«El gran partido de la vida»

Por Lucila Moro

Cuando la vida se reduce a la supervivencia básica, cuando lo pierdes todo en un instante —como en una tragedia natural—, la fiebre por un evento deportivo se siente como un insulto, un eco lejano que no llena estómagos ni reconstruye hogares.

El Partido que Nadie Eligió Jugar

​Si la vida es un equipo de fútbol, nosotros, los que estamos en la grada del olvido, no somos los aficionados; somos el césped. Ese pasto que es pisoteado en cada jugada, que sufre el desgaste de las suelas de quienes corren por dinero y fama, y que nadie riega cuando el sol de la desgracia quema la tierra.

​Ya pusiste al arquero donde debe estar: ese banquero que no ataja balones, sino que intercepta tus sueños antes de que lleguen a la red, resguardando una caja fuerte que nunca ha conocido el hambre. Ese delantero, la estrella mediática, vive en una burbuja de reflectores; corre por el campo del consumo, ajeno a que fuera del estadio hay quienes corren una carrera sin fin para conseguir un mendrugo de pan. Y el entrenador, ese político que se para al borde de la banda gritando instrucciones que no sirven para proteger a nadie, moviendo piezas sobre un tablero humano mientras ignora las fracturas expuestas de su propio equipo.

Pero el juego sigue, y hay otras posiciones igual de cínicas:

Los Árbitros: Son la ley y la burocracia. Tienen el silbato en la mano, pero siempre lo usan para pitar a favor de quien tiene la camiseta más cara. Tienen el poder de detener el juego cuando alguien se está desangrando, pero prefieren dejar que el cronómetro corra, porque el tiempo es dinero y el dolor del otro no cotiza en bolsa.

La Directiva: Es el poder invisible. Aquellos que, desde los palcos VIP, observan el partido con una copa en la mano, analizando el rendimiento de sus «recursos» sin ensuciarse nunca el uniforme. Para ellos, una catástrofe es solo una caída en las acciones; para nosotros, es el fin de nuestra historia.

El VAR (La Pantalla): Son los medios de comunicación y las redes sociales. Nos muestran la repetición del gol del famoso una y otra vez, mientras en la misma pantalla, apenas como una nota al pie, pasan las imágenes de los que perdieron su techo, sus recuerdos y su dignidad en un segundo. Es una repetición que nos anestesia, que nos enseña qué festejar y qué ignorar.

​El Grito que no se escucha en el Estadio

Lo más cruel de este partido es que no hay posibilidad de empate. Si pierdes el techo, si pierdes lo que construiste con años de esfuerzo, el «marcador» ya te sentenció. No hay tiempo de descuento cuando el hambre aprieta y el frío de la intemperie se convierte en tu único abrigo.

​Esta comparación nos obliga a mirarnos al espejo con una responsabilidad incómoda. Mientras el mundo celebra un gol, la humanidad debería estar gritando por la falta cometida contra los más vulnerables. Porque mientras los salarios descomunales siguen creciendo en un marcador irreal, la vida, la vida real, se nos está yendo de las manos entre los escombros de un sistema que prefiere el espectáculo a la justicia.

¿Hasta cuándo seguiremos siendo solo el césped que pisa un juego que no nos representa? La verdadera responsabilidad no está en quién gana la copa, sino en dejar de aplaudir a quienes, con sus decisiones, nos están dejando fuera del juego de la vida.

​Es un recordatorio necesario de que la empatía no debe ser estacional ni selectiva.

¿Sientes que esta perspectiva refleja esa desconexión que percibes a diario entre la realidad de quienes sufren y el espectáculo del mundo?

Publicado por vickylm57

Soy docente prof.de Educacion Fisica. Prof de Educación Especial. Prof Emerita de Danzas Cid Unesco Francia Escritora y autora de varios libros. Investigadora en Envejecimiento y cuidados del cuerpo, dictando conferencias, seminarios y clases magistrales dentro y fuera del País.

Deja un comentario