El desdichado destino de dos almas fraternas

Por Roberto Espinosa

Hace 135 años murió Theo van Gogh, hermano menor de Vincent, que dedicó una parte de su vida a sostenerlo económicamente

1891. Utrecht. El frío soleado le está golpeando la ventana del hospital psiquiátrico ese 25 de enero holandés. La sífilis le ha nublado la mente en los últimos días. Demencia paralítica, psicosis crónica, entre otros males, le han diagnosticado. El reventón del balazo lo sigue perturbando. Ocurrió en Auvers-sur-Oise, pero su insomnio lo presintió en París el 27 de julio pasado. La inconsciencia le trae ese fragmento de una de las más de 600 cartas que su hermano le escribió y que ha releído cientos de veces:

“Desde el momento que nos esforzamos por vivir sinceramente, todo marchará muy bien, aun si hemos de sufrir inevitablemente sinceros pesares y verdaderas desilusiones; probablemente cometeremos también graves faltas y malas acciones, pero es cierto que más vale tener espíritu ardiente, aun si se han de cometer faltas, que ser mezquino y demasiado prudente.
Es bueno amar todo lo posible, pues en eso reside la verdadera fuerza, y el que ama mucho, realiza grandes cosas y es capaz de realizarse, y lo que se hace por amor está bien hecho…”

1892. Ese viernes 1° de mayo, en la aldea Zundert (Países Bajos), Theodorus y Anna Cornelia está contentos. La llegada de un nuevo hijo es una esperanza que alborota la vida. Le pondrá su mismo nombre al retoño. Lo cría con severidad protestante. Dos décadas transcurren. Su hermano mayor, ya traveseador de lápices y pinceles, trabaja con los marchantes de arte en La Haya. Él se inicia en la agencia de Bruselas de Goupil & Cie y muestra su habilidad para vender obras artísticas. 1880. Lo trasladan a la sucursal de París.

1893. Alquila una casa en Montmartre. Invita a su hermano a vivir con él para que pueda desarrollar su arte. Allí le presenta a Paul Cézanne, Henri de Toulouse-Lautrec, Henri Rousseau, Camille Pissarro, Paul Gauguin, Georges Seurat… Promueve el talento impresionista de Claude Monet y Edgar Degas, y logra que Goupil y Cie exponga y compre sus obras. Su hermano parte a Arlés. En una discusión con su colega Gauguin se amputa un pedazo de oreja.


Las cartas siluetean sentimientos, dolores, angustias, pensamientos… La vida. La muerte. El arte. La condición humana. Habitan las palabras. Le preocupa la precariedad de su espíritu. Pero siempre ha estado seguro de su notable talento como pintor. Los 50 francos mensuales que le envía no le solucionan la vida, pero ayudan. Infructuosamente, intenta vender sus pinturas. Auvers-sur-Oise es el nuevo destino de los girasoles. Cuatro años de edad los separan y los acercan. Almas gemelas, le dicen. Tiene dos hermanos con el mismo nombre; uno muerto a poco de nacer. El desamparo afectivo en la niñez tal vez los une en un abrazo interminable.

El sí de las niñas

1889. Su amigo Andries Bonger le presenta a una flor. Su corazón se rinde ante una pianista, poetisa, adicta a Percy Shelley, a la cual le lleva un lustro. Johanna se resiste hasta el 17 de abril, cuando en el altar de Amsterdam da el sí de las niñas. Debe competir con la historia de “La noche estrellada”. El amor filial estremece a su marido. El más chico protege al mayor. Solo ha podido vender tres de sus obras en vida de él.

1890, enero 31. Un bebé saluda a París desde el vientre de Johanna. Sus dos tíos: el muerto y el trastornado a quien lo han bautizado igual, le obsequiarán su nombre. Junio. La pareja y el changuito visitan al pintor en Auvers. La inestabilidad de su hermano lo aflige. El pistoletazo del 27 de julio lo enajena. La agonía de dos días lo demuele. Los pinceles lo dejan huérfano de cartas fraternas.

“Si se sigue amando sinceramente lo que es, de verdad, digno de amor, y si no se derrocha el amor en cosas insignificantes, y nulas, e insípidas, se logrará poco a poco más luz y uno se hará más fuerte…”, lee, sin embargo, no hay consuelo.

Su muerte es un dolor que me abrumará largo tiempo y que seguramente no desaparecerá de mi pensamiento durante toda mi vida; pero si hemos de decir algo es que él tiene por fin la tranquilidad que tanto deseaba. La vida le pesaba mucho pero, como sucede a menudo, ahora todo el mundo tiene alabanzas para su talento”, le escribe a su madre Anna Cornelia.

Hacia la oscuridad

Enferma. Desvaría. Se desarma psíquicamente. Johanna lo lleva a Holanda. La melancolía ejercita sus misterios. Ni siquiera la alegría de su changuito lo rescata de ese mundo donde la nada reina. El deterioro se ahonda. Ella desespera. La impotencia la resigna. El psiquiátrico la estremece. También ese amor fraterno que está llevando a su compañero a la oscuridad.

1891. La luz de ese domingo de enero le acaricia los párpados cerrados en el hospital. Sueña que la ternura de Johana se mece en su pecho. La mirada del hermano frágil, creador, incomprendido, lo abraza. Las líneas de una carta de Vincent le ronronean la mente:

“Puede haber un gran fuego en nuestros corazones, pero nadie viene nunca a calentarse en él, y los transeúntes apenas ven una brizna de humo”.

Theo van Gogh siente ahora que los pinceles de su hermano le besan las pupilas en el silencio.

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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