Cómo se construye el valor de un territorio en el ecoturismo

Por Daniela Latorre

En muchos territorios rurales de América Latina, el desafío no es solo atraer visitantes, sino reconocer el valor de aquello que todavía permanece vivo: los oficios, la oralidad, la memoria y las formas ancestrales de habitar la tierra.

Durante años, muchos pueblos quedaron fuera de los grandes mapas turísticos. Lejos de los circuitos masivos, conservaron otra relación con el tiempo, el trabajo y la tierra. En esos territorios —entre montañas, monte, selva y caminos de ripio— sobreviven formas de vida donde la memoria todavía se transmite de manera oral y los oficios conservan la huella de generaciones enteras.

Sin embargo, en un contexto donde el turismo suele premiar lo espectacular, muchos emprendimientos rurales terminan percibiendo su propia identidad como algo insuficiente.

“El viajero busca el alma, no el objeto.”

El problema invisible del valor

Casas de adobe, técnicas ancestrales de tejido, recetas heredadas o celebraciones comunitarias comienzan a verse como elementos “simples”, incapaces de competir con destinos industrializados o propuestas diseñadas para el consumo rápido.

Ahí aparece una de las tensiones más profundas del ecoturismo actual: la dificultad para reconocer el valor de aquello que todavía conserva autenticidad.

Una mirada desde el territorio

En ese punto, la reflexión se amplía desde la experiencia de quienes trabajan directamente con estos procesos.

La escritora y tallerista salteña María Fernanda Rossi, creadora de La Pluma Viajera, ha desarrollado su trabajo en torno a una idea central: la necesidad de narrar los territorios desde su propia voz.

Su recorrido entre viajes, escritura y acompañamiento a emprendedores rurales le permitió construir una mirada particular sobre el ecoturismo y su dimensión simbólica.


ENTREVISTA con MARÍA FERNANDA ROSSI

¿Cómo empezaste a interesarte en el ecoturismo?

Mi interés nació de manera natural a través de mis pies y mis letras. Como escritora y viajera, recorrí pueblos de diferentes geografías; no solo por mi Salta querida, sino por Argentina, Latinoamérica y el mundo.

He caminado pueblos ancestrales que, a pesar de las distancias, se unen en una misma esencia: desde parajes recónditos de los Valles Calchaquíes hasta comunidades en China, Malasia o México. Todos comparten la magia de ese tiempo detenido que resguarda una sabiduría inmemorial.

Al recorrer la vastedad del planeta, comprendí que el paisaje no es una postal estática, sino un tejido de historias vivas. El viajero de hoy —especialmente el que busca el ecoturismo— no busca solo ver: busca sanar y reconectarse con esa raíz humana que todos compartimos.


Esa idea atraviesa toda su trayectoria. Para Rossi, el turismo no se reduce al desplazamiento, sino a una forma de encuentro con aquello que permanece.


¿Cómo llegaste a ese campo o a ese tipo de proyectos?

Llegué por la necesidad vital de unir mis dos mundos: la literatura y el comercio. Si bien gracias al comercio conocí el mundo, fueron mis letras y mi pluma inquieta las que me llevaron a un viaje profundo por mis raíces.

A través de mis libros —Los puentes de Uquía, Cuando la tierra habla wichi, El mensaje de Chuscha o Al son del Pim Pim— exploro la riqueza cultural e intangible de nuestros pueblos: desde la Puna y el Chaco salteño hasta las Yungas y los Valles Calchaquíes.

Después de años de publicar y gestionar mi propio negocio, comprendí algo recurrente: el emprendedor rural muchas veces tiene un tesoro entre las manos, pero no sabe cómo narrarlo.

Así nació La Pluma Viajera, un espacio que busca hacer visible lo que suele permanecer en silencio, funcionando como puente entre la mística ancestral y las herramientas contemporáneas.

¿Qué problemas o tensiones fuiste viendo en la práctica?

Vi dos tensiones principales.

Por un lado, la invisibilidad del valor. Muchos emprendedores sienten que su casa de adobe o su técnica de tejido es algo “común”, sin notar que para el ecoturista eso representa autenticidad.

“El viajero busca el alma, no el objeto.”

Por otro lado, la brecha digital. Muchos programas parten de la idea de que todos manejan redes o escritura formal, sin considerar que en los pueblos la comunicación es principalmente oral y sensorial.

“En los pueblos el tiempo es un ciclo vital y la comunicación es, ante todo, oral y sensorial.”

El territorio como relato

A partir de esas experiencias surge una pregunta central: ¿Cómo se construye el valor de un territorio cuando ese territorio no ha sido narrado desde sí mismo?

Rossi desarrolló entonces un enfoque de trabajo basado en lo que denomina “Entrevista a lo Invisible” y “Narrativa de Origen”. Allí, el storytelling no funciona como estrategia de venta, sino como una forma de reconocimiento cultural.

“Para vender, primero deben sanar la relación con el propio valor.”

Contar para valorar

De ese recorrido nace su programa itinerante Contar para Valorar, donde trabaja con emprendedores rurales en la construcción de su identidad narrativa.

El proyecto integra encuentros presenciales, herramientas digitales accesibles, audio, dibujo y escritura como recursos complementarios, para recuperar la singularidad de cada territorio.

“No se vende un lugar, se comparte una verdad.”

En tiempos donde la palabra sustentabilidad circula en discursos turísticos de todo tipo, estas experiencias recuerdan que el ecoturismo no se sostiene únicamente en la conservación ambiental. También depende de algo más silencioso y decisivo: la forma en que los territorios logran contarse a sí mismos. Muchas veces, la diferencia entre consumir un destino o comprenderlo comienza en la manera en que ese territorio encuentra su propia voz.

Publicado por María Daniela Latorre

De Argentina. Escribo y viajo. Lic. en Psicología. Tutora de lenguaje. Políglota 6+. Fan de la playa y los mares turquesas.

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