Por María Fernanda Rossi-La Pluma Viajera
Un encuentro con María Elena Walsh, entre cerros y disparates
Para entrevistar a María Elena no necesité pasaporte, solo necesité perder el juicio y caminar hacia atrás por las callecitas arenosas de los Valles Calchaquies. Así, casi sin darme cuenta, el suelo se volvió de lana de oveja y el cielo se tiñó del color del pimentón.
La encontré sentada en una silla de paja que levitaba sobre los cardones. Me miró por encima de sus anteojos, con esa elegancia desfachatada de quien conoce todos los secretos del abecedario, mientras a su lado se libraba una batalla épica. El Mono Liso, con un tenedor de plata en la mano, intentaba en vano pinchar una naranja que, cada vez que él lanzaba la estocada, se le escapaba con un quiebro de cintura y un grito de «¡Olé!».
—No te quedes ahí, con la pluma toda tiesa —me dijo ella con una voz que sonaba a té con leche y a rebeldía—, en este reino, las frutas tienen alma de torero y los monos, bueno… los monos solo tienen hambre.
Me senté a su lado —o arriba, o abajo, ya no estoy segura— y le convidé un mate. Ella lo aceptó, pero lo sopló porque, claro, en el Reino del Revés, el mate quema cuando está frío.
—Decime, Plumita —soltó ella mientras una nube con forma de tortuga pasaba caminando por el suelo—, ¿por qué en el mundo se empeñan tanto en que las cosas tengan un solo sentido? ¿No les cansa caminar siempre para adelante y usar las palabras solo para decir lo que ellos creen que es la verdad?
Yo le contesté que a veces la verdad es tan dura que necesitamos un palo para ablandar milanesas para digerirla. Ella sonrió, y sus anteojos brillaron con el reflejo de los cerros color pimentón.
—¡Un palo de amasar realidades! —exclamó María Elena, largando una carcajada que sonó a las cañas cuando son batidas por el viento—. Me gusta. Porque a la verdad, Plumita, si no se la golpea un poco con la imaginación, se vuelve una piedra que no deja respirar.
Se acomodó el sombrero y señaló con un gesto elegante al Mono Liso, que ahora intentaba seriamente convencer a la naranja de que se dejara pelar usando un manual de instrucciones al revés.
—Fijate en este pobre bicho —continuó ella, bajando el tono como quien cuenta un secreto de estado—. En el mundo de los «serios», lo prohibieron. ¿Podés creerlo? Tuvieron miedo de un mono que baila twist y de una naranja que se cree torera. Le tuvieron pánico a la ironía porque la ironía es un espejo que les devuelve una cara que no quieren ver. Dijeron que era «peligroso» y «subversivo» porque no podían explicarlo en un informe policial.
Yo la miré, entendiendo que su Reino del Revés no era una huida, sino un campo de batalla. Un lugar donde lo absurdo era la única forma de mantener la cordura y la libertad cuando el mundo del «derecho» se volvía una cárcel.
—El problema —añadió ella, soplando su mate frío— es que los que mandan siempre le tienen miedo a lo que no pueden domesticar. Y a la poesía, por suerte, no hay jaula que le calce.
—¿Sabés qué pasa, Plumita? —dijo ella, mientras el Mono Liso se quedaba dormido abrazado a la naranja, que por fin se había quedado quieta—. Me dediqué a los chicos porque ellos son los únicos que no te piden documentos para entrar en la fantasía. Me hacía feliz ver que un verso podía ser un escudo contra el miedo, y me enojaba —¡ay, cómo me enojaba!— la gente que quería usar la literatura para dar lecciones de moral en lugar de dar alas.
Mientras me tomaba ese mate frío que quemaba, comprendí que María Elena no escribía para niños porque fuera un género «menor» o «fácil»; lo hacía porque en la infancia encontró el último territorio donde la libertad era absoluta y el lenguaje todavía no había sido domesticado por la rigidez de los adultos.

La observé, estaba ensimismada mirando el horizonte, tan parte del paisaje que por un momento era mitad María Elena y mitad una oveja díscola que se había escapado del rebaño. Feliz en su Reino del Revés, donde los cerros, que parecían latir, tienen el color del pimentón.
—Me inspiraba lo pequeño, lo que nadie mira. Una hormiga con paraguas, una vaca que quiere ir a la escuela… esas son las verdaderas revoluciones. La alegría es una forma de coraje, ¿sabés? En un mundo que se empeña en ser gris y uniforme, elegir el disparate es una declaración de principios.
Yo sentí que sus palabras eran ese «abrigo cálido» que a veces buscamos en otoño. Ella no escribía para que los niños se portaran bien; escribía para que nunca olvidaran cómo se siente ser libres.
—No busqué qué vender —añadió con ese mantra que yo misma suelo repetir—, busqué a quién ayudar a imaginar un mundo donde «no» no fuera la única respuesta.
De repente, el Mono Liso se despabiló. Con una rapidez asombrosa, atrapó a la naranja que todavía intentaba hacerle un último «olé» y, con una reverencia digna de un caballero, me la entregó.
—Llevátela, Plumita —susurró María Elena, mientras se acomodaba el sombrero para partir—. Cuidala bien, antes de que aparezca el Gran Bonete y diga que él no la tiene, que la tiene el vecino, y te la robe con uno de sus cuentos.

Guardé rápido la naranja en mi mochila viajera, sintiendo su aroma cítrico y rebelde contra mi mano. María Elena se fue alejando, caminando por el cielo, que ahora también estaba teñido de pimentón, con la misma elegancia desfachatada con la que llegó.
Me quedé sola entre los cardones, con el mate frío y el alma encendida. Regresé a mis «callecitas arenosas» de los Valles Calchaquíes caminando de frente, sí, pero con la certeza de que, siempre que el mundo se ponga demasiado gris o demasiado «derecho», tengo una naranja loca en el bolsillo lista para enseñarme a decir que no y a usar mi pluma para volver a volar.
María Elena Walsh: La Juglaresa que desafió al mundo con ironía y disparate

María Elena no fue solo una escritora; fue una figura esencial de nuestra cultura, un símbolo de paz y concordia que brilló con más fuerza en los momentos más oscuros. Nació en Ramos Mejía en 1930 y, aunque estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, su verdadero pincel fueron las palabras.
- El Despegue de la Poeta (1947 – 1952): A los quince años ya estaba publicando poemas, y antes de los veinte, en 1947, nos regaló su primer libro: Otoño imperdonable. Desde esa edad tan temprana, se perfiló como una de las expresiones más sobresalientes de su generación, con una poética propia que ya era un clásico antes de serlo.
- El Viaje de la Memoria (París y el Folclore): En 1952, su mochila viajera la llevó a Europa. Junto a Leda Valladares formó el dúo Leda y María, llevando el latir de nuestra tierra a París, Londres y Colonia. Allí rescataron el folclore y demostraron que la voz de la mujer no tiene fronteras.
- La Revolución del Disparate (Los años 60): De regreso en Argentina, decidió que el mundo necesitaba ser visto «al revés» para ser entendido.
- 1960 – 1966: Nacieron gigantes como Tutú Marambá, Zoo Loco, El Reino del Revés y el tierno elefante Dailan Kifki.
- En las tablas: Estrenó Canciones para mirar (1962) y Doña Disparate y Bambuco (1963) en el Teatro San Martín, revolucionando lo que significaba el arte para chicos (y para grandes que no querían dejar de serlo).
- El Coraje de la Pluma (La voz que no se calla): Cuando el mundo se puso gris y «de derecho», María Elena no se escondió. Con la misma elegancia con la que escribía canciones de cuna, escribió artículos que eran estocadas de libertad. Le recordó a todo un país que la alegría es un acto de resistencia y que a la poesía no hay censura que le calce el zapato. Fue una pensadora comprometida con la democracia, defensora de las minorías y pionera absoluta en denunciar la desigualdad de género. Dedicó años de gestión para que las mujeres ocuparan, por fin, todos los espacios que les correspondían.
- Una Obra Universal: Sus libros trascendieron idiomas: hoy se leen en hebreo, chino, sueco, guaraní y vietnamita. Recibió todos los honores posibles, desde el Premio Hans Christian Andersen en Dinamarca hasta ser Doctor Honoris Causa en Córdoba y Ciudadana Ilustre de Buenos Aires.
- Un legado más grande que todo un Reino: María Elena partió el 10 de enero de 2011, pero nos dejó la mochila llena de recursos. Nos enseñó que se puede ser escritora, cazadora, coplera, cantante, viajera y rebelde, todo al mismo tiempo, mientras uno sienta que es su verdadera esencia. Hoy vive en cada naranja que no se deja pinchar y en cada pluma que, como esta loca y viajera, se anima a caminar por el mundo buscando la magia de lo pequeño.
Fuente para la Biografía de María Elena Walsh: https://fundacionwalshfacio.com/biografia/
