Por Roberto Espinosa
Pedro Molina, notable artista riojano, fallecido hace 15 años, evoca su época de formación y docencia en Tucumán
El Macho cierra los ojos. Se mira por dentro. Hurga la raíz de su ser. Campesinos, músicos, zorros, víboras, duendes, relámpagos, caudillos, caballos, pachamamas, diablos, carnaval, muerte, amor, misterios… circulan por sus pupilas. El corazón se hace bombo. Florece en coplas: “Toma este ramo de albahaca, tómalo y no me olvidés, ya me voy lejos muy lejos, adiós palomita adiós… Los cerros están de luto llorando está el manantial, ya me voy lejos muy lejos, adiós, palomita, adiós…” Pedro Molina canta en azules, verdes y rojos, como su pintura. En blanco y negro, como sus grabados. Nació en La Rioja y esparció su talento por varios países. Un pedazo de su alma ha vivido en Tucumán. Pedro Alberto Molina, conocido como ”El Macho”, uno de los artistas más notables que ha dado esta tierra, desanuda recuerdos en el patio de Nora y Ramón Véliz ese miércoles 5 marzo de 2014.
¿Cómo se produjo tu llegada a Tucumán?
Yo había estudiado con algunos profesores en La Rioja cuando iba al secundario a principios de los años 50. Después apareció el grupo Calíbar, el cual integré; vinieron entre otros, grandes maestros como Carlos Cáceres, Miguel Dávila, formado en Tucumán con Gómez Cornet y Spilimbergo, que también recalaba en La Rioja. Me fui a Córdoba en el año 57 y estuve un año con el maestro Farina y otra gente. Aprendí técnica, mucho concepto, pero también había un gran intelectual, traductor y gran poeta, Enrique Revol. Aprendí muchísimo de él, tanto como del poeta riojano Ariel Ferraro. Estando en Córdoba, me saqué un segundo premio en el Salón Terry, de Jujuy; era bastante dinero. Lo fui a cobrar y allí conozco a Raúl Galán, a Medardo Pantoja, a Andrés Fidalgo, a Néstor Groppa, a esos grandes maestros que sacaban la revista Tarja. En ese momento, conozco al boliviano Pedro Portugal y al jujeño Aparicio y me dicen: “Andá a Tucumán, está el mejor grabador del mundo que hay ahora, acaba de llegar de México, Pompeyo Audivert”. Y cambié Córdoba por Tucumán, y esa fue mi acertada venida porque era considerado un gran maestro y todo lo que sé, se lo debo a él. Fui luego su ayudante, entre el 58 y el 62.
¿Cómo era el ambiente artístico en Tucumán?

Era más bien bohemio. Estábamos muy metidos con los folcloristas, la gente de teatro, los poetas, periodistas… En cuanto a los pintores muy jóvenes estaban Ernesto Dumit, Enrique Guiot, Machado, pero teníamos referencias mayores, que eran los maestros que no se comportaban como tales, porque eran camaradas más, como Timoteo Navarro, Lobo de la Vega, Nobile, Aurelio Salas… Aparecieron en el horizonte un muy joven Juan Falú, ya eran consagrados los Hermanos Núñez, los Valenzuela Aráoz… era un mundo cultural muy entrañable, no sé si el de ahora es inferior o superior, es diferente. En aquella época se respiraba mucha camaradería y teníamos una vida nocturna de cantadas, dando serenatas. Toda esa bohemia despareció en los años 70 con el golpe militar. Juan Falú dice en una autobiografía: “Pedro Molina derramaba cantidades de tinta china dibujando la noche tucumana”. Y como qué, en esa época hice una serie, tanto en dibujo como en grabado, sobre los misterios de la noche: el alma mula, la Pachamama, la viuda, seres que más que dar terror, conmocionan, porque el monstruo lo lleva uno adentro, no está afuera. Esa época de amor y odio a Tucumán, fue fundamental en mi formación y he tocado ciertas teclas de autenticidad… Como dice Agüero, estas coplas me salvarán.
¿Por qué de odio?
Claro, porque había frustraciones como estudiante, a veces no tenía para comer aunque íbamos a la casa del Turco Dumit y le robábamos pucheros a la madre y bueno… pero la pasábamos bien. Mucha gente después se fue enriqueciendo con la llegada de Gucemas y la nueva gente como Grima y De Bairos Moura, que fueron formados por el gran maestro Ezequiel Linares, en general, y Aurelio Salas que dejó una escuela de buenos dibujantes en Tucumán. Los buenos dibujantes han estado en Tucumán, como Spilimbergo, Gómez Cornet y tantos más, pero el que fue fundamental fue Lajos Szalay, que enseñó con cierto extracto lineal a dibujar y tan es así que fue reconocido por el propio Picasso, que dijo con su natural humildad: “Lajos Szalay es el mejor dibujante del mundo, después de mí”.
¿Por qué no te quedaste en Tucumán?
Aspiraba en aquel momento que me dieran una cátedra, pero había otra gente con más antecedentes. Me fui a trabajar a La Rioja, comenzaba la dispersión del grupo Calíbar, estaba una de las tantas dictaduras. Entré a trabajar en una escuela de diseño. Me casé en el 66 y como la cosa estaba turbia, comenzó a emigrar la gente. Me fui a España, estuve en Ibiza (66-67); hice un curso en Barcelona sobre litografía y me mudé a Madrid, también viví en Granada. Estuve casi hasta el 70 y me llaman de Tucumán. Me vengo y me hacen un contrato. Enseño historia del arte, grabado, dibujo en escultura, años después armamos un taller de litografía. Después que nos echa Bussi, queda una profesora a cargo de eso, no recuerdo el nombre; Manuela Mur era la decana, la jefa. Había corrido a los modelos desnudos y la única modelo que había, entraba con una malla entera. Hay anécdotas graciosas y patéticas: Un alumno encontró una bota tirada en un basural que había en el fondo y la pintó como modelo. Y lo expulsaron o lo intentaron porque Mur consideraba que era una irreverencia a los militares.
¿El grabado es tu fuerte?
Claro, yo en la década del 50 comencé a grabar en madera, después en linóleo, luego cuando vine acá hacía aguafuertes, grabados en chapas de cobre, sobre zinc y en Barcelona, litografías. En Madrid, cuando fui a la Academia de San Fernando, tuve contacto con mucha gente internacional, me iba bien, vendía, me pude haber quedado, pero me agarró la nostalgia.
¿Cómo definirías tu obra?
Oscilaría entre un arte fantástico, por lo de la fantasía, y uno expresionista, con un lenguaje surrealista en el dibujo en que lo casual y el absurdo -lo vemos todos los días- campean lo que yo hago. Tengo ciertas ideas, tengo un patrón, pero mientras estoy trabajando dejo que el impulso siga su camino. Y después me preocupa la parte técnica…
Tus 80 diciembres se aproximan, ¿quedan asignaturas pendientes?
He vuelto a los mitos, como el mikilo, un personaje que es la representación de una nutria, que castiga al tipo que le pega a la mujer; es el único personaje en la mitología andina con esas características, por lo menos en La Rioja. En lengua indígena significa “rastro húmedo”… hay mitos que tienden a desaparecer, pero como me dijo un gran antropólogo, los mitos no desaparecen, se transforman. Estoy en eso. Sigo trabajando la técnica, la composición de colores. Cuando uno se hace más viejo se vuelve más lúdico.
El bombo se estremece de coplas: “Causa e’ las penas me ausentaré soy despreciado, no he de volver… pero mi Rioja es un ramo de flor… Cantando llegué, llorando me voy, andando lejos te recordaré…”
Una trayectoria

Pedro “El Macho” Molina nació en La Rioja el 4 de diciembre de 1934 y murió el 2 de agosto de 2015. Se formó en Córdoba y Tucumán. Se perfeccionó en Litografía en el Conservatorio del Libro en Barcelona y en el grabado calcográfico en la Real Academia de San Fernando de Madrid. Enseñó en la Universidad Nacional de Tucumán, La Rioja, Salta y Jujuy. Expuso en Ibiza, Barcelona, Valencia, Madrid, Toledo, Vigo, La Paz, Oruro, Santa Cruz de la Sierra, Acapulco, Puebla, Distrito Federal de México, en la Ciudad Universitaria de París, Damasco, San Francisco (EE.UU.), Buenos Aires y otras ciudades argentinas.
Ver fragmento de entrevista que le hice a Molina:
