Salem, 1692. Trilogía I
Por María Fernanda Rossi – La Pluma Viajera
Abrí los ojos. Mirá bien. No los cierres ahora, porque en este bosque la ceguera es un peligro. Nos enseñaron a cruzar este umbral con el corazón latiendo en la boca, esperando encontrar sombras espesas, espinas que desgarran, telarañas, escobas y el maullido de un gato negro en la oscuridad. Disney y los cuentos de la infancia nos domesticaron el miedo y nos envolvieron en una fascinación hecha de monstruos de fantasía.
Pero hoy vengo a desarmar el truco. A ver que el peligro real nunca estuvo en un caldero, sino en el miedo ciego de una sociedad ante lo que no puede comprender: la incomprensión de lo que es diferente. Fue justamente ese terror, ese prejuicio ante lo distinto, lo que llevó a la muerte a decenas de mujeres. Hoy, con los ojos bien abiertos, dejamos atrás el cuento infantil para escuchar la verdad.

Hoy cruzamos el tiempo hasta 1692 para hacer justicia por la palabra y visibilizar a una hermosa mujer americana. Indígena, portadora de raíces ancestrales profundas, despojada de su sol caribeño y vendida a la frialdad de Salem. Una mujer que, en medio de la opresión, se negó a olvidar su cultura. Bienvenidos al fogón. Hoy recibimos a Tituba.
Un humo denso, con aroma a hierbas salvajes y a ungüentos, gira en el fogón. Ella emerge de las entrañas del fuego y de la greda. Su rostro tiene el color de las montañas, sus mejillas el rubor del atardecer, sus ojos muestran la profundidad selvática y su cabello transporta a la espuma de las olas del mar al romper mansamente en la arena. Así llega, con el saber ancestral como único equipaje y compañía. Se sienta cerca de mí y yo le alcanzo un mate. Lo mira con curiosidad, lo huele y toma el primer sorbo. Sonríe, y la sensación de paz y de maternidad de tierra impregna el lugar.
Yo: Tituba, bienvenida a este fogón. El sendero que te hicieron caminar fue largo, doloroso, intrincado. Llegaste desde el calor de tu tierra caribeña a ese norte helado, llevando en tu cuerpo la memoria del sol y el secreto de las hierbas. Algo tan cotidiano y lleno de vida para vos. Pero te enclaustraron en un lugar donde la alegría estaba prohibida. A pesar de eso, convertiste a tu cocina en un refugio de historias y juegos para las niñas. ¿Cómo era sostener viva tu cultura y tu ancestralidad en un mundo que le temía a todo lo que fuera diferente? ¿Cómo fue ver que esos hombres de trajes oscuros y mentes vacías transformaran tu saber en un “pacto demoníaco”?
Tituba: (Mira las brasas con ojos antiguos, con una calma que sabe a tierra húmeda) El frío más grande de Salem no era la nieve, sino el miedo que esa gente le tenía a la vida. Para ellos, la tierra era algo que domar; para mis ancestros, la tierra es la madre que te habla en el crujido de las hojas. Mantener vivo mi folklore en esa cocina era mi forma de no morir, de no dejarme borrar. Cuando les enseñaba a las niñas a mirar las formas en las claras de huevo o les contaba los relatos de mi isla, no estaba haciendo nada oscuro; estaba trayendo un poquito de sol a sus vidas grises. El miedo de ellos nació de su propia incapacidad de conectar con la naturaleza y con la belleza de lo ancestral. La gente de Salem andaba con sus propias sombras a cuestas. Mi raíz profunda, la historia de mi pueblo, el recuerdo de que la vida podía ser juego y no solo culpa, les resultó insoportable. Como no podían competir con esa libertad, necesitaron construir una mentira para bajarme a su oscuridad. No me veían a mí; veían sus propios miedos reflejados en mi piel.
(La miro intensamente. Su entereza me anima a seguir preguntando)
Yo: Tituba, cuando el miedo se desata, los que se sienten pequeños necesitan activar la maquinaria del poder para intentar destruir al otro. En tu caso, usaron todo el peso del poder… inventaron una acusación gigante para acorralarte. ¿Cómo se vive el segundo después de enterarte de que el sistema que debería protegerte es usado por la mano de la ignorancia, de la envidia y el rencor para darte caza?
Tituba: La verdad es que se te congela el pecho por un instante, porque la mentira busca eso: que te escondas, que te sientas culpable de tu propia existencia y que cedas al terror. Quienes me persiguieron necesitaron papeles firmados, juicios y denuncias porque sus propias almas estaban vacías de verdad; necesitaban una palabra para nombrar su propia oscuridad, por eso me llamaron “Bruja”. Pero el error de ellos es creer que la ley de los hombres puede capturar el fuego del espíritu. Cuando te buscan con una lupa tan grande, lo único que logran es acrecentar tu propia dignidad si te animás a mirarlos de frente.
(Exhalo con fuerza el aire que había retenido mientras la escuchaba)
Yo: Pero te acorralaron en ese juicio injusto. Incluso el reverendo Parris te golpeó para que confesaras. ¿Fue en ese momento en que vos entendiste el juego de su hipocresía? ¿Ahí decidiste darles el cuento de terror que sus mentes hambrientas necesitaban escuchar? Les hablaste de perros negros, de firmas en libros oscuros… Les vendiste su propia calumnia para salvar tu vida. ¿Cuánto les costó a ellos esa mentira? ¿Qué pasaba realmente en esas noches junto al fuego?
Tituba: (Esboza una sonrisa triste, pesada) Les costó la poca paz que les quedaba. Compré mi vida entregándoles el espejo de su propia demencia. Cuando les di las palabras que ellos querían oír, los jueces y los ministros se volvieron esclavos de su propio invento. Pasaron el resto de sus días vigilando las esquinas, desconfiando de sus vecinos, firmando sentencias de muerte con las manos temblando de pánico. Se vaciaron por completo. Yo terminé en un calabozo oscuro, sí, pero ellos se quedaron a vivir para siempre en la prisión de su propia paranoia. Me podían encadenar el cuerpo, me podían vender de un amo a otro por unas pocas monedas, pero mi mente y mi espíritu pertenecían al sol y al mar de mis orígenes. Les hablé de sus propios demonios para salvar mi carne, pero mi corazón se quedó habitando el silencio de mis verdaderas creencias. Quien sabe quién es, y honra sus raíces, nunca se termina de perder en la maleza del camino.
(Aprieto la pluma con fuerza entre mis manos, miro mi bitácora y el fogón. Forman parte de mis raíces, del ADN de lo que soy. Empatizo con Tituba, que defendió su esencia, su identidad)
Yo: Te vendieron para pagar las costas de la cárcel y borraron tu rastro de los manuales, pero tu raíz quedó esperando con paciencia. ¿Qué dolió más, Tituba? ¿El castigo de los hombres o ver cómo tu sabiduría ancestral era transformada en un monstruo por culpa de su propia ignorancia, prejuicio y terror?
Tituba: Quizás me dolió ver que el miedo gana por un momento. Yo misma flaqueé y tuve miedo de perder mi propio centro, de no estar segura de mí, de tener que disculparme por algo que no cometí. Pero después comprendí que el miedo solo puede ganar una batalla, nunca la guerra. Me quitaron mi nombre, mi tierra y mi libertad, pero no pudieron quebrar mi espíritu porque yo sabía exactamente quién era: la hija del sol y de la tierra. Me sostenía la raíz profunda y honesta de mis ancestros. Mi historia no es una historia de derrota; es la prueba de que la ancestralidad y la cultura son un centro inquebrantable.
Me devuelve el mate, que ahora tiene el aroma del mar y el verdor del manglar del Caribe. Una brisa la despide. Ella vuela, no en una escoba, sino en la estela de una estrella fugaz que surca el firmamento.
Me cebo un mate, mirando cómo el fuego se convierte en brasas incandescentes bajo el cielo poblado de estrellas. Guardo las palabras de Tituba en mi bitácora. La voz honesta de una mujer ancestral que supo defender su vida y resguardar la memoria de su gente contando historias, aquellas que el miedo sembraba en las mentes pequeñas y oscuras. Conjuros para repeler la incomprensión de lo diferente y auténtico.
¿Quién fue Tituba? El backstage de la calumnia
Tituba no era una anciana de nariz ganchuda nacida en los bosques de Nueva Inglaterra; era una mujer joven atrapada en un sistema que la despojó de todo, incluso de su propia biografía.

- Su origen borrado: Aunque la ficción (como la famosa obra Las brujas de Salem de Arthur Miller) muchas veces la retrató como una mujer negra de procedencia africana, los registros judiciales de 1692 la describen como una «india», lo que indica que era una mujer indígena, probablemente de la etnia arahuaca, capturada en América del Sur o el Caribe (Barbados).
- La llegada al frío: Fue esclavizada y comprada por el reverendo Samuel Parris en las Antillas. Cuando Parris se trasladó a Massachusetts para asumir como ministro de Salem, se llevó a Tituba y a otro esclavo indígena llamado John. Pasó del sol caribeño a la rigidez asfixiante y helada de un hogar puritano.
- La cocina de los cuentos: En los inviernos de Salem, Tituba pasaba las horas en la cocina cuidando a la hija de Parris (Betty, de 9 años) y a su sobrina (Abigail Williams, de 11). Para entretenerlas en un pueblo donde jugar estaba prohibido por religión, Tituba les compartía el folklore de su tierra: relatos, juegos sutiles de adivinación (como descifrar formas en claras de huevo) y trucos tradicionales de magia popular que en el Caribe eran cotidianos, pero que en Salem encendieron la paranoia.
- La primera pieza del dominó: Cuando las niñas empezaron a sufrir extraños «ataques» (gritos, convulsiones, trances), los médicos y ministros decretaron que estaban embrujadas. Bajo presión, las niñas señalaron a la persona más vulnerable del pueblo: Tituba.
- La estrategia para sobrevivir: A diferencia de otras mujeres que negaron los cargos y terminaron en la horca, Tituba entendió las reglas de ese juego perverso. Sabiendo que los puritanos perdonaban la vida si había arrepentimiento, confesó. Les dio exactamente el cuento de terror que ellos querían escuchar: habló de perros negros, cerdos rojos, hombres de negro y firmas en el libro del Diablo. Con esa confesión (que fue la gran calumnia alimentada por el miedo de sus captores), salvó su vida, pero desató la locura colectiva.
El destino final: El olvido
Tituba sobrevivió a la horca, pero se quedó en la cárcel porque el reverendo Parris se negó a pagar las tasas de su liberación. Finalmente, fue vendida a otro amo para cubrir esos costos de prisión y su rastro se perdió para siempre en los márgenes de la historia.
En las próximas dos columnas de los viernes continuaremos con esta trilogía de “Salem, 1692”, pero hoy me quedo en este fogón, disfrutando de unos matecitos mientras escucho el crepitar de las brasas. Honrando la memoria de Tituba, la hermosa mujer americana que nunca se dejó apagar.
