Por Salomé González Vega
(Poeta, escritora, profesora en Letras)
Entre melodías de alto vuelo poético, entre algunos trozos de la historia, entre utopías presentes en la conciencia de un país y sus almas, entre algunas notas y sombras de recuerdos, entre cadencias compuestas por los anhelos y deseos de amar y ser amados, entre resonancias y rumores de la literatura, entre armonías hechas de sueños y ensueños que tejen las nostalgias y melancolías que nos hacen…entre la persistencia y memoria de la palabra puesta en cartas, en diarios y en papeles sueltos aparece la letra de Liliana para cuidar, preservar y cobijar el tiempo y su memoria en Fragmentos de Siglo.
¿Cómo cobijar el tiempo y su memoria?
La novela titulada Fragmentos de Siglo, escrita por Liliana Bellone y publicada en el año 1999 por Ediciones del Robledal (Salta), posee 200 páginas y está dividida en cuatro partes: Cartas de París, El Cuaderno de Tapas Azules, Otros papeles de Ismael: historia de amor entre Nada y Nadie y, por último, El diario de Sylvia.
La historia se urde despaciosamente a través de retazos en los que el pasado de un grupo de soñadores se materializa y vivifica en un entramado de pasiones humanas y uno de los fragmentos de historia más dolorosos del país: la dictadura de los ‘70. Dicho entramado se teje con una espesura narrativa nutrida, por un lado, por la literatura misma y por otro, por la belleza de lo poético. Esta combinación da como resultado una historia potente y honda sobre la condición humana y los temas que la constituyen: el amor, la soledad, las pasiones, la muerte, la nostalgia, la melancolía, el olvido, la memoria, el tiempo, los recuerdos, la finitud, el exilio.
La narración devela un argumento que envuelve y sumerge lentamente al lector en su universo mediante una pluralidad de voces y conciencias que confluyen en una polifonía poética cuyo cuerpo se nos presenta a través de la voz y melodía de tres de sus personajes. Así, las cartas de Ana, el Cuaderno de Tapas Azules, las anotaciones de Ismael y el diario de Sylvia concertan un mundo en el que un grupo de jóvenes e intelectuales, acosados por la represión, huyen hacia un refugio ubicado en los valles de la cordillera, llamado La Marmita. Desde allí, desde ese mundo habitado por la magia y el delirio de las pasiones, cada uno seguirá su propio derrotero.
La guardiana
-En tu voz vivirá la mía.
En tu leve presencia, mi ausencia.
-Guardaré tu letra en la tibieza del ave junto al pecho…la cuidaré dentro de la pureza primera de un cuerpo que camina a su evanescencia final.
La voz de Ana, puesta en cartas escritas desde París, nos dibuja el perfil, los deseos, los sueños, las palabras y los silencios de cada uno de los personajes con la misma precisión y vuelo poético que retrata las calles y los espacios habitados con el alma y todo el cuerpo. Las enormes y bellas calles de París como los pequeños, mágicos y maravillosos espacios de La Marmita se nos van presentando como mundos de ensueño en donde son constantes las referencias y alusiones a piezas literarias y autores diversos. Así, aparecen las sombras de Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Paul Sartre, Dante, Virgilio, Marcel Proust, Leopoldo Marechal, el “querido” Julio Cortázar, el “admirado” Macedonio Fernández, entre otros.
Ana compone una melodía en una tonalidad menor melódica portadora de un trazo de notable hondura expresiva y una delicadeza y suavidad lírica de la que su pluma y corazón de poeta son capaces:
“Acto fallido la realidad. Nada concuerda. A veces el azar intenta un roce pero la desconexión continúa. No hay encuentros. Los seres que nos rodean son fantasmas. El cielo y su desencuentro eterno. Las piedras, el ozono, el agua, los cuerpos, y, lo más terrible, el amor, en un desencuentro inmemorial.” (pág. 27).
Ana podría representarnos un hogar, Ana es el refugio para los recuerdos, Ana es la melodía guardiana de la memoria:
“Estoy seguro de que Ana podrá guardar este cuaderno. A ella la elegí. Quizás pueda seguir escribiendo lo que yo intenté a escondidas, lo que abandoné entre estas piedras y entre las ruinas de mi cuerpo y mis recuerdos. Ana tiene, lo sé, la costumbre de escarbar en su corazón, como yo, costumbre peligrosa porque produce a veces hemorragias incurables.” (pág. 156).
La letra del paso del tiempo y su recuperación.
Y ahora creo que somos uno,
en esta finitud sin principio ni final.
Ahora he recuperado el tiempo perdido.
Y ahora que estás conmigo, memoria y vida mía,
soy.
La voz de Ismael, eterno lector de Marcel Proust, se transparenta en un cuaderno y papeles dispersos. Los sonidos combinados por Ismael dan como resultado una melodía que, en una tonalidad menor armónica, ahonda en el pasado, el lento y confuso caminar del tiempo y la muerte por venir.
Las letras presentes en las anotaciones sueltas de Ismael, además de evocarnos los modos del Recienvenido quien escribía en papeles sueltos y en servilletas de café: el entrañable Macedonio Fernández, nos trasladan a un viaje de ensoñación y misticismo poético en el que todo es posible.
Ismael, el poeta, nos invita a habitar la todoposibilidad del Bellarte conciencial del que hablaba Macedonio, nos invita a la trascendencia del yo:
“Algo (el fetiche) – Nadie (el Sujeto) – Nada (el universo)” (pág.182). Así, en el Diario de las cosas bellas podemos leer: “(…) tienes las alas rotas/y sobre el mármol/reposa tu rostro/bañado por una sangre/dorada” (pág. 185), pasando por los encuentros con una divinidad “que no es finita ni infinita porque no posee tiempo” (pág.177), hasta llegar a una historia de amor entre Nada y Nadie.
El Cuaderno de Tapas Azules de Ismael no sólo representa un guiño a la excelsa novela de Leopoldo Marechal Adán Buenosayres en tanto en él encontramos la más desnuda y sincera intimidad de su autor, sino que también nos abre la puerta a la conciencia y mirada poética de este personaje. A través de sus notas se compone una armonía melancólica en la que temas como el paso del tiempo, la pronta muerte, el amor, la pasión, la literatura, los sueños, los deseos, los ideales se transfiguran en letras que pretenden conservarlos y cuidarlos en forma de recuerdo:
“El paso del tiempo me abruma, querida amiga, (…) la tristeza desmedida de la pintura y la poesía (…) la hermosura de esta tarde también me aplasta, y su ausencia” (pág. 125); “Voy perdiendo la tibieza de la vida. El sol hoy me mostraba el secreto del universo. Pero en mis huesos se apaga el fuego de la juventud” (pág.138).
En este cuaderno, además, las palabras dedicadas a Hélène evocan a la donna angelicatta; Ismael, cual Dante, nos dibuja la figura de una mujer que encarna la idealización máxima de la amada, la máxima perfección espiritual, como una suerte de puente entre el poeta y la divinidad. Así nos lo dice Ismael:
“Atardece, Hélène, y comprendo la distancia del amor y me consuela la insensatez de pensar que en otra vida usted me ha pertenecido… pero su alma tendrá que reunirse con la mía, más allá de este viento que acosa las puertas y las ventanas y la triste vela que ilumina esto que escribo” (pág. 135); “Pero a usted la amo, Hélène, a pesar de las distancias, de su frialdad de mármol.” (147).
Posible imposibilidad: nido para la memoria
No sé.
Escribo.
Nada.
Intento.
Nada. Todo. Algo.
Se va…mi palabra se va
Se va.
La voz de Sylvia, una melodía aparentemente inconclusa, despliega sus alas en un diario que, en un tono menor natural cada vez más opaco, registra lo acontecido en el día a día, como si buscara en la palabra el refugio que necesita la memoria para sobrevivir, el nido que precisan los recuerdos para perdurar:
“No puedo recordar. Sólo hay imágenes en mi mente y un dolor luminoso, luminoso” (pág. 199).
La melodía de Sylvia va naciendo y haciéndose bajo la sombra del claro leitmotiv de la posible imposibilidad oximorónica que la acompaña:
“Ayer no pude escribir” (pág. 190), “Es imposible no escribir. Ayer garabateé diez poemas…” (pág. 193), “Sin escribir” (pág. 193), “, “Mañana: sin escritura. Tarde: sin escritura. Sin. Sin.” (pág.193), “He escrito más de lo que esperaba” (pág. 194), “Escribí muy poco” (pág. 195).
La palabra poética de Sylvia, conciente de sí misma nos obsequia una armonía cuyos sonidos nos acercan a reflexiones en torno a los principios de toda escritura. Así, nos dice:
“Aunque yo sepa que la escritura se la lleva en las entrañas y nunca me decida a liberarla” (pág.192).
Sus reflexiones llevan a que el lector comprenda que su cautiva letra es ya una manera de escribir, de habitar la escritura. La plena conciencia de esa escritura es, más bien, lo que le permite habitarla.
La polifonía poética: un tiempo recobrado.
Fragmentos de Siglo se nos presenta como, una polifonía compuesta en la que sus diversas tonalidades, matices y colores armonizan con notable espesura narrativa y delicadeza expresiva. Al recorrer sus páginas nos encontramos con una ficción que nos muestra que la literatura genera más literatura, nos ofrece una historia compuesta por una pluralidad de voces en armónica y perfecta convivencia y nos canta las sombras de un momento del país en el perfil de personajes cargados de sueños, amores, pasiones,
nostalgias…Nos encontramos, finalmente, con fragmentos de siglo en los que el paso del tiempo, la memoria y la inminente muerte, nos ofrecen, a la mejor manera proustiana, un pequeño gran mundo para habitar el tiempo y el instante de la palabra poética.
Sobre Liliana Bellone

Liliana Bellone nació en la provincia de Salta (Argentina). Es profesora en Letras y posee una larga trayectoria de producción literaria ampliamente reconocida a nivel mundial.
Entre sus múltiples obras publicadas y premiadas, se destacan novelas como Augustus que recibió el Premio Casa de las Américas de Cuba en 1993, El libro de Letizia. Novela de Capri que en 2020 ganó el Premio Novelas Ejemplares de la Universidad Castilla La Mancha y fue traducida en Italia como Il libro di Letizia. Romanzo di Capri. Entre sus obras poéticas, podemos mencionar su libro Retorno por el que obtuvo, en el año 1977, el Premio Provincial de Poesía; fue distinguida, además, con el Primer premio de poesía y cuento en el certamen organizado por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta en 1975.
Recibió también el Premio Provincial de Teatro en 2010 por el libro …y sonaba el minué… en 2010 y fue galardonada con el Premio Homenaje a Jorge Luis Borges por la Fundación Givré en el año 1978.
