Por Jorge Triviño Rincón
Inti acostumbraba a preguntar acerca de todo, insatisfecho en un mundo con tantos interrogantes y seres tan poco sabios. Decidió indagar por su cuenta a cuanto ser encontraba en su camino, a riesgo de no saber a qué enfrentarse.
Fue así como se hizo amigo de diversos animales.
Los demás pingüinos siempre le encontraban conversando con Israel Oso, con Eduardo Foca, con Ángel Morsa o con Pedro Nutria. Los temas que trataban eran profundos y amenos y el tiempo se les hacía corto cuando departían.
Por Israel Oso supo de la existencia de seres diferentes que vivían más allá de los mares y de él aprendió hechos maravillosos para su desenvolvimiento espiritual. Una tarde en que los dos se hallaban admirando la luz declinante, se atrevió a preguntarle qué debía hacer para adquirir sabiduría, a lo cual respondió el viejo oso mirando hacia el firmamento, extasiado con las maravillas de la naturaleza:
—Los seres forman parte de la naturaleza y han permanecido allí desde siempre. De nosotros depende apreciar y aprehender la esencia luminosa que poseen o dejarla escapar como algo de poca valía. Debes aprender a discernir y reconocer la pureza que hay en cada criatura y preguntarte por qué y para qué existen; de no hacerlo, jamás conocerás la verdad. Debes indagar, además, cómo y por qué sus sentimientos y pensamientos tocan la tuya como el soplo de un céfiro.
“¿Tocarme el alma?” —Se preguntó— ¿Existe un sentido invisible y se llama alma? ¿Acaso su alma se puede tocar? ¿Qué es el alma, a fin de cuentas? …”
Eran enigmas que debía resolver con prontitud.
Esa noche no pudo conciliar el sueño, pues cuando un interrogante penetraba en su corazón, no tenía calma ni sosiego hasta hallar respuesta a su inquietud.
¿Qué cosa era el alma, que familiares y amigos hablaban de ella con tanta propiedad y la desconocían? ¿Cómo es que ninguno la había visto, tocado y olido?
La alborada lo encontró con los ojos abiertos. Su papá le preguntó la razón de su desvelo, y él respondió que tenía dudas y que nadie había podido satisfacer sus inquietudes, cosa que extrañó a su padre, ya que conocía a la perfección a su hijo, y aunque no se sentía capacitado aún para contestarle le indagó:

— ¿Cuál es tu pregunta?
El hijo miró a su padre con admiración.
—Papá: ¿tú sabes qué es el alma?
—La palabra alma significa ánima, es decir, aquello que mueve y anima. Debes saber que todo cuanto conocemos y aún aquello que existe en potencia, pero que se manifestará sin duda alguna, tiene en su interior, “algo” que le permite el crecimiento, el sentimiento y el pensamiento; a ese “algo”, que es energía o razón de existir, se le llama alma.
— ¿Quieres decir que las piedras que forman los peñascos, la Tierra, y el fondo del mar también tienen alma? — Preguntó intrigado. Su padre, mirándole a los ojos le contestó con dulce voz:
—Tú conoces las piedras, ¿verdad?, pues una fuerza duerme en su interior e impide que se rompan ya que les da cohesión; es de la misma esencia del fuego, es luz solar aprisionada. Si frotas una piedra contra otra, verás saltar las chispas que se hallaban prisioneras.
— ¿Y dónde se encuentran estas chispas antes de que rocemos las piedras?
— ¡Qué cosas preguntas, hijo mío! Esta divina fuerza vive oculta a la mirada. La energía que mueve todo cuanto conoces es invisible y más poderosa de lo que imaginas. Un pensamiento no es visible para ti ni para mí, a menos que lo expreses a través de palabras o gestos, de otra manera permanecerá oculto; sólo lo podremos percibir cuando lo manifiestes. Llevas esa fuerza en tu interior. Todo, absolutamente todo, posee ese “algo” íntimo que es fuego y es potencia.
—Y las algas y los animales… ¿también tienen alma?
—Sí que la tienen —respondió taxativo su padre— las algas tienen esa misma fuerza, con la diferencia que han logrado encauzar para echar raíces y anclarse, ya sea en la tierra o en la roca, elevando desde allí sus brazos; respiran y crecen buscando la luz del Sol; en cuanto a los animales, puedes estar seguro que son más desarrollados que las algas y esa misma fuerza la utilizan para moverse de un lado a otro, para pensar, sentir y conocer, usándola además para orientarse, buscar alimento, techo y protección.
—Papá, ¿Y cuál es la diferencia entre alma y vida?
—La vida es la función connatural de Dios, y el alma es el poder de su amor manifestado en cada cosa y en cada criatura.
— ¿Y quién es Dios?
Su padre se sentía acorralado con los interrogantes que surgían cada vez de su preciado hijo, y le indicó:
—Esa pregunta es difícil de responder por cuanto a Él no se le puede definir, ya que es un ser lejano a nuestra comprensión. Si deseas saber qué o quién es Dios, medita acerca del origen de nosotros como especie, por lo cual te preguntaré: ¿De dónde surgiste tú?
—De un germen que fecundaste y mi madre incubó.
—Y tu madre y yo, ¿de dónde provenimos?
—De otro germen que provino de mi abuela y que mi abuelo fecundó.
—Y si continúas hacia el pasado, millones de años antes, ¿hasta dónde llegarías?
El pingüino se quedó pensativo, sin responder la pregunta que le hizo su padre y luego de algunos minutos de silencio respondió:
—Llegaría el momento en el que no sabría quién fue primero: el primer huevo o la primera ave; pues si respondo que el huevo, preguntarás, ¿quién lo puso?, si respondo que un ave, me preguntarías de nuevo: ¿de dónde surgió entonces ella?, por lo tanto, no encuentro respuesta a tu interrogante.
—Bien, hijo mío, debo enseñarte que antes de que hubiera alguna forma de vida, un ser de consciencia suprema emana de sí mismo, millones de planetas formados por minerales, en uno de los cuales, circularía después un mineral líquido llamado agua, del que luego surgieron gérmenes de criaturas que se desarrollaron; subieron a la superficie, reptaron, anduvieron posteriormente, y ahora los más adelantados surcan el aire, pues sus extremidades superiores o patas delanteras se transformaron en alas que les sirvieron para levantar el vuelo. Su voluntad creadora y su portentosa imaginación, unidas al amor, lo realizaron.
Y ese Ser, aunque no existan palabras para describirlo, es la razón de la existencia y de todo cuanto vemos. Es invisible y sólo se puede captar con la intuición, sentido que algunos han desarrollado en el corazón y que se puede despertar siendo sensibles y amantes de la naturaleza, imagen de la Vida Universal.
Debemos ser conscientes de lo que sentimos, pues todo pasa por un maravilloso canal denominado: Divino Sensorio. Sólo quien siente puede decir que sabe, y quien sabe se atreve a buscar la fuente de la que surge cuanto existe, y cuando comprende calla y da gracias al creador.
Inti, hijo mío, cuando sientes, sabes qué es el alma; cuando sientes el alma, sabes qué es la vida; cuando sientes la vida, sabes qué es la verdad y así empiezas a conocer a Dios.
El joven permaneció mucho tiempo pensativo, admirando la maravilla del conocimiento y de la existencia del universo infinito y eterno.
