Por Olivier Pascalin
Parábola
EL CURADOR: Un hombre que vive rodeado de muros de cristal, dedicado a etiquetar y preservar.
EL VISITANTE: Una presencia sin nombre, que se mueve con la ligereza de quien no posee nada.
El escenario puede ser un jardín suspendido de Babilonia en el crepúsculo.

EL CURADOR camina con un pequeño cofre de madera sándalo. Se detiene ante una ráfaga de luz dorada que vibra entre dos columnas de piedra.
EL CURADOR: ¡Rápido! Aquí está. Ha vuelto. Es el momento de guardarlo.
EL VISITANTE: ¿Qué intentas apresar con tanta insistencia?
EL CURADOR: Mi amor. Lo siento aquí, palpitando entre las columnas. Es mío, lo he cultivado con el rigor de un idioma perfecto. Si no lo nombro, si no digo «es mío», temo que se desvanezca en el vacío de lo que no tiene dueño.
EL VISITANTE: Mira tus manos. Al cerrarlas, solo atrapas aire estancado. El lenguaje es una caja demasiado pequeña para lo que no tiene límites.
EL CURADOR (Luchando por cerrar la tapa del cofre sobre la luz)
EL CURADOR: La gramática me protege. Cuando digo «mi», establezco un territorio. Si el amor no es una propiedad, entonces es un exilio. Prefiero ser dueño de una celda que habitante de la nada.
EL VISITANTE: Esa es la trampa de la pertenencia. Al decir «mi», transformas el vínculo en un objeto. Has convertido al otro en una extensión de tu deseo, una pieza de tu museo personal. Pero el amor no es el objeto que guardas en el cajón; es el clima que permite que las flores respiren.
EL CURADOR: Pero si no le pertenece a nadie… ¿qué nos queda? ¿Cómo sé que sigue ahí?

EL VISITANTE: Nos queda el «Espacio Entre». El amor es como el viento que agita esas cortinas. Puedes sentir su frescura en la piel, puedes dejar que te despeine, pero en el momento en que cierras la ventana para decir «este viento es mío», el aire se vuelve rancio y el movimiento muere.
EL CURADOR: ¿Entonces el acto más elevado es… soltar?
EL VISITANTE: Es reconocer la soberanía del otro. Aceptar que el ser que amas es un universo independiente, con sus propios abismos y galaxias, que decide orbitar cerca de ti no por contrato, sino por pura y gloriosa voluntad. El lenguaje dice «poseo», pero el alma sabe que solo «participa».
EL CURADOR deja caer el cofre al suelo. Se abre de par en par, vacío. La luz dorada se expande, inundando el jardín, ya no atrapada en una casilla de propiedad, sino fluyendo libre entre los dos hombres.

EL CURADOR: No es mío. Es… nosotros.
EL VISITANTE: No. Ni siquiera es «nosotros». Es lo que sucede en medio. Respira, Curador. El aire es de todos porque no es de nadie.
