Libido: Reflexiones en un trazo

I – Walt Whitman

Por María Fernanda Rossi- La Pluma Viajera

Sentada sobre un tronco seco, con el horizonte de los cerros recortándose como el lomo de un animal dormido, abrí mi bitácora. A lo lejos, unos caballos pastaban con esa parsimonia que solo se tiene en los Valles. Empecé a dibujar. Casi sin darme cuenta, mis trazos se convirtieron en una raíz que agrietaba la rigidez de un bloque de adobe, de donde comenzó a surgir una mujer que se hacía brote.

—»Deseo, luego existo» —susurré, mientras recordaba una escena de la película “Me llamo Agneta”. Esa mujer, que había aprendido a saludar a su libido cada mañana como quien saluda a un viejo amigo que regresa del exilio.

Me quedé pensando en voz alta: —¿Será que nos enseñaron a mirar la libido solo como un asunto de alcoba y nos olvidamos de que es, en realidad, el coraje de romper el barro cada día? ¿Cómo el hornero, cuando amasa el nido, que también está saludando a su propia energía vital?

—Es que la brizna de hierba no tiene prisa por ser perfecta, Fer. Ni espera que nadie la nombre para sentir el pulso de la tierra.

No lo oí llegar. Pero allí estaba él, sentado al otro extremo del tronco, con su barba blanca confundiéndose con el humo lejano de algún puesto. Walt Whitman, el poeta de lo cotidiano que tanto admiro, me miraba con ojos que parecían haber visto todos los caminos del mundo.

—Esa mujer de la película ha descubierto el secreto más antiguo del universo —continuó Walt, señalando mi dibujo con un dedo curtido—. Saludarse a uno mismo al despertar es reconocer que somos un cuerpo eléctrico. La libido no hace referencia solo al sexo; es la urgencia procreadora del mundo que insiste en nosotros.

Le alcancé el mate, amargo y perfumado como la flor de las jarillas que nos rodeaba.

—Yo hablo del reyezuelo y vos de tu hornero —me dijo con una sonrisa—. Pero ambos sabemos que esa ave no construye su casa por deber, sino por un «antojo sagrado» de estar viva. Tu libido es esa raíz que dibujaste: es la voluntad de la zarza trepadora que, aunque sea humilde, tiene el derecho de adornar los salones del cielo.

Miré mis manos manchadas de grafito y luego el rayo de sol que atravesaba las ramas del chañar que nos abrigaba.

—Entonces, Walt… ¿la libido es la brizna de hierba?

Él tomó un sorbo largo de mate y recitó, casi en un susurro que se fundía con el viento del valle:

«Creo que una brizna de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas, y que la hormiga es perfecta, y también el grano de arena y el huevo del reyezuelo… y que la zarza trepadora podría adornar los salones del cielo».

—Tu libido, Fer, es este rayo de sol atravesando el chañar. Es el deseo de que este dibujo sea luz. No dejes nunca de saludarte al espejo; porque si tu cuerpo vibra, tu alma está escribiendo la mejor de sus crónicas.

Se levantó sin hacer ruido. Vi cómo su figura se iba desdibujando, volviéndose transparente, hasta fundirse con el hilo de humo blanco que subía desde un puesto lejano en el cerro. Me quedé allí, en silencio, con el sol calentando mis manos y la bitácora abierta, reflexionando en la voluptuosidad de lo cotidiano, de lo simple. En ese misterio eléctrico que nos hace brotar, una y otra vez, contra todo adobe.

Me cebé un mate, calentito. Sentí su sabor amargo bailando en mi boca, un recordatorio de que estar viva es también saborear los contrastes. Inhalé profundo el aroma suave y primitivo de la jarilla. A lo lejos se escuchaban los relinchos y un balido melancólico.

Cerré los ojos. Sentí la suavidad de la madera del lápiz en mi mano y escuché la melodía inquieta de las cañas que se movían dirigidas por la brisa de la tarde.

Libido. Voluptuosidad de la paz, del aquí y del ahora.


Quién fue Walt Whitman (1819-1892)

Fue el poeta de la libertad y el «padre» del verso libre. Nacido en Estados Unidos, Whitman rompió con las estructuras rígidas de su tiempo para cantarle a la democracia, al cuerpo humano y a la naturaleza con una pasión nunca antes vista. Su obra cumbre, Hojas de hierba, es un canto a la vida en todas sus formas: desde la brizna más humilde hasta la estrella más lejana.

Para Walt, no había jerarquías en la creación; un grano de arena era tan sagrado como un universo. Trabajó como carpintero, maestro y enfermero voluntario, pero fue su labor como «poeta del pueblo» lo que lo convirtió en un faro para los escritores de toda América. Su filosofía celebraba el «cuerpo eléctrico» y la conexión mística entre todos los seres vivos, recordándonos que el simple hecho de respirar es un milagro que merece ser cantado.

Tráiler de la película «Me llamo Agneta»

Cierre de la Parte I – Walt Whitman

Este es solo el comienzo de un trazo dividido en tres entregas, donde abordaremos la libido desde distintas miradas. En este viaje de descubrimiento, nos esperan próximamente:

II – Lou Andreas-Salomé: Un encuentro en la mesa del artesano para conversar sobre el narcisismo positivo y el coraje de ser una misma.

III – Sherezade: El gran cierre con la voluptuosidad de Las mil y una noches y la palabra como estrategia de vida.

Los espero en la próxima entrega para seguir explorando estos misterios eléctricos.

¿Y vos? ¿Ya saludaste a tu libido esta mañana?»

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