Ralph Votapek
Por Roberto Espinosa
El notable pianista estadounidense, un enamorado de la Argentina, toca con cierta frecuencia en el país desde 1966. Los conciertos más difíciles y agotadores
Seguramente, un duende de raíces checas bailotea entre sus dedos, cuando involucra su alma en un quinteto de Dvorak. 1939. Ese lunes 20 de marzo, a orillas del lago Michigan, en Milwaukee (Wisconsin), ha deslizado un llanto entre los alambritos de un pentagrama. Cada vez que iba a visitar a una tía, le advertían:
“¡Cuidado con acercarse al piano!”
Tanta es la insistencia familiar que al niño termina llamándole la atención “ese mueble con teclas blancas y negras”. De manera que a los 9 años y para sorpresa de todos, su hogar se puebla de música. Él quiere ser pianista, pero de jazz. Su maestra lo desalienta quizás por la misma razón del padre de Atahualpa Yupanqui que se opone a que su chango sea músico y folclorista: la bohemia y la “vida irregular”.
Tras pasar por la Northwestern University de Chicago, estudia en la Juilliard School con Rosina Lhevinne y Robert Goldsand, y no tarda en ganar importantes certámenes como el “Van Cliburn” o el premio “Pathe Marconi”, en el concurso “Marguerite Long”, de París. Graba con la Boston Pops, bajo la guía de Arthur Fiedler, y es solista con las principales orquestas estadounidenses, como las de Chicago y Filadelfia, y europeas como las de Madrid y Londres. Es también jurado del Concurso “Tchaikovsky”, de Moscú y luego del “Van Cliburn”.
Su romance con la Argentina nace en 1966, cuando se presenta por primera vez en el Teatro Colón de Buenos Aires, por recomendación de Enrique “Mono” Villegas, que lo había escuchado en el Carnegie Hall. Desde entonces comienza a venir al país cada tres años. Casado con Albertina, también destacada pianista; tiene tres hijos que heredan su pasión por la música.


Su juventud desembarca el teatro San Martín de Tucumán, el 14 de mayo de 1967. “Votapek no sólo hace oír la música: la vive y la hace vivir a través de su profunda naturaleza musical y una asombrosa técnica. A pesar de sus 27 años consiguió poner en vilo la atención del auditorio desde los primeros compases”, escribe la crítica musical Cecilia Sabaté Prebisch en el diario La Gaceta. Desde entonces brinda varios conciertos.
“Luego de una docena de actuaciones en Tucumán, tengo muchos recuerdos buenos. Yo he apreciado las invitaciones que me hicieron para tocar en los teatros San Martín y en el Alberdi. El público siempre fue muy cálido. También se me han mostrado los lugares turísticos y he conocido los bellos alrededores de la ciudad. Me siento muy agradecido por todo”, me dice en una charla.
Su repertorio se nutre de más de 50 conciertos para piano. En 2004, interpreta el popular Concierto en si bemol menor Op. 23, de Tchaikovsky, junto a la Orquesta Sinfónica de la UNT. “Un día, me llaman por teléfono y me preguntan si podía reemplazar a un solista que había cancelado su actuación. Sí, ¿qué obra hay que tocar? ‘El concierto de Tchaikovsky’. ‘Disculpe, no lo tengo en el repertorio’. No lo había estudiado porque es demasiado tocado por los pianistas. Al tiempo, llaman de nuevo y me piden la misma obra y tuve que rechazar la propuesta. Ahí me di cuenta de que debía estudiarlo, además porque estaba perdiendo plata (se ríe)”, me cuenta.
A lo largo de más de tres décadas, conversamos a través de entrevistas, cartas y correos electrónicos, intercambiamos discos y libros. En una oportunidad, ejecutó en Tucumán Las Goyescas, de Enrique Granados. Va un fragmento de la charla:
¿Cómo seleccionás o elegís un programa?
– Cada uno es diferente, por supuesto. Por lo común me gusta incluir por lo menos tres estilos diferentes. No necesariamente tres siglos diferentes, pero sí tres estilos. Por ejemplo, esta noche el 60% del programa de recital está dedicado a Las Goyescas, de Granados, que es una obra que me ha fascinado por 30 años.
¿Qué te llama la atención de esa obra?
– Es la obra maestra de toda la música española para piano. Es que Alicia de Larrocha, la gran pianista española, me habló de ella hace 30 años y no sé porque esperé tanto tiempo para aprender la obra. Tenía otras cosas que hacer. Pero siempre incluyo música del siglo pasado, es decir, del siglo XX porque hay una riqueza de cosas en la primera mitad del siglo XX. Y como pianista, por supuesto, me encanta la música romántica del siglo XIX. Y es conveniente y empezar un programa con una sonata clásica. Pero no trato a Mozart, Haydn, Schubert o Beethoven, solamente como una introducción. Encuentro conveniente y empezar con Mozart, Haydn.
¿Cómo empezás a trabajar una obra, por ejemplo, Las Goyescas? ¿Trabajás con imágenes? ¿Te sedujo el vuelo romántico?
– Hay que aprender las notas, hay que aprender la música, en el caso de las Goyescas, muy lentamente. Me sorprendió cuánto tiempo yo necesité para aprender a ser obra. Y es parcialmente por mi edad, porque no aprendo las cosas tan rápido como cuando tenía 20 años. Pero yo trabajo detenidamente, con cuidado, a veces sin pedal. Era un horror de memorizar. Pero ahora la he tocado siete ocho veces, todavía me siento que estoy aprendiendo. Tengo planes de grabarlas con cuatro otras piezas relacionadas con Las Goyescas. Aprendo una obra como uno aprende una poesía o una parte de un acto: Leerlo, releerlo, y releerlo… Y poco a poco, ya va bien.
¿Cuál era tu desafío a los 20 años en cuanto a tocar determinadas piezas? ¿Había una obra en particular que querías tocar cuando maduraras, por ejemplo, Brahms, o alguna otra obra con muchas dificultades técnicas?
– Oh, bueno, cuando tenía 20 años, no hubo obra que yo no pensara que podía tocar. Ahora tengo más cuidado. Recuerdo las Variaciones sobre un tema de Paganini, de Brahms, que me costaron mucho. Y probablemente ahora no tocaría esa obra porque no valía la pena. Pero Goyescas es nuevo para mí, es muy atractiva y tengo oportunidad de grabarla. Pero me gusta tocar obras que no son muy trilladas. Por ejemplo, me gusta la Appassionata, de Beethoven, pero no me interesa tocarla porque muchos pianistas la tocan.
Últimamente veo que interpretás mucha música francesa…
– Debussy es mi predilecto, pero muy cerca atrás vienen Poulenc, Fauré, Messiaen…
¿Qué tocás de Messiaen?
– Muchas veces toqué el “Cuarteto para el fin de los tiempos”, y muchas veces en los últimos años una parte de las Vingt Regards sur l’Enfant-Jésus, que es un programa monumental. Siempre me gusta escuchar sus obras orquestales y para órgano. Entonces sí, hay una media docena de compositores franceses que me encantan.
¿Te llama la atención el tipo de armonía, de refinamiento, de delicadeza, que tienen los franceses?
– Sí, todo eso que has mencionado, tal vez sobre todo a las armonías que son tan sutiles y tan originales. Y no me siento como un monstruo en el piano. Sí, toco a Rachmaninov, a Prokofiev, pero no me gusta tocar fortísimo todo el tiempo. Entonces, en los franceses, los fortísimos no vienen tan frecuentemente.
¿Tocás los nocturnos de Fauré?
– Sí, los nocturnos de Fauré, me gustan. Toco tres de ellos. En el concierto que di en Tucumán en el 92, toqué dos nocturnos y un impromptu.
¿Frecuentás el barroco: Scarlatti, Bach?
– Sí, por supuesto, Bach es el Padre de la Música y siempre enseño Bach, es una obligación, como Beethoven, Chopin o Brahms, pero no toco Bach en conciertos, desde hace casi 15 años, no sé, lo dejo para clavecinistas. Hay tanta música y tal vez se me olvidan los compositores barrocos. Hace unos seis años hice un par de sonatas de Scarlatti. Pero los enseño, cada día. Tenga la seguridad que no olvido a Bach como profesor.
Hablemos un poco de la docencia, ¿qué es lo que te interesa sacar a luz en un alumno cuando ves que este tiene talento? ¿Cómo es tu metodología?
– Pero la mayoría de mis alumnos son Graduate Students, tiene sus años, tengo varios que tienen 30 años y son casi tan buenos como yo, técnicamente. Entonces trato de darles el estilo, los detalles, escribo sus cartas de recomendación, sugiero concursos. Pero no soy Isaac Stern, por ejemplo, que él empujó a Isaac Perlman y a otros. No puedo hacer un rey, no tengo tanta influencia. Yo soy profesor y hago lo que puedo, que probablemente no es mucho, pero esos estudiantes quieren ganarse su título de doctor, y después tienen una buena chance de tener un puesto en alguna universidad y combina las dos cosas: la docencia y las actuaciones. Porque una universidad, quiere un profesor que puede tocar, o un pianista que puede enseñar.
¿Cuál es el concierto que te resultó más difícil o el que más tiempo te has llevado a estudiar?
– Supongo que el tercero de Rachmaninov, es el más cansador, no sé si es el más difícil, pero es el más cansador, porque estás 40 minutos tocando casi sin cesar, muchos acordes, muchas notas. El segundo de Brahms es tal vez el más peligroso por los saltos o por la música que es tan grande. Conciertos como el segundo de Bartok o el segundo de Prokofiev son tal vez los más atrevidos. Un concierto tiene que ser difícil, no hay conciertos fáciles, a veces son escritos para chicos…
Y a veces hay conciertos desconcertantes…
– Sí (se ríe).
En otra oportunidad, abordamos otros temas, relacionado con la música.
¿En la niñez qué te atrajo el sonido del piano? ¿Te impactó algún intérprete por ese entonces?
– Supongo que el piano me atrajo porque es el instrumento más fácil de interpretar y no hay necesidad de estar transportándolo a todas partes. Toqué también el chelo en el colegio secundario, pero no lo practicaba mucho, porque no quería que nadie me viera cargándolo. Mis padres no eran músicos y tampoco tenían una afición musical. Recuerdo que a los 14 años fui con mi maestra a un recital de Claudio Arrau, y me impactó. Luego nos conocimos con Arrau y me aconsejó que practicara mucho.
¿Qué importancia tiene en la vida de un intérprete ganar concursos? Por ejemplo, el violinista Isaac Stern no ganó ninguno y sin embargo…
– Es muy importante para la mayoría de artistas jóvenes porque para muchos es la única manera de entrar en una carrera. Otro modo es ser tan sobresaliente como Evgeny Kissin o André Watts (en su juventud) que son escuchados por alguien importante y se dedican a promover sus carreras, como le sucedió a Kissin con Von Karajan o a Watts con Bernstein. No quiero pensar qué me hubiera pasado si no hubiese ganado el “Van Cliburn”. Probablemente, estaría enseñando en algún colegio sin tocar demasiado. Tal vez hace 50 o 75 años no era así. Por supuesto, es muy posible ganar un concurso importante y después de uno o dos años seguir en el mismo lugar que antes del certamen. Lo importante es cómo se actúa después del concurso.
¿Se puede ser un buen pianista de clásico y de jazz al mismo tiempo?
– Me atrajo el jazz cuando estaba en el colegio secundario, especialmente el “cool”, pero no lo tocaba porque estaba muy ocupado con lo clásico y no tenía talento para improvisar. Gershwin es la música más cercana al jazz que hago. Es difícil ser pianista de jazz y de clásico al mismo tiempo. Previn era excelente pianista de jazz y luego entró en lo clásico; Friedrich Gulda al revés. Nunca escuché a Thibaudet tocando Bill Evans, pero sí escuché a Chick Corea tocando el Concierto en Re Menor de Mozart: es un poco débil y le falta técnica, pero su cadenza es otra cosa. Muy imaginativa, vale el precio del disco.
¿Qué tipo de pianista te atrae? ¿Uno sutil como Benedetti Michelangeli, uno explosivo como Horowitz o uno imaginativo como Richter?
– Me encantan los tres. Cuando era joven tal vez prefería a Richter y a Serkin porque eran serios y yo era serio. Ellos eran muy trabajadores, mientras que Horowitz y Michelangeli siempre decían que no tenían que trabajar tanto, y cancelaron mucho.
¿Cuál fue la enseñanza más valiosa musicalmente o de vida que te dejaron tus maestros?
– Hubo muchas lecciones valiosas que mis maestros trataron de enseñarme. Por ejemplo: “toca para el rey del público” o sea para la persona que más sabe en el teatro o “sé confidente o casi arrogante antes de la actuación, pero humilde después de ella, no al revés”.
Si te dijeran que te queda una hora de vida, ¿con qué música te querrías despedir?
– Si supiera que me queda una hora de vida, preferiría el silencio. Tendría muchas cosas en qué pensar; cuando hago música tengo que escucharla. Pero si estuviera en alguna isla desierta, quizás interpretaría Brahms.

Un diálogo de amigos
Comentario del concierto de Ralph Votapek, publicado el 15 de julio de 1997, en el diario La Gaceta de Tucumán.
Cuando la paz se posa en el alma del hombre, se abren ventanas interiores para que la felicidad pueda fluir serenamente. Los sentimientos brotan entonces con transparente sencillez y la música se transforma en un diálogo de amigos. Esa es la sensación que quedó flotando en el recinto del teatro Alberdi, en la velada del sábado, tras el recital del gran pianista estadounidense Ralph Votapek.
La Sonata Nº 15 que Franz Schubert dedicó a la juvenil Josephine von Koller, tocó por primera vez el corazón de la noche. La poesía en estado puro impregna de ternura esta página que se inicia con un tema vienés. Un andante que no alcanza a acariciar la tristeza, desemboca en un allegro donde estalla el amor veinteañero. Votapek recorrió la partitura sin desbordes ni apresuramientos, como si estuviera conversando con el público.
La ensoñación schubertiana dio paso a las “Máscaras” Op. 34 del polaco Karol Szymanowski, obra de gran dificultad técnica, donde sobrevuelan ecos impresionistas y scriabinianos, salpicados de disonancias. Violencia, ternura, romántico dramatismo poblaron estas tres piezas que Votapek resolvió con manos maestras.
Los ocho Nocturnos de Francis Poulenc conquistaron la sala con su elegancia y sutileza, destacándose especialmente el Nº 3 (“Les cloches de Malines”) y la calma y el lirismo del Nº 8 (“Pour servir de coda au cycle”).
Otro polaco se adueñó de la velada. El tercer Scherzo Op. 39 (Presto con fuoco) que Chopin destinó a Adolf Gutman, uno de sus discípulos preferidos, desnudó el caudal emotivo de Votapek. La Balada Nº 4 Op. 52 fue entregada con una gran inspiración. La explosión de aplausos cosechó tres bises. En “La isla alegre”, Ralph despertó pájaros en la partitura de Debussy, cerrando la noche con “Lo que vendrá” de Piazzolla y “Embracely you” de Gershwin. Una mágica velada, donde la vida se convirtió en música.

