Por Olivier Pascalín
«Es cualquier problema que se resiste a todo tratamiento habitual».
Es exactamente lo que usted está viviendo. Las tres resonancias magnéticas «limpias» que el fisioterapeuta que alivia durante tres semanas. El magnetizador que desbloquea «algo».
Y esta mañana, al despertar, el dolor está ahí. Otra vez.
Según el Dr. Donden —uno de los médicos tibetanos más grandes de la historia— este tipo de dolor tiene un origen particular.
No proviene de la carne.
Ni de los huesos.
Proviene de una información inscrita en su cuerpo.
Un punto ciego que su médico no conoce.
No es culpa de nadie.
Somos simplemente carcasas vacías
Los pueblos que han mantenido un vínculo vivo con las tradiciones antiguas perciben lo mismo en el occidental moderno: una ausencia. Un vacío. Una desconexión.
Como si hubiéramos perdido el contacto con algo esencial. Algo invisible. Algo vibratorio.
¿Pero de qué se trata? ¿De qué estamos hechos, más allá de la carne y la sangre?
Durante milenios, estos pueblos han visto algo que la ciencia no sabía nombrar: todas las células vivas emiten luz. Fotones —partículas de luz— emitidos por el ADN de sus células. Una radiación ultra débil pero medible que atraviesa la piel y forma una radiación alrededor del cuerpo.
En 2003, un estudio publicado en el Indian Journal of Experimental Biology demostró que estos fotones forman una red de canales de luz en el cuerpo; una red cuya función sería regular la transferencia de energía y de información entre sus células.
La existencia de esta luz celular es hoy un hecho científico establecido.
Un kilogramo de usted produce 200,000 veces más partículas de luz que un kilogramo de Sol.
Mire sus manos. Esas manos que el reumatólogo ha declarado «desgastadas». Esas manos que han cargado a sus hijos, podado los rosales, preparado miles de comidas. Esas manos forman parte de un cuerpo que brilla —por kilogramo— 200,000 veces más fuerte que la estrella que ilumina la Tierra.
El Sol es más luminoso en apariencia; su masa colosal se encarga de ello. Pero si lo reducimos a la unidad de masa, la fábrica química de un cuerpo vivo produce infinitamente más fotones que una reacción nuclear estelar.
Usted no es un cuerpo «desgastado». No es una máquina al final de su vida útil.
Usted es —física y mensurablemente— un ser de luz.
Y esta luz —y aquí es donde todo cambia— transporta información. La información de su salud. De su historia. De sus traumas. De sus dolores crónicos.
Todo está inscrito en esta radiación luminosa. Como un libro escrito en fotones. Un libro que su cuerpo transporta desde la vida intrauterina.
Pero aquí está el problema.
Si esta luz transporta la información de su salud, entonces, cuando se instala un programa tóxico —un trauma antiguo, un accidente de la infancia, una red de memorias dolorosas—, esa luz se vuelve cautiva. Prisionera del programa. Deja de circular. Deja de comunicar. Deja de curar.
Eso es la Luz Cautiva.
Sus células brillan 200,000 veces más fuerte que el Sol. Pero un programa antiguo retiene esa luz prisionera. Y es por eso que el dolor regresa. Una y otra vez.
Para entenderlo, imagine un ordenador.
El disco duro está intacto. Los cables están bien. La pantalla funciona. El técnico abre la carcasa, verifica cada componente y dice: «Todo está limpio. El hardware está en perfecto estado». Y, sin embargo, el ordenador se bloquea. Una y otra vez. En el mismo punto.
¿Por qué? Porque el problema no está en el hardware (el material). Está en el programa.
Su cuerpo funciona de la misma manera. El técnico es su médico. La carcasa que abre es la resonancia magnética. Y cuando todo está «limpio» pero el dolor regresa, es porque el problema está en el programa.
Patrick Drouot (licenciado en Ciencias, con posgrado en Física Teórica por la Universidad de Columbia. Se ha especializado también en coaching y es profesor en la Sorbona y en el departamento de psiquiatría de la Universidad de Kansas.) Este autor llama a estos programas defectuosos «redes de memoria tóxicas».

Son nudos de información inscritos en su cuerpo etérico —esa envoltura de luz que comienza a construirse hacia los tres meses de vida intrauterina—. Este cuerpo etérico penetra de 2 a 3 centímetros en el interior de su cuerpo físico. Se extiende hasta 80 o 90 centímetros a su alrededor. Y transporta la historia de su vida entera.
Papá. Mamá. La gente que ha conocido. Los accidentes. Las alegrías. Los traumas. Las estructuras profundas que lo moldean. Todo está inscrito en esa envoltura.
Y mientras no se actúe sobre la red de memoria tóxica, los síntomas regresan.
¿Ve el patrón?
Nadie le ha dicho esto nunca. Ni su médico. Ni su fisioterapeuta. Ni su magnetizador. No porque le oculten algo, sino porque no lo saben. No forma parte de su formación. No está entre sus herramientas. La resonancia magnética no lee los cuerpos sutiles. El estetoscopio no escucha las redes de memoria. No es culpa de nadie. Es, simplemente, un punto ciego.
Ahora que comprende por qué el problema regresa —un programa inscrito en su cuerpo etérico, invisible a la resonancia magnética— se impone la siguiente pregunta:
¿Qué es lo que mantiene prisionera su Luz Cautiva? ¿Y cómo liberarla?

3 cerrojos
- A. El cerrojo del cuerpo
Es el cerrojo que todo el mundo ve. El dolor físico. La inflamación. La rigidez. Es el que su médico trata con antiinflamatorios. El que el fisioterapeuta trabaja. Cuando este cerrojo se abre, usted se siente mejor. Durante tres semanas. Y luego comienza de nuevo. Porque los dos cerrojos siguientes siguen cerrados.
Llave n° 1: la coherencia cardíaca amplificada
El Dr. David Servan-Schreiber la hizo famosa en Francia en 2003. El protocolo: 5 segundos de inspiración. 5 segundos de expiración. 5 minutos. Tres veces al día.
Cuando su corazón entra en coherencia, emite una radiación que atraviesa la totalidad de sus células. Y esta radiación estimula la producción de fotones.
Su luz celular se amplifica. Y amplificar su luz es amplificar su capacidad para actuar sobre el programa.
Un protocolo que se resume en tres cifras: 5-5-5. Cinco segundos hacia adentro. Cinco segundos hacia afuera. Cinco minutos. Si sabe respirar, sabe cómo hacerlo.
La coherencia cardíaca abre el Cerrojo del Cuerpo. Amplifica su luz. Pero amplificar una luz cautiva no es suficiente. También es necesario encontrar el programa que la retiene.
- B. El cerrojo de la Memoria
Es el cerrojo invisible. El que la resonancia magnética no ve. El que el médico no busca.
Llave n.° 2: identifica y «quema» las redes de memoria tóxicas inscritas en su cuerpo etérico. Esta llave abre el Cerrojo de la Memoria. ¿Me sigue?
De abrir el Cerrojo del Cuerpo se encarga su fisioterapeuta. El Cerrojo de la Memoria, este manual le enseña a localizarlo. Queda el más profundo. El que nadie toca.
- C. El cerrojo del Vínculo
Es el cerrojo de la desconexión —aquel que los hawaianos llaman haole, el que los tahitianos ven en los cocos vacíos—.
Es ESTE cerrojo el que hace que todo vuelva a empezar. Usted abre el Cerrojo del Cuerpo. Acaricia el Cerrojo de la Memoria. Pero el Cerrojo del Vínculo permanece cerrado. Entonces, el programa se reinicia. Y el dolor regresa.
Llave n.° 3: la reconexión al Código Cósmico.
Como decía Einstein: «Dios no juega a los dados». Cuando los 3 cerrojos están abiertos —los tres—, su Luz Cautiva es, por fin, libre.
