El libro Virgiliano

Por Luis Ferrario

Con Liliana y Antonio nos conocemos desde hace exactamente cuarenta años. Recuerdo que fue en 1986 cuando empecé a cultivar con ellos una amistad que se ha conservado intacta a través del tiempo.

Recuerdo también que, en un momento dado, decidimos considerarnos como un grupo de poesía, en razón de los intereses comunes que estimábamos nos unían. Ese grupo recibió el nombre de Retorno en homenaje al título del primer libro de poemas de Liliana que en 1978 había obtenido el premio provincial de la Secretaría de Cultura.

También lo habíamos llamado así porque teníamos un proyecto: un anhelo de retornar a los modelos de la poesía clásica, no para reproducirlos, naturalmente, sino para perseguir ese espíritu de claridad y armonía que había presidido las creaciones de los grandes poetas que admirábamos.

He mencionado esto porque con Liliana se ha verificado plenamente ese proyecto. Toda su obra lírica y narrativa se encuentra inserta en una corriente intertextual que la vincula con el ambiente clásico.

Y el libro que hoy presentamos lo pone palmariamente de manifiesto. “El  libro virgiliano” menciona a Virgilio, el poeta clásico por excelencia, se refiere a él, dialoga con él, pero no como una estatua de mármol sino como una corriente prodigiosa que atraviesa toda la historia de Occidente.

La vasta cultura greco-latina se prolonga a lo largo de estas páginas por todos los ámbitos de la cultura occidental y aparece proyectada a multitud de territorios representados, a modo de ejemplos, por Homero, Cervantes, Keats, Borges, Machado, Pavese, Goya y muchos otros escritores y artistas. La enorme erudición que esto implica no se muestra aquí como vano exhibicionismo sino como una sustancia viva en el alma de Liliana. Como su vida espiritual misma.

Liliana está traspasada de esta cultura y habita en ella con la misma naturalidad que los niños en el juego.

Virgilio fue el guía de Dante a través de su terrible viaje por todos los estratos del espíritu humano. También lo es aquí de Liliana, en este viaje exploratorio de su propia alma, de su compenetración absoluta con lo fehaciente y lo misterioso. O, lo que es lo mismo, con lo que acontece en el tiempo y se conserva en él. Porque también podemos decir que el tiempo es el gran protagonista de este libro. Un tiempo que no sólo se desliza hacia adelante sino que también se curva sobre sí mismo y hace que el pasado vuelva, que la infancia regrese, que los muertos hablen y los sueños continúen conversaciones interrumpidas y, sobre todo, que la memoria convierta un instante en eternidad.

Liliana nos dice que el tiempo no es una línea recta sino un territorio donde puede encontrarse la niña que fue, la mujer que es y las personas que ya partieron. Por eso aparecen el abuelo, la madre, las hermanas de sus novelas, los paisajes de la infancia, las ciudades recorridas y los seres queridos. Todos vuelven porque la poesía tiene el poder de reunir aquello que el tiempo separa. La poesía en manos de alguien como Liliana tiene ese efecto.

Resulta hermosa la naturalidad con la que conviven la cultura clásica y la emoción cotidiana. Podemos pasar de Penélope a un gato, de Pompeya a una calle de Salta, de Virgilio a una mariposa, de un mito griego a una conversación familiar. Y nada resulta extraño. Todo pertenece al mismo universo poético.

Recuerdo, a propósito de esto, que en la lectura del maestro Borges sentí a lo vivo una de las cualidades más poderosas de la poesía: su capacidad de unir las cosas, aún las más distantes unas de otras, de fundir por ejemplo:

                                la espada y el aroma de las rosas

                                y el color de la tarde que se ha ido

Esa misma sensación es la que me inunda cuando leo los versos de Liliana. Los versos de este libro que son una joya resplandeciente del talento para el cual no hay explicaciones.

Y recuerdo también que, después de estar viviendo y reviviendo durante varios días los poemas de las dos Trilogías que la editorial Juana Manuela le publicara a Liliana, me dije que esta poesía es un prodigio. Un mundo de ensueño. Sabemos que la calidad poética de un texto se define por su forma y no por su temática.

Pero en este caso la temática en sí es tan rica, tan sutil y evancescente que tiene que ser destacada más allá del tamizado de la forma perfecta en que se plasma. Yo diría que es una poesía mística. De un vínculo directo con algo indefinible que trasciende la materialidad de las cosas y de la vida. Está sobresaturada de amor. De un ágape universal y divino. Es sencilla al extremo y a la vez complejísima. Transparente y a la vez repleta de sabiduría histórica y literaria. Vale decir, tiene numerosos niveles de lectura.

Se entiende con nitidez a una primera pasada pero presenta un trasfondo simbólico que no se percibe a simple vista. La intertextualidad que conlleva es apabullante. Cada lector puede beber de esa fuente y extraer algo de ella, Pero para comprenderla en profundidad necesita competencia, y mucha. Por eso, que la transparencia no nos engañe haciéndonos pensar que a simple vista podemos distinguir el fondo porque el verdadero fondo está en estratos más profundos y llegar a vislumbrarlo es tarea de paciencia y humildad.

Por supuesto, en “El libro virgiliano” sucede lo mismo que en las dos Trilogías mencionadas.

Y para terminar, quisiera manifestar este deseo personal: Ojalá Virgilio, el numen de Virgilio, quiera acompañarnos a cada uno de nosotros cada vez que emprendamos el maravilloso viaje de transitar estos poemas.

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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