Por Lucila Moro
Cuando bailas tantos años como yo, aprendes algo rápido: el cuerpo no sostiene una postura falsa por mucho tiempo. Se quiebra. Con los sentimientos pasa igual. Nacemos abiertos, pero la vida nos enseña a cerrarnos. Y ahí empieza la evolución que casi nadie te cuenta.
1. La primera etapa: sentir para sobrevivir
De niños sentimos todo y lo mostramos todo. El llanto, la rabia, la alegría salen sin filtro. No es “inmadurez”. Es el sistema más honesto que tenemos para decirle al otro: “esto me pasa, ayúdame”.
El problema es que muchos de esos sentimientos chocan con un mundo que no sabe sostenerlos. Te dicen “no llores”, “no seas dramática”, “eso no importa”. Y el cuerpo aprende: si me muestro, me lastiman.
Ahí nace la defensiva. No como maldad, sino como armadura. El pecho se cierra, la mandíbula aprieta, la respiración se vuelve corta. Bailando lo ves claro: una alumna con miedo no abre los brazos. Se protege el centro.
2. La trampa de quedarse a la defensiva
La armadura funciona. Te salva de más daño. Pero si te la dejas puesta 20, 30, 50 años, deja de protegerte y empieza a aislarte.
Estar a la defensiva te hace interpretar todo como ataque. Un tono de voz, un mensaje corto, un silencio. Tu sistema nervioso ya está en alerta, así que ve enemigos donde hay torpeza humana.
Y el cuerpo lo paga. El pecho que “chilla”, la espalda que duele, el insomnio. No es casualidad. Los sentimientos no expresados no desaparecen. Se convierten en tensión. Yo lo explico en mis seminarios así: lo que no lloras, lo aprieta tu fascia.
La evolución real no es no sentir. Es dejar de pelear contra lo que sientes.
3. El desapego no es frialdad, es madurez del sentir
Aquí viene el malentendido. La gente confunde desapego con “no me importa”. Y no.
Desapego es dejar de necesitar que el otro actúe de cierta forma para que tú estés en paz. Es poder decir: “me duele que no me llames, y aún así yo sigo respirando, sigo bailando, sigo escribiendo”.
Es como cuando sueltas a tu pareja de danza en un giro. Si la agarras fuerte por miedo a que se caiga, los dos pierden el equilibrio. Si confías en su eje y sueltas, ella gira, y tú sigues en el tuyo.
El desapego nace cuando dejas de poner tu valor en la respuesta del otro. Y eso solo pasa cuando ya no estás a la defensiva. Cuando sabes que aunque te lastimen, puedes volver a ti.
4. Cómo evoluciona un sentimiento
Un sentimiento no se elimina. Se mueve. Se transforma cuando lo atraviesas:
1. Nombrar: “Esto es rabia”, “Esto es tristeza”. Sin etiqueta, el cuerpo se queda atascado.
2. Sentir en el cuerpo: Dónde está. Pecho, garganta, estómago. La respiración te lo muestra.
3. Soltar la historia: Separar lo que pasó de la novela que te cuentas sobre por qué pasó.
4. Devolver la energía al presente: Moverte, escribir, hablar, respirar. Que el sentimiento no se quede estancado.

Cuando haces eso varias veces, el cuerpo deja de entrar en pánico cada vez que aparece ese sentimiento. Deja de ser una amenaza. Se vuelve información.
5. Lo que cambia cuando evolucionas: No te vuelves insensible. Te vuelves libre.
Ya no necesitas que tus hijos respondan como tú quieres para sentirte madre. No necesitas que el mundo entienda tu dolor para que deje de doler menos. No necesitas estar explicándote todo el tiempo.
Y lo más curioso: cuando dejas el escudo, la gente se acerca más. Porque ya no hay esa tensión en el aire que hace que todos se pongan a la defensiva también.
Como bailarina sé que la gracia no está en la rigidez. Está en la capacidad de ceder sin perder el eje.
Como escritora sé que la verdad no está en gritar más fuerte. Está en decirla sin temblar.
Como mujer de 68 años sé que el desapego no es rendirse. Es dejar de cargar lo que nunca fue tuyo para sostener.
Los sentimientos evolucionan cuando dejas de usarlos como arma y empiezas a usarlos como brújula.
La defensiva te mantiene viva. El desapego te mantiene libre.
Y entre vivir y vivir libre, hay toda una vida de respiración por aprender.
Continuará…
