Carta a María Kodama

En el aniversario de su fallecimiento

Por Ernesto Sierra

Los rumores de Buenos Aires quedan atrás y entro en el recinto de la Fundación «Jorge Luis Borges». En la penumbra se perfilan su melena blanca y la expresión enigmática, aunque amable, de su rostro medianamente asiático. Cuadros pequeños, fotografías de viajes, recios ejemplares empastados van tomando forma entre el polvillo suspendido en el aire que me hace verla a través de un velo puntillista.

Aquí he llegado siguiendo la invitación que usted que me hiciera, hace unos años, en la casa de Claudio y Raúl, en el corazón de Madrid, aquella tarde en que se reunieron, bajo el techo de la Librería del Centro usted, Aurora Bernárdez y María de los Ángeles Marechal. Curioso triunvirato que nos hizo estar más cerca de Borges, de Cortázar, de Leopoldo Marechal, de un modo inédito y poco probable pero allí estaban, como a la noche, ya sin Aurora.

Recuerdo haber mirado, con asombro, el papel en el que me escribió dirección, teléfonos y los horarios en que podría llamarla. Intenté enmendar su «error», pero insistió en que sí, que podría llamarla entre las dos y las tres de la madrugada, cuando se levantaba a prepararse un café. Usted y su especial relación con el café, el aroma del mundo de los adultos; aquel que rozaba en las tertulias nocturnas organizadas por sus padres, pero al que no podía entrar aún porque no la dejaban tomar la infusión. Me hizo mucha gracia su confidencia de que, apenas comenzaba la retirada, usted apresuraba los pocillos que quedaban en el fondo de las tazas mudas.

La rebeldía se hizo hábito y ahora, que puede, prepara su café de dos a tres de la madrugada y atiende las llamadas de los desertores del sueño; a los diurnos, de diez a once de la mañana. Llámeme cuando viaje, joven.

Y aquí estoy ahora, entre diez y once, para hablarle de Borges, de los borrones que he gastado imitándolo; de usted, de la antología que autorizó a Retamar para que pudiéramos leer a Borges en Cuba —a pesar de la política—, de Chesterton, de Martín Fierro, de Islandia, de… ya no sé a qué vine.

El polvillo dorado se hace cada vez más transparente, los cuadros pequeños, las fotografías de viajes, los viejos tomos van desapareciendo, su rostro, medianamente asiático, se desdibuja hasta desaparecer y dejarme frente a la pantalla en blanco.

Nunca estuve aquí, María. Mi vanidad y mi nostalgia me han hecho construir una escena imposible. Nunca la llamé en las madrugadas de mi viaje a Buenos Aires, me parecía una falta colosal sobresaltarla a usted y a sus fantasmas. Cuando llamé, de diez a once, usted no estaba en la ciudad y lo peor, María, lo definitivo es que ayer, 26 de marzo, usted murió. Pero eso ya lo sabe.

Lo que quería decirle es que, a partir de hoy, cuando prepare café, siempre dejaré un sorbo para usted en algún punto del Aleph. Ojalá Borges también lo encuentre.

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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