Por Lucila Moro

Los giros inesperados del camino: reflexiones sobre la vida, las raíces y el despertar femenino.
La vida que transitamos rara vez se parece a la que un día soñamos en nuestra juventud. Rumbos que creíamos seguros se desvanecen, prioridades se transforman y, cuando menos lo esperamos, la realidad nos sorprende con escenarios que jamás habríamos imaginado.
La razón principal no es solo que nosotros mismos evolucionemos con los años, sino que el mundo a nuestro alrededor también lo hace.
Los tiempos cambian, las costumbres se transforman y las modas se suceden. Además, aprendemos tarde o temprano una gran verdad: el bienestar común no siempre es nuestro propio bienestar. A veces, seguir la corriente general nos aleja de lo que realmente necesitamos para estar en paz.
Crecer entre raíces migrantes y un mundo de hombres
Crecí en el seno de una familia de padres inmigrantes, rodeada de hombres y siendo la única mujer. Esa dinámica marca a fuego el alma para toda la vida, especialmente cuando se inscribe en una sociedad profundamente patriarcal y machista. Las reglas no escritas del hogar y de la calle dictaban un mandato de obediencia y contención que dejaba muy poco margen para la propia voz.
Los tabúes de una época pocas veces resisten intactos ante la mirada de la siguiente generación.
Lo que para nuestros padres era inquebrantable o intocable, para nosotras se convirtió en la primera frontera a cuestionar. Sin embargo, hay dolores y sombras transversales que golpean con fuerza a cualquier mujer: el sexo, la droga y el maltrato, tres realidades peligrosamente entrelazadas que han truncado y condicionado la existencia de tantas.
Hacia una mirada distinta y el despertar personal
Mirando en retrospectiva, es fácil notar cómo en comunidades donde la estructura se inclina hacia lo matriarcal o hacia el cuidado colaborativo, muchos de los males endémicos y problemas de poder tienden a diluirse, dando paso a formas de convivencia más sanas y protectoras.

Aun así, el gran desafío suele ser otro, uno más silencioso y personal. Con demasiada frecuencia, la vorágine de la vida nos atrapa y uno no se pregunta a tiempo —a tiempo para cambiarlo— qué es lo que realmente quiero hacer con mi vida personal, más allá de lo que la familia, la comunidad o la sociedad esperaban de nosotras.
Al final, descubrir quiénes somos y qué deseamos de verdad es un acto tardío pero liberador; la prueba de que, aunque el guion inicial nunca fue el que pedimos, la pluma de los capítulos finales siempre termina estando en nuestras manos.
Lucila Moro
07/09/26
