Apiturismo: viajar y cuidar el lugar que visitamos

Por Daniela Latorre

Una actividad en tendencia que puede traer la solución al problema del turismo masivo a través de un modelo de educación moderno y necesario. Y con el toque dulce de la miel pura y natural.

Cada año, el turismo mueve millones de personas de un lugar a otro y consume una enorme cantidad de energía en el camino. Aviones, automóviles, trenes, hoteles, restaurantes y todo aquello que hace posible un viaje dejan una huella que muchas veces queda fuera de nuestras fotografías de las vacaciones perfectas que compartimos en las redes.

Hace una década, el transporte vinculado al turismo ya producía alrededor de 1.597 millones de toneladas de CO₂. Según las proyecciones de ONU Turismo y el Foro Internacional de Transporte, esa cifra podría llegar a casi 2.000 millones de toneladas en 2030.

Pero el transporte es solo una parte de la historia. Un estudio publicado en Nature Climate Change calculó que, entre 2009 y 2013, la huella de carbono global del turismo pasó de 3,9 a 4,5 gigatoneladas de CO₂ equivalente, alrededor del 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Estudios posteriores sitúan la participación del turismo en torno al 9% de las emisiones antropogénicas globales. Nature Climate Change: The carbon footprint of global tourism

Son cifras difíciles de imaginar. Resulta más sencillo pensar en un viaje concreto: un vuelo, una habitación de hotel, un automóvil alquilado, una comida en un restaurante. Cada una de esas decisiones forma parte de una cadena mucho más grande.

Podemos dimensionarlo con una imagen más cercana: el árbol de la plaza. Un árbol maduro puede absorber, en determinadas condiciones, alrededor de 20 o 22 kilos de CO₂ al año. Es una referencia aproximada, porque la capacidad de capturar carbono cambia mucho según la especie, el tamaño, la edad, el suelo y el clima.

Si tomáramos como referencia esos 20 kilos, absorber los 4,5 gigatoneladas de CO₂ equivalente asociadas al turismo en 2013 requeriría unos 225.000 millones de árboles trabajando durante un año. No es una equivalencia exacta ni una solución al problema de las emisiones, pero ayuda a poner en perspectiva la dimensión de nuestra manera de viajar.

¿Y si pagamos para compensarlo?

Hoy, muchas aerolíneas ofrecen a sus pasajeros la posibilidad de pagar un importe adicional para compensar las emisiones asociadas a un vuelo. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), más de 50 aerolíneas cuentan con programas voluntarios de compensación para pasajeros. El dinero puede destinarse a proyectos de reducción o captura de emisiones, como reforestación, energías renovables o captura de metano. IATA: Voluntary Carbon Offsetting

La posibilidad de añadir unos pesos extras al precio del pasaje puede resultar tranquilizadora. Pagamos un poco más y sentimos que hemos hecho algo para equilibrar el impacto del viaje.

Hay, sin embargo, una diferencia importante: compensar no hace desaparecer las emisiones del vuelo. La propia IATA señala que la compensación busca financiar reducciones o capturas de CO₂ en otro lugar. El avión sigue emitiendo durante el viaje. IATA: Voluntary Carbon Offsetting

Por eso, quizás valga la pena mirar esa opción como una herramienta más dentro de una conversación mucho más amplia sobre cómo viajamos. Pagar para compensar puede ser un gesto, pero no convierte un vuelo en un viaje sin impacto.

Viajar deja huella

No resulta agradable pensar demasiado en ello. Viajar significa descubrir, caminar por una ciudad desconocida, probar algo que nunca habíamos comido, escuchar otra lengua, mirar un paisaje durante horas. También significa, muchas veces, descansar.

Nadie quiere convertir las vacaciones en una auditoría de carbono.

Quizás por eso resulta interesante mirar qué ocurre cuando algunos lugares empiezan a pensar el turismo de otra manera.

El crecimiento del ecoturismo

El ecoturismo propone una relación diferente con los lugares que visitamos. La idea incluye reducir el impacto ambiental, contribuir a las economías locales y crear experiencias que permitan conocer mejor el territorio y a las personas que lo habitan.

El concepto no nació ayer.

Bhután empezó a desarrollar su turismo internacional en 1974 y desde sus primeros años limitó deliberadamente el volumen de visitantes. Su política fue conocida durante décadas como high value, low volume, y más tarde pasó a formularse como high value, low impact. La intención era mantener el turismo dentro de unos límites compatibles con la protección de la cultura y del entorno.

Costa Rica siguió un camino diferente. Durante décadas construyó una política turística estrechamente vinculada con la conservación de sus ecosistemas. Hoy alrededor del 26% de su territorio está oficialmente protegido y su Certificación para la Sostenibilidad Turística se convirtió en una referencia internacional para alojamientos y operadores turísticos.

Namibia también incorporó la protección ambiental a su Constitución de 1990. El artículo 95 establece, entre otros principios, la conservación de los ecosistemas, los procesos ecológicos esenciales y la biodiversidad del país.

En todos estos casos aparece una idea sencilla: el paisaje que atrae a los viajeros también necesita ser cuidado para poder seguir existiendo.

Hay proyectos que llevan esa idea hasta la escala de un hotel o de una pequeña experiencia turística. En Costa Rica, por ejemplo, Cayuga Collection desarrolló un modelo de hospitalidad basado en pequeños hoteles vinculados con la conservación y con las comunidades de los lugares donde funcionan. La experiencia turística se convierte así en una forma de sostener el territorio que la hace posible.

La pregunta deja de ser cuánto podemos extraer de un lugar durante nuestras vacaciones y empieza a ser qué queda allí después de nuestra partida.

Las abejas también entraron en escena

Como suele ocurrir con las buenas ideas, las abejas aparecen en algún momento. En los últimos años creció una pequeña rama del turismo dedicada específicamente a ellas: el apiturismo.

Su propuesta: en lugar de observar una colmena desde lejos, quienes viajan pueden acercarse al mundo de la apicultura, conocer a quienes trabajan con las abejas y comprender de dónde vienen algunos de los alimentos que consumimos.

En Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, Allí funciona desde 2016 Abejas de Barrio, un proyecto fundado por la apicultora Sandra Corales. Es una zona conocida por sus canales y sus chinampas, ese antiguo sistema de cultivo que todavía forma parte del paisaje y de la vida productiva de la región. Una de sus experiencias se llama “Apicultor por un día”.

La visita comienza con un paseo en trajinera por los canales de Xochimilco. Después, quienes participan llegan hasta un apiario instalado en una chinampa, se colocan el equipo de protección y conocen de cerca el trabajo de los apicultores. La experiencia termina con una degustación de miel.

Un modelo de turismo sustentable

Abejas de Barrio trabaja con productores y productoras de la zona chinampera, donde conviven la apicultura, la producción de alimentos, las flores, las trajineras y otras actividades vinculadas con la economía local. La experiencia permite acercar el campo a personas que viven en una de las ciudades más grandes del mundo y que rara vez tienen la oportunidad de observar de cerca cómo se producen los alimentos que llegan a sus mesas.

El proyecto también ofrece cursos y talleres de apicultura y otras actividades de divulgación. Su propuesta busca que las personas conozcan mejor a las abejas, comprendan su importancia y cuestionen algunas de las ideas que solemos tener sobre ellas y sobre el trabajo agrícola.

Sandra Corales ha explicado que una de las razones para desarrollar estas experiencias fue precisamente acercar a las personas a los procesos que existen detrás de lo que comen. El turismo, en este caso, funciona como una puerta de entrada al territorio. Y esa puerta también puede generar ingresos para quienes viven y trabajan allí.

La experiencia turística involucra a apicultores, productores, remeros de trajineras y otros actores de la economía local. La propia Organización de las Naciones Unidas ha señalado el trabajo de Abejas de Barrio como un ejemplo de turismo comunitario vinculado con la seguridad alimentaria y la conservación.

No hace falta imaginar un turismo completamente distinto para encontrar estos cambios. A veces alcanza con mirar con un poco más de atención lo que ya existe.

Publicado por María Daniela Latorre

De Argentina. Escribo y viajo. Lic. en Psicología. Tutora de lenguaje. Políglota 6+. Fan de la playa y los mares turquesas.

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