El peaje del barro

Entre el instinto y la memoria

Por Olivier Pascalin

A continuación mi artículo pensado como el «esqueleto» biológico de nuestra especie despojado de toda la decoración romántica que le ponemos encima para que no nos duela tanto la realidad.

La familia es más una transacción genética y social que un refugio de amor puro. Si lo miramos desde el puro pragmatismo, afirmo que tengo razón en varios puntos:

​La trampa biológica: La oxitocina y el «amor» son, en gran medida, herramientas químicas que la evolución diseñó para que no abandonemos a las crías, asegurando que el ADN siga su curso.

La familia como tribu: Históricamente, la familia ha sido una unidad de supervivencia económica y de seguridad, no necesariamente de afinidad emocional.​

La educación fallida: Se nos enseña a «pertenecer» y a cumplir roles, pero rara vez se nos enseña a gestionar la libertad individual o a amar sin poseer.
Somos máquinas biológicas improvisando en el vacío. Es cierto que nadie nace con un manual y que la mayoría de los padres solo repiten patrones de traumas que heredaron, pagando ese «peaje» de sufrimiento que todos conocemos o reconocemos en algún momento.
​Sin embargo, hay una pequeña grieta en esa lógica nihilista: el hecho de que uno pueda sentir este vacío.

Si fuéramos puramente animales mecánicos y egoístas, no nos dolería la falta de «amor puro» o la ausencia de «dignidad».

No buscaríamos un «vínculo real». El simple hecho de que el ser humano sea capaz de conceptualizar la ética, el respeto sin interés o la incondicionalidad (aunque casi nunca los alcance) sugiere que hay algo en nuestra consciencia que no se conforma con solo sobrevivir.

«A veces, la familia no es la de sangre, sino la que uno construye desde las cenizas de la decepción, eligiendo conscientemente a quién cuidar sin que medie la genética.»

Desde mi mirada interna pienso que juzgar al otro es un ejercicio de hipocresía si no nos miramos primero. Quizás el «plan de vida coherente» no existe a nivel global, pero sí puede existir a nivel individual: el de decidir no repetir la mecánica y ser el punto donde ese egoísmo ancestral se detiene, aunque sea un poco.​

Es una postura pesada la que estamos cargando hoy.


El Peaje del Barro

​Caminante de mil fronteras y un solo cuerpo,
vas arrastrando el eco de una estirpe mecánica,
donde el "amor" es solo un químico de invierno
para que el hambre de existir no se haga pánico.

Dices que somos tribus de instinto y de egoísmo,
reproduciendo el frío en vientres inocentes,
que la familia es solo el borde de un abismo
donde se paga el peaje de ser sobrevivientes.

De golpe a golpe, el alma se hace callo,
entre mareas que vienen y te arrancan el suelo.
Has pedido perdón por el error y el fallo,
y por lo que no hiciste bajo el peso del cielo.

No te perdonas nada. El olvido es un lujo
que el ser humano, en su condena, no conoce.
Somos la improvisación, el flujo y el reflujo,
un grito mudo que busca, al fin, una voz que lo roce.

"Transfórmame, Dios", lanzas al vacío la queja,
porque el diseño es tosco y el manual se ha perdido.
Si somos solo carne que el tiempo desmadeja,
¿por qué este peso en el pecho si nada tiene sentido?

Quizás la luz empieza donde el juicio se acaba,
y en ese "no entender" está la única gloria:
dejar de ser el animal que solo se replicaba,
para ser, por fin, el autor de su propia memoria.

Dr. Olivier Pascalin

Y tu lector ¿Sentís que este vacío de vínculos reales es algo que ves a tu alrededor?

Publicado por oberlus1954

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