Por Antonio Ramón Gutiérrez
«El Extranjero» de Albert Camus y «Bartleby el escribiente» de Herman Melville, dos novelas (o una novela y una short Story) que podríamos considerar anticipaciones de las psicosis ordinarias, que proliferan en estos tiempos de deshistorización y errancia.
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”. Así comienza la novela “El extranjero”, narrando la extrema desafectivización del personaje, el entierro de la madre como algo que ocurre porque ocurre, un simple trámite sin sentido o a lo sumo un sueño del que al día siguiente sólo le quedarán vagos recuerdos y algunas imágenes. Meursault había internado a su madre en el asilo y no la iba a ver por el esfuerzo de ir hasta el autobús, sacar los pasajes, etc.
Traer a “El extranjero” de Albert Camus y a “Bartleby el escribiente” de Herman Melville a la reflexión, como una manera de ejemplificar, casi como si se trataran de casos clínicos, aunque provenientes no de la observación de pacientes en el consultorio, por supuesto, sino de la escritura literaria, es decir, del acontecer significante del Otro de la cultura, puede contribuir a verificar lo que el psicoanálisis observa hoy en la práctica clínica y a la comprensión de los mecanismos específicos de lo que se ha dado en llamar “las psicosis ordinarias”, aquellas psicosis que, si bien giran en torno de la caída del significante Nombre del Padre, se diferenciarían de las clásicas a causa de la atenuación de su expresividad y a la ausencia, por ejemplo, de una construcción delirante, de alucinaciones o vivencia persecutoria, etc.
Albert Camus y Herman Melville, aunque sabían que en toda disposición psíquica se juegan las relaciones y la posición del sujeto frente al Otro y a la época, centraron la descripción de sus personajes Meursault y Bartleby en la primacía del acontecer individual, como si se tratara de casos más o menos aislados. Por eso, quizá la única diferencia entre Meursault, Bartleby y los casos de las psicosis ordinarias actuales, sea la proliferación de los mismos. Es que hoy la caída del significante Nombre de Padre no se situaría exclusivamente del lado del sujeto en su singularidad frente a lo simbólico, sino que se produciría también a nivel de la estructura del Otro de la época.
Tal vez Camus y Melville no pensaron que se estaban anticipando y que esta época iba a producir, casi en serie, casi masivamente, sus Meursault y sus Bartleby.
En “El extranjero” se presenta la desafectivización y la indiferencia del personaje, la inercia del dejarse arrastrar por lo casual, su descripción de las escenas como cuadros congelados o pinturas expresionistas donde no se siente incluido, su vivencia de extrañeza ante el mundo, una vida vana con vecinos vanos, la perplejidad frente a lo real descarnado, el estupor y el hecho de que todo le da lo mismo. Y la relación amorosa de Meursault con María es sin palabras, el goce puro, el erotismo ocasional. Cuando María le pregunta si la ama, le dice: “no tiene importancia”. Por ejemplo, no tiene motivos para casarse, pero tampoco para no casarse, cualquier cosa le da lo mismo.

En Meursault impera el sentimiento de lo absurdo, la acción gratuita, el crimen sin sentido (“pensé en ese momento que se podía tirar o no tirar y que daba lo mismo”), la banalidad de su lenguaje como cuando frente al tribunal que lo está juzgando, y que lo condenará a muerte por haber asesinado a un árabe en la playa, ante la pregunta “por qué mató al árabe”, responde: “por el sol”. No se defiende y todo es igual. Cuando lo encierran en la cárcel, ya condenado a morir en la guillotina, todo el problema para él consiste en “matar el tiempo”. Entonces rememora los objetos que le rodean en la celda y enumera sus mínimos detalles, acto que nos evoca a “Funes el Memorioso” del cuento de Borges, un personaje que a causa de un golpe en la cabeza pierde la capacidad de seleccionar y jerarquizar los hechos. Dice Meursault.
“Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podía vivir fácilmente cien años en la cárcel. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse”.
Estas obras de la literatura nos ilustran un aspecto del acontecer actual en la cultura: individuos en un presente sin causa, sin anclaje, sin una noción de porvenir, inmersos en un dejarse estar donde cualquier cosa da lo mismo, sujetos en los que parecería faltar la posibilidad humana, que señala Kant en la “Crítica de la Razón Práctica”, de poder adelantar la acción y reflexionar sobre los propios actos.
Habría en ellos imperativo pulsional, pero no moral. Pensemos en esos robos seguidos de crímenes inmotivados, o motivados sólo por el imperio inmediato de la pulsión, el pasaje al acto, la descarga del instante sin mediación de lo simbólico. Meursault mata a un árabe y no puede dar la razón.
“Lo maté por el sol”, atina a decir frente al tribunal.
El acontecer del mundo es para él un retrato ante el cual siente que cualquier intervención suya sería vana e inútil y que sólo le queda la contemplación, el paisaje de lo real. Algo de esto se inscribe en la época. Jean Baudrillard en su libro “El Crimen perfecto” sostenía hace ya algunas décadas que hoy el mundo se cambia a sí mismo y que ya no habría sujetos humanos capaces de intervenir en la realidad, a la que considera sólo virtual, sino clones, réplicas de sí mismos.
Quizá habitamos una época en la que todos somos un poco “el extranjero”, atravesados por la deshistorización, el borramiento de las diferencias, un presente sin puntos de referencia, en la que todo el tiempo está ocurriendo algo y a la vez nada ocurre, porque todo se borra y desaparece en la inmediatez y la vorágine.

En “Bartleby el escribiente”, de Herman Melville, se trata del estado contemplativo del personaje, de su aislamiento y del automatismo de su frase: “preferiría no hacerlo”. En estado de dolorosa perplejidad Bartleby no satisface la llamada de los otros y hace vacilar un orden, una regularidad y un anclaje en el buffet en donde ha ingresado como escribiente. Su frase se sitúa por fuera de la articulación significante, al margen del orden simbólico. Un día deja de escribir, no da la razón, se alimenta sólo con pasteles de jengibre y se queda a vivir en la oficina en estado de aislamiento y extrema soledad, inmóvil, impávido, mirando desde la ventana el muro del frente. Deshistorizado, jamás hubiera contado quien era ni de donde venía y si tenía o no parientes. En determinado momento, ante su negativa de abandonar el edificio, es denunciado por un vecino, detenido por la policía e internado en un hospicio en donde fallece al poco tiempo.
El narrador, al final de la novela (de la short story), relata que un rumor afirmaba que Bartleby había sido empleado de la oficina de cartas no reclamadas de Washington, cartas no leídas, no llegadas a los destinatarios y que eso podría haber desencadenado su excentricidad y soledad. Y eso que Melville no era analista.
