Por Roberto Espinosa
Quizás por algún desdichado traspié la historia de la literatura no acunó entre sus brazos a este ciudadano francés de rancia estirpe que provocó las rascazones más ilustres por su conducta en el mundillo artístico, político y científico del siglo XIX. En honor a la verdad y en desmedro de los críticos y comentaristas que han pasado por alto su obra, Charles Philippe Morpion fue uno de los detractores más despiadados del romanticismo, aunque las publicaciones de la época registran pulseadas con el mentor del realismo, Gustave Flaubert, sin olvidar la importancia que les cupo a Stendhal y a Balzac.
Se cuenta que cierta vez, en una rueda de la fraternidad etílica, Goethe confesaba: “Este Morpion me desconcierta sobremanera. Cada vez que discuto con él, me asalta una picazón inaudita, hasta el punto que los versos de un poema me tartamudean en las sienes. Me cuesta rebatirle sus argumentos, es casi imposible retrucarle sus osadías. Con su ingenio es capaz de resucitar a los muertos y desafiar al mismísimo Dios. Es posible que sus trabajos no sean tomados en serio, pero no sé por qué creo que intuyen el futuro de la humanidad”.

Goethe: Morpion: «es capaz de resucitar a los muertos y desafiar al mismísimo Dios».
No hay precisión sobre la fecha de nacimiento, que habría ocurrido en la primera década de 1800, tal vez en el puente de Avignon, cuando los dolores del parto acorralaron a su madre mientras lo atravesaba. Su precocidad llamó rápidamente la atención. A los seis años, un poema le hizo una zancadilla a su imberbe creatividad y cayó de bruces en el mundo de las letras, según su biógrafo François Pichrochole, aunque hay dudas acerca de esta primera incursión.
Su primera escaramuza, escrita al despertar de la adolescencia, se titula “A la pucha con la niñez”, donde se refiere a la educación de la época, empuñando -seguramente, sin saberlo- los postulados de Marivaux, dramaturgo del siglo XVIII, que inauguró la corriente llamada “Marivaudage”. Es decir que los sintagmas de su personalidad comenzaron a configurarse en este “homúnculo”, como después bautizó a su primera insurrección literaria.
“No dejéis hablar a la muerte/ poned la fe en la esperanza/ haced de cuenta que los padres/ son intrusos que miran de perfil/ nuestro futuro/ aparentando lo que son/ y quieren que seamos./ El día que los padres/ sean perfectos/ los hijos aplaudiremos”.
Esa fue la no tan juvenil parábola de Morpion que luego llamó la atención de Freud, a quien lo unió una amistad generosa.
Las crónicas sociales lo hacen contraer matrimonio con mademoiselle Mesaline Marie Kaczmarek, doncella polaca de católicos bienes, a quien dedica unas líneas en su novela “No todo es como se cree que es”, editada por Louis Bataillon, en la que Morpion divaga sobre la absurdidad de la existencia. En ese sentido, se anticipa a lo que Sartre y Camus -primero fue Roberto Arlt- plantearon a finales de la primera mitad del siglo XX.
“Si vosotros pensáis que todo cuanto os acontece en la vida es casual, puedo descifraros el misterio: lo absurdo está en cada hombre, así como lo ridículo. No hay nada más casual y absurdo que la existencia de sí mismo. Por lo tanto, no hay peor necedad que esconder los varios niveles de pelotudez en actitudes que son ajenas a nuestra voluntad, mas propias de esta sociedad”, escribe.
Según Pichrochole, Morpion padecía del síndrome, denominado en esa época, dispersión cerebral, propio de sujetos excesivamente imaginativos y distraídos. Tal vez este acertado desacierto fue el punto de partida de las polémicas acerca de su personalidad.
Su cáustico verbalismo encendió la ira de Flaubert, quien en sus “Correspondencias” (léase carta a Marie Henriette Potins) escribe:
“Usted habrá oído hablar, cara amiga, de los desbordes y extravagancias de Morpion, autor de execrable ensayo ‘De la hipocresía a la infamia’. Bueno, este coso criticó duramente a mi Bovary, ¿se da cuenta? Es inaceptable que este pobretón de ideas y aprendiz de literato ose ensuciar con su baba a mi Emma, quien lleva sobre su espalda toda la rebeldía que yo, particularmente, siento en esta sociedad, bastante falsa, por cierto. Le aconsejo, mi dulce Henriette, que desconecte sus orejas cuando lo escuche balar, haga de cuenta que Morpion no existe”.
Alrededor de 1830, Morpion funda “Le pet infernal”, su primer periódico, tribuna de polémicas, como la que sostuvo con Balzac, a quien acusó de “cochon bourgeois” y lo invitó a batirse a duelo. Don Honorée se agarró un sarpullido y desapareció de París por varias quincenas, sin dejar rastro ni olor, con una comezón pantagruélica. Desde su trinchera ataca sin descanso los excesos de la burguesía, llegando a llamar “imbécil” al rey Louis Philippe, quien rápidamente abofeteó la verborragia periodística, clausurándole el pasquín.
Lejos de desalentarse Morpion siguió inyectando caos a su vida. Durante casi dos años, los parisinos tuvieron recreo de sus atropellos existenciales. Fue el tiempo necesario para que escribiera “De la contradicción a la paradoja”.
Allí da el puntapié filosófico de su obra, se plantea la relación existe entre el comportamiento del hombre con los animales. ¿El animal es animal porque no piensa? ¿El hombre es superior porque cree ser menos animal de lo que es? El perro sigue siendo perro, no se plantea ser hombre. Pero el ser humano se comporta muchas veces como una cucaracha, un alacrán o una víbora con el perdón por la ofensa a estos bichos.

“Si la meta de toda vida es la muerte, significa que esta conlleva un doble significado inherente en sí misma. Si se analizan las efectividades conducentes, se deduce que el binomio vida-muerte conforma un todo cerrado y no son elementos disociados. Tanto la creación, como la destrucción, pueden rastrearse en las intimidades de una persona, donde habitan las dos fuerzas ancestrales, aparte de otras cosas más. Todo está dicho en el dístico de Catulo: ‘Odi et amo’. En cuanto al instinto de conservación, se halla en contradicción con la hipótesis de que la vida instintiva sirve para llevar al individuo hacia la muerte. Habría que preguntarse entonces si ese instinto de conservación implica al mismo tiempo una empecinada autodestrucción, partiendo de los postulados socráticos”, escribe. Se dice que años después, inspirado en este libro, Freud escribió “Más allá del principio del placer”.
Morpion y Freud se habían conocido casualmente en las afueras de un mercado napolitano, ocasión en que el escuchimizado literato le lanzaba hirientes insultos a un cochero que lo había atropellado. Espectador del hecho, el joven médico acudió en ayuda de Morpion, un reventón de juanetes le impedía caminar con normalidad. La amistad abrazó al escritor y al psiquiatra. Lo extraño -apunta Pichrochole- es que don Sigmund no lo citó en sus obras ni en su correspondencia.
La crónica social lo hace renacer en París en los primeros años de la década de 1830, anunciando su nuevo delito conyugal; la afortunada –o desafortunada- era Charlotte Marie Coquinette, a quien dedicará ardientes y obscenos versos de amor. Sin duda, con esta belleza de “sensuales modales y españolas caderas” logrará su graduación en la carrera de la pasión.
En 1840, el periodismo lo embosca y funda “Le morpion dans la soupe” que sobrevive casi un año. Acusa a Louis Philippe de tirano, y remarca en varias oportunidades las pocas luces del monarca. “En verdad, Louis Philippe, sois corto de frente como de entendedera, ancho de vientre como de nalgas, bajo de estatura como de espíritu, comilón como piojo de peluca. Vuestra imbecilidad es tan vasta que prestáis lugar en ella a toda la nobleza francesa”. Luego de haber regurgitado estas linduras, Inglaterra le dio asilo junto a su amada Charlotte, donde vieron la luz cuatro changuitos, uno de ellos tartamudo. El rey juró despedazar al literato. A buen entendedor pocas palabras. Morpion ancló en Londres hasta 1850.
En esos años -según Pichrochole-, ChPh se dedicó por un tiempo al comercio de caracoles y ostras, pero la pluma nunca lo abandonó. En “Vengo desde el olvido”, ensayo nostálgico que data de esos años, comienzan a perfilarse los aires de escepticismo que poblarán sus escritos posteriores. Una lectura aparte merece su “Vademécum”, aguda sátira contra los médicos que dedicará a Rabelais.
Hay un período de su vida que permanece en el silencio. Su biógrafo comenta que en el verano de 1850, ChPh se radica con su familia en Marsella. Se sabe que alrededor de 1879 viaja a Ancona a cobrar una herencia y permanece allí con su primogénito durante un año. Pocos trabajos se le conocen en sus últimos años.
El dramaturgo y augur Jean-Luc Conard asegura haber leído una obra magistral titulada “De las apócrifas trapacerías de Ch. Ph. Morpion”. Pichrochole supone que el libro de tono biográfico, fue escrito en los últimos insomnios del autor, sorprendido por la muerte en un burdel, adonde fue a asistirlo un cura antes de su adiós. Este lo conminó a que se arrepintiera de sus pecados, especialmente, del más grave: ser ateo. Morpion le pidió que se acercara y murmuró en el eclesiástico oído: “Je n’ existe pas, monsieur le curé”.

