ABEL MÓNICO SARAVIA

Una vida hecha copla

Por Argentina Mónico1

En el día de su 98.º aniversario

Hay hombres cuya vida parece escrita en capítulos diferentes, pero que, al mirarlos en perspectiva, revelan un mismo hilo conductor. La vida de Abel Mónico Saravia es una de ellas: abogado, docente, ministro de la Corte de Justicia de Salta, referente de la tradición gaucha, presidente en tres oportunidades de la Agrupación Gauchos de Güemes, compositor de más de 300 obras, escritor, inventor, herrero y carpintero.

En Salta, muchos lo conocieron como “Abicho”, fácilmente reconocible por su barba, su atuendo gaucho y el mate siempre a mano. En esta entrevista, realizada en junio de 1995, se sentó en el living de su casa y, con su particular tono pausado y cargado de salteñidad, fue recorriendo recuerdos de infancia, historias familiares, anécdotas del campo, su vocación por la escritura, la música, la abogacía y su profundo compromiso con las tradiciones de su tierra.

Su único libro publicado, Bajo el cielo de Gualiama, había sido editado gracias a la iniciativa de su hija Argentina. Abel conservaba entonces apenas una fotocopia del ejemplar, después de haber enviado el último original a un amigo querido en Barcelona. Aseguraba, además, que guardaba material inédito suficiente para otros tres libros.

Hoy, cuando Abel Mónico Saravia cumpliría 98 años, recuperamos aquella conversación como una manera de volver a escuchar su voz y de celebrar la memoria de un hombre que hizo de la palabra, la música y las costumbres de su tierra una forma de vida.


Su campo y su libro se llaman Gualiama. ¿De dónde viene ese nombre?

Nunca pude averiguar qué significa ese topónimo, ya que existía al tiempo de la llegada de los conquistadores al Valle de Metán. Lo más cercano fue el mito de los Videla, descripto por los hermanos Wagner, grandes antropólogos que vivían en Santiago del Estero.

En una de sus obras, referida al diluvio, dicen que cuando comenzó el gran diluvio en el Chaco Gualamba, la gente que habitaba en aquellos parajes bajos y llanos se fue hacia los cerros del oeste. El jefe de toda esa indiada se “enchura” —palabra que significa concubinato— con una mujer del alto, cuya cultura era superior a la de ellos.

Hacían tejidos, tenían animales domésticos, cultivaban la tierra, eran cazadores y recolectores. Un día, el hijo mayor se fue a ver si habían bajado las aguas en sus pagos y, cuando volvió, contó a toda su familia que estaba lindo para vivir ahí, que había mucha caza y miel.

Pero el viejo, que ya se había acostumbrado a las comodidades de una cultura superior, decidió quedarse. Entonces su hijo mayor se llevó a una hermana llamada Guaniana. De ahí es que pienso que puede venir el origen del topónimo.

¿Cómo llega a sus manos Gualiama?

Lo heredé de mis antepasados, los Gorriti, por Merced Real del Rey Carlos III de España. En el departamento de Rosario de la Frontera hay un partido que se llama Gualiama, de aproximadamente 600 mil hectáreas. A mí me tocaron en herencia paterna dos mil quinientas hectáreas, es decir, una legua de campo.

La casa de los Gorriti, pienso que fue mandada a construir por don Wenceslao Gorriti Arias, ya que es muy parecida, casi igual, aunque más chica, que la antigua ala de la Finca de los Horcones, donde vivió Juana Manuela Gorriti, que estaba en las cercanías del pueblo de Horcones.

El casco de este campo es el más antiguo del Chaco Gualamba: tiene 228 años. Las paredes de mi casa tienen un metro de espesor. En verano pareciera que uno entrara a una habitación con aire acondicionado. El techo tiene once metros de altura en la cumbrera, con techo de teja y tejuela.

¿El caballo es un elemento fundamental en su vida?

El medio de desplazamiento era el caballo sesenta años atrás. Prácticamente no había persona que no supiera andar a caballo. Algunos ricachones tenían sulky o jardineras.

Mi mamá venía a Salta desde Macapillo a caballo y en carreta. Le llevaba un mes, porque paraban en lo de parientes a descansar.

Cuando fui presidente de la Agrupación Gauchos de Güemes, tuve la idea de crear una escuela de equitación gaucha para que concurrieran los hijos de mis amigos y pudieran aprender a ensillar y conocer algunas destrezas de campo.

Tengo la imagen suya desfilando en un caballo blanco.

Siempre me han gustado los caballos moros. Tuve uno durante 25 años y murió en el campo. Hice un bastón con el hueso del brazo derecho de mi caballo. El bastón se me perdió en la ciudad de Salta y compuse Romance para un caballo para recuperarlo. Quedó la copla, pero no el bastón.

Romance para un caballo

En mi puño llevo el brazo
de mi caballo rosillo,
que apuntala mi vejez
con la ternura de un hijo.

Veinticinco años seguidos
me llevó sobre su lomo
y ahora lo llevo yo,
de mi bastón, en el pomo.

Más de veinte carnavales
vivimos juntos, rosillo.
Yo, meta chupa y guitarra,
y vos luciendo tu brío.

Cómo no he de recordarte,
mi flete rosillo moro,
un trompo eras dando “vivas”
y en “las pechadas”, un toro.

Así pasaron los años,
que a todos nos van menguando.
Por darte el gusto, ocasiones,
te ensillaba y salía al campo.

Pero un día no bajaste
al río con tu compañero.
Por la cuervada encontré
tu osamenta en un potrero.

Y por eso ahora llevo
de tu brazo diestro el hueso
y te sigo acariciando,
y me consuelo con eso.

Ya se murió mi caballo,
se acabaron sus pesares.
Se lo llevó la cuervada,
serenito por el aire.

A. mónico saravia – Junio de 1995

Usted tiene en su living una foto suya a caballo, en un desfile. ¿Tiene algún significado especial?

Ese día, mientras desfilaba frente al Cabildo Histórico de la ciudad de Salta, la banda de música y las cadetas del Liceo Naval Francisco de Gurruchaga interpretaron la marcha que hice para ese liceo naval.

La verdad es que me corrían las lágrimas ese día. Tuve una emoción tremenda.

¿Desde su niñez empezó su pasión por la escritura?

Sí. A los veinte días de nacido me dio parálisis infantil, durante una epidemia terrible que hubo entonces. Mi tía María Elena Saravia de Cano me llevó a los cuatro años a Buenos Aires, donde me operó el famoso Ricardo Finocchietto.

Tuve que estar enyesado, en cama, así que antes de cumplir cuatro años ya sabía leer y escribir, ya que ni radio había en esa época. Me enseñaba una tía que era maestra.

Pude leer las novelas de Dumas, de Salgari, de Julio Verne, todos los clásicos que tuve a mi alcance. Cuando vine al Colegio Salesiano, los curas me querían poner en tercer grado, pero mi papá, con buen criterio, dijo: “Que siga con la tropa de la parición que le toca”.

¿Usted vivió interno en el colegio?

Nueve años estuve con los curas. Era como vivir en un cuartel. Todos los que veníamos del campo quedábamos internos, salvo los que tenían familia en la ciudad.

Unos eran de Formosa, otros de Tartagal, de Anta. Cuando éramos chicos, terminaban las clases y volvíamos al campo con la familia, a encontrarnos con mi papá, que vivía en la finca. Al terminar las vacaciones, volvíamos a estudiar a la ciudad y mi mamá se quedaba en El Galpón, en la casa de mi abuelo Giovanni Mónico.

¿Era inmigrante italiano?

Sí. Vino en el año 1860. Eran pocos los inmigrantes en esa época y todos agrimensores.

Yo conocí mucho, por ejemplo, a don Juan Rovaletti. Un hombre extraordinario. Los españoles le deben su prosperidad. Ahí se abastecían todos. Si la cosecha era mala, seguía fiando. Era más que el Banco de la Nación de Rosario.

Tenía una casa de ramos generales importantísima. Importaban directamente de Europa, desde picos hasta maquinaria agrícola.

¿Cuándo escribió su primera canción?

Cuando estaba interno en el Colegio Belgrano, en cuarto grado. Tenía una libretita de hule y escribía ahí. Hacíamos competencia entre los compañeros para ver quién escribía la mejor copla.

Una prima mía me la pidió prestada y me la perdió. Es una lástima, porque me hubiera gustado ahora ver qué escribía en aquel tiempo, cuando tenía diez años.

¿Qué otra pasión tenía?

Yo era inventor de chico. Mi pasión era la mecánica, las ciencias físico-matemáticas.

Estaba en quinto grado cuando inventé un soplete de alcohol etílico. Salí en el diario El Intransigente, bajo el titular “Joven inventor”. Se los vendía a los mecánicos dentales. Fue un perfeccionamiento de una máquina que ya existía.

Hice muchos inventos durante mi vida, pero no los patenté.

¿Le gustó ejercer la abogacía?

Ejercí cuarenta y siete años. Servía para mantener la finca y criar a los hijos. Con el ejercicio de la profesión pude alambrar y mejorar mi tierra, pero el campo es un pozo sin fondo.

Después de doce años de ser miembro de la Corte, me enteré por los diarios de que habían removido a toda la Corte. Así que, con mi último sueldo, tuve que volver a trabajar en el escritorio.

También tuve que renunciar a la cátedra de Derecho Administrativo y Constitucional porque ya necesitaba caridad para mí. Ya no podía solventar los gastos de viajes y textos. Lo dejé con sentimiento porque me gustaba. Pero, por suerte, trabajo nunca faltó.

¿Entonces, como abogado, no usaba su traje de gaucho?

Cuando estaba en Salta estaba vestido con traje de ciudad. Me enteré de que, en Buenos Aires, incrédulo, un abogado contaba que el ministro de la Corte se vestía de gaucho. Es que una vez yo estaba yéndome de viaje, ya tenía un pie en el estribo y, por hacer una gentileza, atendí a este abogado en mi despacho vestido de gaucho. Habrá creído que siempre vestía así.

¿Desde cuándo usa esa barba particular?

Desde los 18 años. Mi mujer me macaneaba para que me la sacara cuando éramos novios. Lo hice y me desconoció. Anduve un mes sin barba nada más.

¿Usted toca la guitarra todavía?

Ahora que soy ciego del tacto, ya no puedo tocar. Sin luz no puedo ni prenderme un botón porque me caí de cabeza de una terraza a un patio.

Pero antes sabía tocar instrumentos de viento, el charango y el violín. Aprendí solo.

¿Le resulta difícil elegir su canción preferida?

Siempre me preguntan cuál es mi preferida. Es difícil decidirme. Yo les pregunto a las madres cuál es su hijo preferido, como respuesta. Pero vas a ver que el último hijo es el que uno más mima.

La obra que más dinero me trae, con más grabaciones y que más ha recorrido el mundo es La Cerrillana.

Velay no sé está traducida a muchos idiomas, sobre todo en Europa, Medio Oriente, hasta Japón.

Le escribió “Zamba para tu nombre” a su mujer, Clyde. Hizo esta poesía el año que se recibió. ¿Eran novios?

No. Ya estábamos casados.

Dejé siete años de estudiar y estaba por rendir la última materia. Tenía dos hijos y venía vertiginosamente el tercero. Le quería ganar al chango, así que di la última materia el 21 de octubre y el chico nació el 2 de noviembre.

¿Por qué tardó tanto en recibirse?

Fui a estudiar Ingeniería Mecánica y volví abogado, por ocioso, porque las carreras técnicas eran mañana y tarde y no me quedaba tiempo para divertirme y tocar la guitarra.

Mi suerte es tener una gran memoria. Yo leía la materia y me iba a rendir sin repasar.

¿Su mujer lo apoyó mucho?

Es una santa. Un hombre como yo no es fácil como marido. Andaba de aquí para allá, cuidando que los chicos no molestaran para poder estudiar tranquilo.

¿Lo visitaron muchos artistas?

Ahí está Cafrune —señala fotos colgadas en la pared—, la primera vez que fue a mi casa en la avenida Uruguay. Yo tendría más de treinta y Jorge era más joven que yo.

También tengo de recuerdo otra foto —muestra una en la que cinco hombres sonríen a la cámara—: Alberto Merlo, Polo Jiménez, El Payo Solá, Arturo Mercado Soria y un gran músico catamarqueño, mi compadre Atuto.

Yo conozco a toda la pléyade de los últimos setenta años. De los jóvenes ya no, porque no salgo casi.

Usted fue presidente de la Agrupación Gauchos de Güemes. ¿Qué destaca de la institución?

Es una institución notable, pues sin ella el culto al héroe y a lo gauchesco se hubiera diluido.

Como primera obligación, la Agrupación debe mantener viva la memoria, la historia y el prestigio de Güemes y lo tradicional vigente en todos los ámbitos.

¿Usted le hizo un verso a un amigo médico, el doctor Lucio Cornejo?

En el año 89 tuve una hemorragia terrible, que casi me lleva a la tumba. Me tuvieron más de tres meses en terapia intensiva.

Ya muy grave y desahuciado, se hizo una junta médica de nueve médicos y siete dijeron: “Déjenlo morir al rengo tranquilo”. Otros dos, Daniel Massafra y Pipo Cornejo, creyeron que podía salir adelante.

Mi hija mayor, María Alejandra, estaba esperando su primer chico y eso fue lo que me dio fuerza. Yo ya tenía mi vida hecha y pensé: “Si me muero ahora, esta mujer malpare y se le frustra la esperanza”. Así que hice una fuercita.

¿Usted le regaló una montura al doctor Pipo?

Cuando salí, Pipo me pasó sus honorarios profesionales: una montura completa de Rosario de la Frontera. Le traje la montura y le hice el verso. Se emocionó cuando lo leyó.

Versos para el doctor Lucio Cornejo

Ahí tiene, mi doctor Pipo,
conforme lo prometiera,
una montura completa
de Rosario de la Frontera.

Pero antes de proseguir
cumpliendo lo prometido,
es menester que yo explique
algo de lo sucedido.

Fueron días muy aciagos
en que mi vida jugaba,
cuando usted y otros doctores
por conservarla peleaban.

Empleando toda su ciencia
no dejaron que la Parca
me llevaran de este mundo
rumbo a remotas comarcas.

Allí adquirí el compromiso
que hoy me dispongo a pagar,
porque usted sus honorarios
no me los quiso cobrar.

En dinero, bien se entiende,
mas sí en cosas del recuerdo.
Es por eso que hoy en día
cumplimos con su deseo.

Y aunque no hay nada que valga
como el precio de una vida,
amor con amor se paga,
siendo el alma agradecida.

Así debe ser el hombre
cuando es gaucho y bien nacido:
devuelve en prendas de estima
lo que de otro ha recibido.

(…)

Así, con estas cuartetas,
creo mi parte cumplida.
También va un guardacalzó́n
y una varilla tejida.

La emoción, cuando es completa,
siempre turba la razón.
Doctor Lucio Cornejo,
le dejo mi corazón.

A. mónico saravia (FRAGMENTO)

Hay una poesía suya sobre la muerte. ¿Fue por ese episodio?

Después que salí de la clínica, en la casa de mi cuñado, en La Plata, mientras hacía un asado, escribí ese poema. Es la que más me piden.

La muerte

La muerte vino a buscarme,
no le quise cabrestear,
peleamos un largo trecho
y me le pude escapar.

Mire qué cosa, paisano,
la muerte, quién lo diría,
venirse desde tan lejos,
volver las manos vacías.

La muerte, con ser la muerte,
había sabido perdonar
cuando el hombre se empecina
en quedarse un rato más.

Mire qué cosa la muerte,
había tenido corazón.
Yo lo vide cuando estuve
con ella en una ocasión.

Presillas de un mismo lazo
la vida y la muerte son.
La una sin la otra no existen,
las dos tienen su razón.

La muerte me vino a mí,
no es un mal inmerecido.
Es el precio que pagamos
por el don de haber nacido.

Con la conciencia tranquila
no tengan miedo a morir.
Es solo un cambio de flete,
otra forma de vivir.

Cuando la muerte se allegue
por mis pagos otra vez,
después de matear un rato,
tranquilo la seguiré.

Voy a silbar unas coplas
mientras desencillo,
arriándome de coraje
para seguir mi destino.

Y cambiaré de querencia
por ver qué hay del otro lado.
Se me hace que ha de ser lindo,
ya que naide ha regresao.

La vida no vale nada
si no se tiene qué dar;
mejor que vivir al cuete
es morir con dignidad.

a. MÓNICO SARAVIA

¿No le tiene miedo?

No le temo a la muerte porque sé que moriré.
Muchos, por miedo, no viven. Yo, sin miedo, viviré.

Siempre estoy dispuesto para la partida.


Una voz que permanece

Aquella entrevista deja algo más que recuerdos. Deja la voz de un hombre que convirtió su propia existencia en materia de poesía: el campo, los caballos, el amor, la amistad, la familia, la enfermedad, la muerte, Güemes, la música y la identidad salteña.

Abel Mónico Saravia no necesitó separar sus distintas facetas. En él convivieron el abogado y el gaucho, el magistrado y el compositor, el inventor y el hombre de campo, el escritor y el hombre de familia.

Su respuesta final resume, quizás, una filosofía de vida que permanece vigente:

“Muchos, por miedo, no viven. Yo, sin miedo, viviré”.

Hoy, a 98 años de su nacimiento, volver a leer sus palabras es también una forma de escucharlo. Y mientras sus coplas sigan cantándose, su voz seguirá encontrando la manera de volver.

  1. Entrevista encontrada entre sus manuscritos ↩︎

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

4 comentarios sobre “ABEL MÓNICO SARAVIA

  1. Me gustó mucho el artículo. Realmente, uno va conociendo al hombre, a través de los trazos, en las pinceladas literarias y memoriosas de la autora. Saber escuchar las historias familiares a tiempo y guardarlas no tanto en la memoria como en l corazón, se transforma en una riqueza que brinda una exquisita seguridad en cada palabra. Felicitaciones Argentina y un feliz cumpleaños a ese hermoso recuerdo que te dejó tu padre.

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