Luis Víctor Gentilini

“Al arte lo han vuelto consumista”

Por Roberto Espinosa

Gentilini con amigos en la Plaza Independencia con sus 90 años

El destacado músico catamarqueño, afincado en Tucumán, se fue al silencio a los 94 años el 17 de junio pasado. Una entrevista que data de 2021, en oportunidad de cumplir su 90º aniversario, que se festejó en la plaza Independencia

Un murmullo de zonda amodorra la siesta catamarqueña. Los recuerdos se trepan a una zamacueca que borra las fronteras del silencio. En los acordes del tiempo, se agitan desvelos tucumanos. Un alboroto de sombras ebrias sacude la madrugada. Una danza de las tinajas dibuja calladita en las estrellas una canción de cuna de la torcaz para un changuito de la zafra. En los ojos de tigre del viento se escabulle una vidala para la tarde. Un gatito trastabilla ahora en el aire y se asienta en el ombligo de las mesas. Disonancias se le disparan por los dedos, que crecen en pensamientos. También en sentimientos. En algún bosque del alma, por los cogollos del aire la música va despertando. En la puerta de la luna, canta la milonga del alma.

“Me siento bien, bien viejo, pero bien. Nunca me he casado con la idea de morirme, así que vivo plenamente los 90 años, creo que estoy lúcido, físicamente estoy bastante bien, no tengo dolencias visibles, tengo un matrimonio formidable, ¿qué más puedo pedir? Cartón lleno y con fichas todavía pendientes para cambiar”, dice Luis Víctor “El Pato” Gentilini, destacado músico, compositor catamarqueño, aquerenciado en Tucumán que hoy, a las 19, celebrará sus nueve décadas en la plaza Independencia.

– ¿Tres o cuatro momentos importantes en tu vida?

– Cuando me casé con Gloria Zjawin, fue el momento más importante, los otros han sido cosas sucesivas que hacía, tanto profesionalmente o artísticamente, no me puedo quejar. En el plano artístico, me ufano -quizás no debería hacerlo- de haber sido muy amigo de Yupanqui.

– ¿Qué te dejó esa amistad?

– Esa relación me ha dejado una cuestión vital importante, ha sido muy importante porque ha conversado mucho conmigo, se ha ocupado de lo que yo hacía, del cuarteto y el quinteto Huayna Sumaj… mirá que cuando nosotros debutamos, fuimos a Río Hondo con el cuarteto a un festival que hacia el padre Santore para seleccionar números, él se vino de Cerro Colorado solamente para ver eso, es anecdótico pero muy importante para mí. Me enseñó la lealtad y el respeto por el otro; ha sido un amigo profundo y ha estado en mi casa tomando una sopita criolla, como él decía, que le hacía la Gloria 40 días antes de morirse.

– ¿Cómo lo conociste a don Ata? ¿Qué te atraía de él?

– Cuando tenía 12 años y me trajo a Tucumán mi mamá que ya era viuda, para comprarme una guitarra, fuimos a la radio LV12 y tocaba él, debe haber sido el año 42 o 43… yo ya lo escuchaba por la radio, entonces me arrimé, es decir, mi mamá pidió permiso… era muy parco en sus cosas y después lo conocí en el bar Chirola. Me atraía la síntesis, la capacidad formidable de interpretar la vida. Chirola quedaba frente del Central Córdoba, al lado de El Alto de la Lechuza. Un día, estaba charlando con Dozo y él entró a las 7 de la tarde. Nos miramos, pidió permiso para sentarse y me preguntó:

“¿Usted toca Sor?” “No, don Ata”, le digo.

No era hombre de andar saludando. Era meticuloso, tenía una inteligencia, una vida especial.

– Tuviste la suerte de tocar con don Manuel Acosta Villafañe siendo chango… Dicen que además era tímido para tomar.

– Sí, a los 16 años. Cuando Manuel Acosta Villafañe fracasó en Santa María con esa producción de ají, volvió a Catamarca, con el “Pebete” Germán Leguizamón, Ponce, Atuto Mercau Soria e hicieron el cuarto y volvieron a la cancha. He visto tomadores buenos, pero don Manuel era sensacional, de noche se bajaba media botella de aguardiente como si nada. Muy buena persona, él y su hermano… yo tocaba el piano.

“Tomemos antes que nos machemos”, decía.

– ¿Con él desembarcás en Tucumán?

– Vinimos de gira. Actuamos en Los Amigos del Gaucho, Crisóstomo Álvarez casi Congreso, donde don Mañuco era muy querido… había un piano, yo siempre tocaba El pájaro campana, se me arrimó Héctor Trejo; me dijo si quería integrar el conjunto Achalay. Eran dos violines, Trejo, Kreibohm, Octavio Corvalán, Eduardo Cerúsico… así que me citó a su casa en San Lorenzo 28, y ahí los conocí a Cerúsico, al Chivo Valladares, a Corvalán, a los dos Trejo y a Kreibohm. El Chivo estaba para cantar vidalas y bagualas.

“- Si usted quiere tocar la guitarra, me dijo. – Por supuesto que quiero incorporarme, estoy como pavo recién comprado”.

Y me hice muy amigo de todos. Aprendí muchas cosas de Cerúsico en el piano, fui discípulo de él, porque era un pianista de fuste. Tenía muchas condiciones, tenía formación clásica y tomaba clases con Alex Conrad; era un gran pianista de folclore y tango, tocaba mucho más que yo, yo lo acompañaba en guitarra. Él era un personaje del Renacimiento, cazaba guanacos cerca de Santa María de Catamarca, era piloto de avión, un experto en estética, en cuadros, en plástica, se iba a Santa María en moto a tomar el té con las tías y las sobrinas.

– ¿Luis Franco te hizo ver la realidad o la creación desde otro punto de vista?

– Por supuesto, tengo sus libros y todavía los leo, ahora estoy leyendo Sarmiento entre dos fuegos. Lo conocí en la peña El Cardón, cuando venía a la casa de Gustavo Bravo Figueroa, eran las reuniones artísticas. Lo hablé luego en Buenos Aires, donde él tenía una panadería y vivía pobremente. Teníamos que registrar la Canción de cuna de la torcaz, que compuse sobre un poema de él. Yo lo esperé en la calle Talcahuano, se bajó del ómnibus, nos saludamos, entramos en lo de la editorial Lagos. Quise contarle y me dijo:

“No me tiene que explicar nada, usted es libre”.

Tenía ese gesto de anarquista… era un tipo muy adorable, muy llano. Cuando iba a Buenos Aires nos juntábamos en la casa del “Negro” Dardo Zelarayán, que lo mataron en la época de la joda, era un dirigente gremial de los bancarios, Franco era un tipo interesante, excepcionalmente culto, tenía una memoria especial.

– ¿Cuál fue tu primera pieza? ¿Folclore o tango?

– No me acuerdo, eran cositas zonzas, que no están ni registradas en mi memoria… yo soy autodidacta… la música clásica, me encanta Dvorak, Bach… soy un autodidacta, he aprendido a los ponchazos…

– Hay un aire de jazz en muchas de tus creaciones. Bill Evans ha marcado a varios folcloristas, ¿a qué creés que se debe?

– Y el estilo de libertad que tenía Bill Evans, un pianista muy original y muy pobre además, un tipo muy honesto, murió muy joven, producto de la soledad.

– ¿Cuándo empezás a interesarte por el tango?

– En Catamarca, escuchando a Francisco de Caro y al quinteto de Julio de Caro

– ¿Qué recuerdos tenés del tata Enrique y la mama Rosa?

– A mí se me ha muerto el viejo cuando tenía 11 o 12 años, era un hombre muy fumador, tenía una sastrería, pero no era sastre y le iba muy bien, me enseñaba a manejar porque lo hacía muy bien, tengo vagos recuerdos, murió de cáncer de pulmón… Mi mamá Rosa era maestra, una mujer simple, agradabilísima, una mujer muy sufrida…

– ¿A qué músicos admirás?

– A Yupanqui, a Juan Falú, a Cerúsico que era un gran pianista, al Chivo, gran compositor, al Cuchi, por supuesto…

– ¿Cómo hiciste para congeniar tu vida profesional con la música?

– Con la anuencia de Gloria, mi mujer, he pasado muchos fines de semanas haciendo arreglos y todas las cosas, he descuidado un poco las vacaciones, a ella le debo mucho. Tengo unos 200 arreglos hechos para orquesta, para grupos vocales, uf, he laburado como mono… Tengo para orquesta de cuerdas, cuarteto, sexteto, octeto vocal… He tenido la suerte de haberlos conocido a Castilla y al Cuchi, y el Cuchi me preguntaba: ¿cómo hacés para entenderlo al Chivo? Porque le escribía las piezas, los arreglos, lo acompañaba.

– ¿Qué les dirías a las generaciones que vienen empujando?

– Que se den cuenta de que el mundo poderoso, el que gobierna se ocupa de largar los pinzazos para que la gente se salga de la realidad honda, que no profundice mucho, que viva en la superficie, que respire nomás, que tengan cuidado con eso, que reflexionen sobre lo que hay adentro de las cosas, de lo que el centro del poder le están mandando los mensajes para que se dispersen. Al arte lo han vuelto consumista, el arte en la Edad Media era una cuestión personal, ahora con la influencia de la televisión, del poder inmenso de los medios de comunicación, el arte se convirtió en una cosa accesoria del poder.

– ¿Qué significan Catamarca y Tucumán en tu vida?

– Yo soy un catamarqueño afincado en Tucumán. En mi corazón, soy un catamarqueño de pura fibra, por supuesto. A Tucumán le tengo reconocido el haberme albergado y darme las oportunidades que en Catamarca no tuve, bueno, no tenía universidad entonces, sí un muy buen Colegio Nacional, después había que salir a Córdoba o a otro lado para seguir estudiando.

– ¿Te queda algo por componer en la gatera?

 – Y mirá, ya no creo que tenga que hacer nada más, no me siento ya con fuerzas, estoy muy bien, de cabeza, todo, pero ya tengo 90 años.

UNA TRAYECTORIA

Músico, arreglador, compositor y contador público nacido en San Fernando del Valle de Catamarca, el 14 de septiembre de 1931. De formación autodidacta, el “Pato” integró los conjuntos folclóricos Los Hermanos Melo Cabrera, Manuel Acosta Villafañe y los Arrieros del Valle”, Los Shalacos, La Salamanca, el Conjunto Folclórico Universitario, “Portal y sus cumpas”. Fundador y director del grupo vocal Huayna Sumaj. Grabó discos con los Huayna Sumaj; con su grupo Matamba”. Compuso folclore y tango en colaboración con los poetas y letristas, tales como Luis Sánchez Vera, José Augusto Moreno, Luis Alberto Díaz, Juanjo Agüero, Manuel Castilla, Pepe Núñez, Néstor Soria, Luis Franco, Octavio Corvalán, Carlos Herrera, Alma García, Ricardo Kaliman, Roberto Espinosa, entre otros. Compuso la cantata “Jesucristo año 2000. “Luna norteña”, zamba con letra de Moreno ganó el primer premio de la Canción del Noroeste (Santiago del Estero, 1967); la “Zamba para los amigos de la noche”, letra de Luis Alberto Díaz, obtuvo el primer premio de la “Canción para compositores no invitados en el Festival de Cosquín (1980); la chacarera “La trunca de la gente”, letra de Pepe Núñez, ganó el segundo premio Región Noroeste en el certamen “Cantemos Argentina” (Buenos Aires, 1980). Compuso la música original para el cortometraje “Azúcar”, de Gerardo Vallejo (1963); “Las cosas ciertas”, cortometraje de Vallejo (1966); para el largometraje “El camino hacia la muerte del viejo Reales”, de Vallejo (1966), que ganó un premio internacional en el Festival de Cine de Manheim (Alemania). Compuso la música para el cortometraje “Fiesta de guardar” y para el mediometraje “Del color de las monedas”, ambos realizados por el grupo Inti Huamán. Fue distinguido por la UNT, así como por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, que celebró sus 90 años en la Plaza Independencia. Falleció el 17 de junio de 2026.

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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