Por Argentina Mónico
“El día que yo me vaya
camino pal cementerio
aunque vaya envuelto en oro
no tendré para el regreso.”
A. Mónico Saravia
Y un 4 de febrero de 2008 cambiaste de flete y te fuiste con el Señor. La muerte ya te había hecho un guiño antes, dándote otra oportunidad para seguir en esta vida, y sin dudas supiste aprovecharla.
Viviste intensamente: los amigos, las riñas, las guitarreadas. Y hacia el final, cuando el cuerpo dijo basta, te dedicaste a cuidar de tu gran amor, Clyde. Te asombraste —una vez más— de las vueltas de la vida: ella, que había entregado su tiempo para cuidarte, terminó siendo cuidada por vos. Se cambiaron los tantos. Y tuviste que volver a ser niño para comprender su Alzheimer y lograr que no sufriera.
Alguna vez dijiste que no te gustaría que te recordaran en tu muerte, pero es inevitable. Fuiste un pilar fundamental para la familia y, como hombre público, un gran hacedor de nuestra tierra.
Tus conocimientos parecían inagotables: siempre dispuesto a aprender, gran lector, viajaste por el mundo recorriendo geografías y palabras, incorporando terminologías, pero sin perder nunca el anclaje. Todo lo leído, todo lo aprendido, volvía a tu terruño, a tu Salta natal.
Desde ayer vengo pensando cómo escribir estas líneas que expresen lo que representaste, no solo como padre, sino como referente de nuestra cultura. Y creo que es desde ahí donde nos dejaste una huella y media, como decía Castilla.
Desde chico supiste abrevar en tus raíces: las costumbres del hombre de campo, la naturaleza del Chaco salteño. Tuviste la virtud de transformar esa realidad en poemas que marcaron un estilo propio, inconfundible. Quien escucha alguno de ellos, hecho canción, sabe que es tuyo: ese modo de decir, esa cadencia, te delatan.
En esa huella de abrazar la Cultura me encuentro hoy, siguiendo tu legado, intentando llegar a quienes se animan a poner en palabras lo que sienten. Convencida de que, en la medida en que logremos que más personas expresen su arte —desde la literatura, la música, la pintura— estaremos fortaleciendo nuestra cultura salteña y latinoamericana.
Pensando qué publicar, encontré un poema que le escribiste a mamá cuando la conociste. Me conmovió profundamente. Fue maravilloso descubrir cómo aquel hombre que parecía tan fuerte, por dentro, era apenas un niño hecho de puro sentimiento.

POEMA AUTOBIOGRÁFICO
Al pensar en tus ojos, DUEÑA MIA
imagino retornar de un sueño;
de un sueño largo, en que viví sumido
por otros tantos largos, tristes años.
Pasé la vida como pasa el viento
que en callada noche, vibra en el follaje;
tan sólo las sombras, tan sólo el silencio
de la madre tierra, comprendió mi andar.
A veces, deseando encontrar cariño
dije los anhelos de mi corazón;
tan sólo la burla,
o el tremendo escarnio de la compasión
fueron la respuesta magistral y dura
con que destrozaron naciente ilusión.
Encérreme entonces en la vida interna
bebiendo mi llanto, ahogando mi voz
como la crisálida, que en su oscuro claustro
incuba en sus sueños, verano y amor.
Una bella tarde, descubrí tu rostro,
Y, una nueva vida, nació para mí
y todos los llantos, que en mi pecho había
rompieron sus presas, para ver la luz.
Una gruesa lágrima bañará mis párpados
síntesis de todos los amargos llantos
que jamás pudieran encontrar la luz;
cristalina perla rodará buscando
su perdido cauce, y en tu pecho AMADA MÍA
morirá feliz.
Abel Mónico Saravia (La Plata, 1952)
