Luis Lobo de la Vega. Un pintor enamorado de la vida

Por Roberto Espinosa

Una baguala se le escapa en la mirada y se trepa en el óleo de la infancia en Trancas.

“El cielo es cuero’ e mi caja, las nubes se han vuelto tiento y las palomas de mi alma se amachinan con el viento. Los cerros son mis paredes, las piedras son mis fogones, con los árbol hago leña y con el viento mis canciones”.

1909. Ha visto la luz ese jueves 5 de agosto. Las cartas del destino dicen que tiene pinta de bagualero, de poeta, de jockey, de futbolista. Pero él inventa una travesura y elige el camino de la amistad, del vino fraterno y, naturalmente, de la pintura. Los 94 años de Luis Lobo de la Vega se apoyan en su sonrisa ese martes 20 de julio y, patero en ristre, se despide de los amigos. En la memoria de sus ojos reposa una vida poblada de artistas, de bares, de noches, de sueños y emociones que alimentaron sus telas y que lo convirtieron sin darse cuenta en el pintor más importante de Tucumán.

La llegada de Lino Spilimbergo, quien se hizo cargo del naciente Instituto Superior de Artes de la UNT a fines de la década del 40, marcó a su generación, hasta el punto que definió una parte de su propia vida. Este es un fragmento de una de las entrevistas que le hice al querido Lobito.

¿Qué le impactaba de Spilimbergo?

El dibujo. Era muy fuerte, bien sólido. Más que pintor Spilimbergo ha sido un gran dibujante, con una fuerza… Nosotros ya estábamos formados cuando él vino. Se integró muy bien. El único maestro fue él porque Gómez Cornet, que después lo reemplazó, era el gran pintor argentino, bien nuestro. Pero Spilimbergo fue el gran maestro.

¿Él le enseñó también a tomar vino?

No, no, yo ya tomaba. Por más que estuviera bien tomado, él era atento; no era un borracho ordinario como nosotros (se ríe). Por ahí Spilimbergo tenía contradicciones: decía una cosa, se olvidaba y después decía otra. Siempre me trató muy bien.

¿Cómo empezó a pintar?

Yo me hice a dedo. Toda mi familia… Mi hermano menor escribía cartas para las novias; el mayor escribía versos; mi papá tallaba cabezas de indios y le gustaba mucho el canto; era muy folclorista, rascaba la guitarra. La poesía me encantaba. Cómo será que más que pintor me hubiera gustado ser poeta. También me atraía el deporte, pero el deporte que mejor he hecho en mi vida es tomar vino en damajuana (se ríe). Nadie me enseñó a pintar. Tal vez los amigos. Yo dibujaba muy bien de chico. En tercer grado me compraban dibujos de caballos. Había un chango Fioretti que me daba 5 o 10 centavos y con la plata compraba masitas que venían pintadas de rojo o de violeta.

¿Y luego?

En el servicio había un conscripto de Tafí Viejo que me regaló los colores primarios y el blanco. Ahí empecé a pintar paisajes, cabezas mirando hacia abajo, en una maderita que usaba de espátula.

¿Cuáles eran los caederos artísticos en sus años mozos?

Estaba el cine Esmeralda, en la Muñecas al 200. Entonces había pintores, poetas, músicos, peluqueros, socialistas… Al lado del cine había un café. Entonces el dueño del cafetín nos puso en una piecita atrás, porque nosotros queríamos tomar vino, no café. Me acuerdo de Alfredo Martínez Howard, que tenía poemas hermosos; era muy amigo de Enrique Mario Casella, de Luis Gianneo y de Vicente Bernabá. Una tía me llevó al cine Moderno a escuchar a estos grandes músicos. Un sobrino de mi tía les dio pensión. Ellos veían cómo yo dibujaba, entonces Casella me llevó a la Escuela de Bellas Artes. Mucho después pasamos noches hermosas en el Germania (al lado de la Catedral) con el Flaco Elsinger, que escribía críticas de arte en el diario Noticias, con el Coya Saravia, con Miguel Hynes O’Connor…

¿Su grupo de amigos pintores era muy heterogéneo?

Nieto Palacios era el más culto, pero también eran buenos González del Real, Datito (Ángel Dato), los Iramain, Osorio Luque… Había muchos… Hay dibujos que podés pintar, y hay otros que son dibujos en sí. Siempre decía que el que dibuja bien pinta bien y no es así, porque hay dibujantes que no pintan bien, como ocurría con Aurelio Salas. Pero todo pintor dibuja. Linares era para mí muy bueno. Es cierto que Nieto Palacios pasó por todas las escuelas de vanguardia, pero no tenía personalidad. Nieto ha sido un hombre muy tímido y romántico, y parece que le molestaba ser romántico, demostraba lo contrario. Iba en contra de sí mismo, entonces no se puede. Porque si uno no se encuentra…

¿Le interesa el arte actual?

Lo veo bien… pero hay tantas cosas que hacen tan feas… Bueno, son búsquedas, así como ha llegado el impresionismo, el cubismo y otras escuelas, puede llegar otra cosa.

¿Cómo lo ve al país?

Mal, mal. Mientras tengamos los mismos gobernantes… Yo he sido radical toda mi vida… Cómo vamos a poner a Menem de nuevo. Esto tiene que tener algún arreglo. Tal vez una guerra civil, que nos hagamos polvo de una sola vuelta y que toquemos fondo.

YO ME AISLABA

La filosofía de la calle ayudó a abrirle las ventanas a la pintura y a su mundo interior. Luis Lobo de la Vega conformaba con José Nieto Palacios y Timoteo Navarro un trío inseparable.

“Tuve la buena o mala idea, vaya a saber, de no tener influencias. Aunque es inevitable tenerlas. Los alumnos quieren parecerse a su profesor. Si yo respeto a mi profesor y lo admiro, indudablemente tiene que influenciarme. Ahora, seguirlo no. Yo me aislaba y hacía mis cosas para evitar influencias. Me decía el petiso Nobile que los libros no muerden. Ya sé, pero hay que tener cuidado también. Por eso hay tantos fracasos, se van a Europa y no miran lo que hay acá”, explica.

¿Cómo fue la relación con sus alumnos?

Mirá, he tenido alumnos siempre. Dante Cipulli, Lomáscolo… todos venían acá. Y aquí conversábamos y peleábamos. Yo era el mayor y el que más sabía, pero que sabía lo que yo estaba aprendiendo y les daba todo lo que yo sabía, lo que podía. Después me empecé a dar cuenta del claroscuro, del contraste, en definitiva, nunca hablé de color. Nunca a un alumno le impuse nada, me cohibía. Ahora sí, les hice ver el ritmo, la línea de fuerza, el volumen.

¿Cómo combina los colores?

Yo no veo el mismo color que ves vos. El verde se hace con negro, amarillo y azul; esa es la base. Ahora, si querés meterle otro color, hacelo. No hay que tirar los colores fuertes hacia fuera del cuadro porque la vista se te va hacia afuera, se desplaza el eje. Uno pone el acento donde quiere. Si no querés que se destaque un árbol, ponelo igual, pero que pase inadvertido. Si ponés un mismo color acá y allá, son dos focos y esos focos tiran, entonces vos captás uno u otro. Hay que hacer que un color sea más bajo que el otro. Después, empezás a ver y a descubrir. El paisaje que se quiere pintar lo traga a uno. Entonces uno tiene que mirar bien para ver qué es lo que se pretende hacer. Hay que copiar al máximo y después dibujar para desdibujar. Luego tenés que pensar en qué ponés vos.

¿Se siente feliz?

– La calle me ha enseñado. Mis amigos me han alimentado. Después he tenido la suerte de ser muy querido, respetado. Me casé contra la voluntad de toda mi familia. Y me ha ido muy bien en la vida, gracias a Dios.

APOSTILLAS

LA PRESION DEL MAESTRO.– “El maestro Spilimbergo lo presionó para que se casara. Una noche él le prometió que se iba a casar en un mes. Entonces me llamó por teléfono y me dijo: ‘Dentro de un mes nos casamos’. ‘Bueno’, le contesté. Pero al día siguiente, como se había levantado muy bien, ya quería posponer. Entonces el maestro le dijo:

«No, compañero, usted anoche me dio la palabra de que se casa dentro de un mes’”, recuerda Sara Chaklián, su esposa. Y Lobo de la Vega agrega: “Me casé a los 40. No es que le huía al matrimonio; sólo sentía que no estaba para casarme”.

¡GRAN BÁRBARO! – “Nunca me gustó el colegio; siempre repetía de grado. No era ‘yutero’, era honesto. Me ofrecía solo para que me castigaran a fin de mes. Llegué hasta primer año y estuve tres años en primer año. El cura me decía en francés: ‘¡gran bárbaro!’ Y nos metía el dedo por las costillas y uno quedaba agachado. Entonces me sacaron del colegio y me llevaron al campo. Ahí estuve un año. Después trabajé con mi papá en un negocio de ramos generales en San Miguel, adentro de Ranchillos”, evoca el pintor.

Los árbol: Así se le llama al algarrobo en el monte tucumano: “Hizo una cuna de árbol”.

Entrevista que integra “La Cultura en el Tucumán del Bicentenario, Diccionario monográfico”, de Roberto Espinosa. Ver:

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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