Los no lugares

Por Emilia Baigorria

Hay miradas que penetran con la firmeza del sol en la selva cerrada entrenando profundidad en la simple observación. Es el caso de Marc Augé, (1935 – 2023) antropólogo francés especializado en etnología. Augé escribió que si un lugar puede definirse como lugar de identidad e histórico, un espacio que no puede definirse de esa manera será considerado un no lugar, también fue el creador del concepto “sobremodernidad” a la que llama la productora de no lugares.   

Mirada como la de Augé es la que ha registrado la sucesión inacabable de hechos que se suceden y que por la tecnología se conocen al instante.

Esto implica dos cosas, una la concurrencia de sucesos en esta llamada aldea global y por otra, la aceleración con que acontecen los cambios de escenas donde se desarrollan.

La concurrencia se refiere a la cantidad inagotable de acontecimientos superpuestos con tanta inmediatez que uno anula al otro no permitiendo vislumbrar cuál es el más importante. El escritor Max Augé ha reparado en ese contexto saturado por los excesos y desbordes en todo considerándolos consecuencia de la “sobremodernidad”. 

Y no solo los hechos están superpuestos sino también el tiempo y con él, las generaciones.

Esta descripción muestra que la vida social se encuentra con cambios profundos, una Intrahistoria acelerada impactando en la Historia en forma permanente.

Por otra parte, la aldea global se ha encargado de situar límites escasos al planeta y la tierra aparece como empequeñecida instalando la sensación en el sujeto que todo lugar queda muy cerca.

El mundo está reducido pero solo aparentemente en cambio, sí están en crisis  los recursos naturales, realidad que puede ser la que impulsa la búsqueda pertinente en el espacio.

Ese mundo, tan perteneciente a todos y tan apurado impide la pausa necesaria para forjar la identidad del lugar ya sea un pueblo o una gran ciudad, es la importancia del lugar propio, de los lazos personales y sociales que se direccionan en multiplicidad; también la herencia cultural recibida con la memoria por los muertos sagrados, los rituales, las pertenencias individuales y colectivas; las costumbres así sean las veneraciones a los santos patronos de un determinado lugar.

Es inmenso el bagaje histórico y cultural por el que se transita y es esa misma inmensidad la que le otorga la importancia suprema a la persona en “su lugar” llegando a la conclusión que el significado va más allá del espacio porque es él y todas sus circunstancias en el encadenamiento sucesivo de hechos donde unos quedan en el olvido y otros continúan vigentes

Esto es que al lugar se internaliza no solo con el contorno del paisaje sino también con toda su integridad y aunque no parezca hasta con sus monumentos y santuarios porque en ellos se concentra un pasado. También con su música, arte, deporte, gastronomía y su palabra. Sin estos indicadores no hay identidad.

Con solo mirar nuestro continente saltan a la memoria y a la vista la historia desde sus raíces fijadas en la plataforma arqueológica maya en México y Guatemala, el Camino del Inca o Qhapak Ñan a lo largo de la Cordillera de los Andes, los monumentos de México y la rica tradición maya y azteca que se exhibe y vive con emoción, las innumerables efigies a lo largo y ancho del continente, el Beni en Bolivia, las Islas Galápagos en Ecuador, la Isla de Pascua en Chile, Machu Picchu en Perú, el Salto Ángel, el río Orinoco y el petróleo en Venezuela, los glaciares en Argentina además de las Cataratas del Iguazú, pampas y montañas increíbles como Aconcagua.

Si recurrimos a la herencia antropológica se pueden citar entre tantas acciones los rituales mexicanos recordando a sus muertos, las fechas de recordación de diferentes situaciones épicas en todos los países, las fiestas como la floricultura en Medellín, el conjunto de demostraciones y paisaje que muestra Bahía del Salvador en Brasil también su carnaval, la expresión musical de Uruguay; la gente de Cuba, la historia de lucha de Paraguay y su idiosincrasia tan particular con su lengua y expresión artística .

Estas rápidas referencias son tan solo la mirada a algunos países americanos donde el sentimiento y las huellas que han quedado y que se van dejando configuran las marcas de identidad. Es el encuentro entre un tiempo que ha pasado y el presente, aquel ha dejado su impronta para el presente que se actualiza cada día agotando el futuro hasta el punto de vivir un eterno presente.

Hay lugares que contrariamente a los nombrados referentes de patrimonio cultural e histórico son transitorios, quiere decir de paso, son conglomerados donde las personas se autoconvocan buscando tramitaciones de rápida solución llámense aeropuertos, Duty free, oficinas migratorias, controles aduaneros, shoppings, supermercados o autopistas.

Universo aparte es el de la palabra porque en el más cabal sentido de su presencia se puede decir que es “utilizada” desde modo imperativo avasallando a las personas en sus decisiones. Todo está indicado mediante letreros que ordenan realizar una determinada acción y no otra, ocurre en los cajeros automáticos, en los trámites bancarios y en esos conglomerados antes referenciados.

El pasajero de los no lugares sólo encuentra su identidad en el control aduanero, en el peaje o en la caja registradora. Mientras espera, obedece al mismo código que los demás, registra los mismos mensajes, responde a las mismas apelaciones. El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud.[1]

La mirada va de un lado a otro escudriñando cada espacio porque todo le resulta desconocido. Entre tantas rutas virtuales y marquesinas iluminadas que funcionan como guía, cada individuo debe reiniciar su paso siguiendo las instrucciones de aquellos indicadores que fue descubriendo: simplemente debe obedecer y dejarse llevar, ni siquiera necesita hablar. Para eso dispone de códigos e indicaciones a los que utiliza permanentemente: sus preguntas ya tienen la respuesta por anticipado, sus interrogantes se han anulado. En un abrir y cerrar de ojos el mundo es una obviedad y solo debe transitarlo porque todo está indicado. [2]

Diálogo más directo pero aún más silencioso: el que cada titular de una tarjeta de crédito mantiene con la máquina distribuidora donde la inserta y en cuya pantalla le son transmitidas instrucciones generalmente alentadoras pero que constituyen a veces verdaderos llamados al orden («Tarjeta mal introducida», «Retire su tarjeta», «Lea atentamente las instrucciones»).[3] P. 103

Situación aparte es ese espacio tan particular llamado supermercado donde cada individuo ingresa, recorre, se atiende solo, hace fila y paga.

Estos ejemplos demuestran además otra característica fundamental, como la pérdida de identidad ya que la persona ingresa a un anonimato total. Este es uno de los rasgos determinantes para considerar no lugar a esos espacios que cuando más grandes son más apabulla haciendo sentir inmensa soledad.

En conclusión, mirando a través de los ojos de Marc Augé, ese etnólogo dedicado al estudio de los diversos grupos sociales, nos hemos aproximado a reconocer espacios sorprendentes: los no lugares porque son aquellos que no están vinculados a nuestra historia, tradición, ni raíces. Son los espacios a los que se asiste en forma transitoria de circulación y consumo donde se deben cumplir reglas pre establecidas, en consecuencia no son generadores de relaciones sociales ni de afirmación de lazos históricos.


Fuentes:

[1] Augé, Marc, Los no lugares, Espacio del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. https://designblog.uniandes.edu.co/blogs/dise2609/files/2009/03/marc-auge-los-no-lugares.pdf

[2] Baigorria, E. (2023) La Globalización Interna. Las voces de la Intrahistoria. Pág. 90. Dunken; Bs. As.

[3] Augé, Marc, ob. cit.

Deja un comentario