecir las manos y simplemente «darse» en ese alimento que se disfrutará con los demás. En los cerros las comidas siempre son comunitarios. Todos no tendemos una mano, porque solo no se sobrevive. Entre todos nos ayudamos.

Latía una Argentina profunda, sumergida, inexpresada, honesta, plena de autenticidad y nobleza; una Argentina «invisible», aguardando en una tensa y productiva vigilia la hora de aflorar.

Eduardo Mallea

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