Por Jorge Triviño Rincón

ODA A LA BICICLETA
Cuando vamos tú y yo
recién almibarados
por la arboleda,
contemplo tu silueta
aerodinámica, cosmopolita,
sencilla,
rompiendo el viento,
surcando el suelo
de forma audaz.
Me aferro a tus cuernos
y pedaleo
un poco más
y siento el aire
rizando el cuerpo
cuando aumento
velocidad.
Trepo la cuesta
y miro toda
la extensidad
que tengo al frente.
¡Ah! mi caballo
de acero y plata.
¡Cuánta alegría
siente mi alma!
al verte cerca,
poderte hablar
y por los prados
y carreteras
y por los vados
y las laderas,
poder contigo
rodar, viajar,
mirar, cantar…

ODA AL TROMPO
Desenrollo la piola
y lanzo el trompo
justo en el centro
del círculo
que de antemano
hicimos con una punta.
El barrigoncito se bambolea
zumbando y formando
una fina huella
y levantando arena.
Gira sobre sí mismo
dibujando elipses.
Observo su lomo en silencio
bailando, danzando
cada vez más suave,
cada vez más lento,
despacio, más despacio
para caer luego
casi desmayado.
Lo agarro de nuevo,
lo tomo en mis manos
acariciando
su cuerpo fatigado
para darle descanso.
Reinicio la faena,
amarro su cabeza,
visto su cuerpo
con el cordelillo
atado a mi dedo índice
y luego
lo lanzo con fuerza
en el polvoriento ruedo.

ODA AL AVIÓN DE PAPEL
Ya aprendí de memoria
lo que debo hacer
para fabricar un avión de papel.
Arranco de un jalón
una hoja de mi cuaderno
y hago dobleces con suma cautela,
repasándolos uno a uno.
Junto las puntas
formando un triángulo
que será al final
la trompa perfecta
que romperá el aire.
Doy forma justa a las alas
y hago lo posible
para que queden rectas
y con mis manos de artista
aliso con curia el planeador.
Igualo ambas alas
y sostengo entre las yemas
de los dedos índice y pulgar
a mi delicado avión.
Busco una altura prominente
y desde allí lo lanzo
con fuerza para que surque el espacio.
Él se deja llevar y se dirige
girando en torbellinos
alcanzando la cúspide de un árbol
de manzanas.
Se deja caer luego
formando una onda a lo largo
y enderezando su cuerpo
se dirige como un experto
rizando el aire,
acariciando las hojas
de un florecido fresno
y cae sobre el césped
con soltura y gracia.
Corro para recogerlo
y recorro su cuerpo
con mis dedos,
palpando su lomo
para comprobar que puede
emprender un vuelo de nuevo.

ODA AL
CARRO DE MADERA
Hemos construido
un carro de madera.
Están listas
las cuatro balineras.
La dirección ya gira
ciento ochenta grados
y el piloto
está dispuesto a conducirlo
a lo largo de la gran avenida.
Engrasamos las ruedas
y juntos abordamos
nuestro nuevo coche.
Aguzamos los sentidos
para sentir el vértigo
corriendo por nuestra sangre.
Vamos alegres
girando en cada curva
mientras la noche avanza.
Sobre un alero viejo,
ronda una lechuza.
Doblamos otra curva
y continuamos raudos.
El entusiasmo aumenta
haciendo vibrar
la vida con más fuerza.
Descendemos rápido,
más rápido,
más veloces que el viento.
De pronto una llanta
sale disparada
como un silbante torpedo.
Chocamos con la acera
y somos lanzados
con gran estrépito.
Uno sobre otro
caemos en el cemento…
Asustados y confusos
nos miramos en silencio.
Algunos estamos heridos,
otros, tan solo maltrechos.
Nos contemplamos sobresaltados
limpiándonos la ropa.
El carro está deshecho.
Pensamos:
“Habrá que repararlo,
Mañana será otro día”
Y juntos regresamos a casa.
Ahora silba el viento.
Ya es de madrugada.
Una sinuosa neblina
penetra en nuestros cuerpos
como filo de acero.
