por Jorge Eliécer Triviño Rincón
Tonatiuh—, sacerdote, astrólogo y poeta—, se había alejado de la multitud, después de ver con sus propios ojos, que Moctezuma había vestido a Hernán Cortés como si fuera su Dios Quetzalcóatl.
¿Cómo era posible que se hubiera engañado con la presencia de ese hombre de hierro, y en quien se transparentaba en sus ojos la codicia?
Su ser interior no lo había engañado jamás, y ésta no sería la excepción.
Se encaminó hasta un lugar alejado de la ciudad. La noche le sorprendió con inusual negrura.
Acongojado por el funesto futuro que podía vislumbrar para su comunidad, llegó hasta las inmediaciones de una elevada roca, y se acomodó para dar descanso a su fatigado cuerpo.
Un búho estaba apostado en un árbol, ululando con insistencia; sin embargo, el sueño le venció.
Entró en un estado profundo de somnolencia, y al arrullo de los cantos de los grillos, e iluminado por decenas de luciérnagas, entró en trance.
En su trance, vio la imagen de Orión apuntando hacia Leo. ¿Orión representaba, acaso al hombre de hierro? ¿Y la constelación de Leo, a Moctezuma?
Vio luego ríos de sangre y sintió el hedor, e inmediatamente, vapores oscuros cubriendo todo el valle y llantos y dolor y angustia.
El sudor bañaba su cuerpo de pies a cabeza. Temblaba, y sus labios se abrían intermitentemente.
Balbuceó algunos monosílabos, y de pronto se encontró caminando como si fuese un errante.
El día lo sorprendió con tal luminosidad, que le hería las pupilas. Decidió descansar un poco, pero de nuevo se quedó dormido en una hojarasca.
El sol canicular le despertó. El canto de una bandada de pájaros, reconfortó su adolorida alma.
Pensó en volver a su pueblo, para alertar del peligro que corrían. Apresurado, avanzó para encontrar a alguien a quien contar de su presentimiento.

Mientras se dirigía a la población, el tiempo le parecía eterno. Un rumor, como el de un río en creciente, llegó hasta sus oídos.
No sabía de lo que ocurría, pero intuía que algo malo estaba por suceder.
Sus piernas empezaron a temblar y su corazón cambió de latido, hasta hacerse casi incontrolable.
Sus manos se tornaron más frías de lo acostumbrado. Parecía un loco caminando por las calles que conducían a la ciudad.
El rumor se fue acrecentando, hasta hacerse perceptible a sus deteriorados sentidos. Una muchedumbre se arremolinaba alrededor del palacio de su amado gobernante.
Gritó, pero su grito fue opacado por el vocerío reinante. Decenas de hombres y mujeres furibundos lanzaban piedras contra su soberano.
— ¡No lo hagan! —. Gritó—, pero el grito fue ahogado por la multitud desafiante.
Buscó la manera de impedir que el emperador fuera golpeado por una de aquellas rocas, siendo—, sin embargo—, alcanzado en la cabeza por una de ellas.
La sangre brotó a borbotones, tiñendo el suelo de color escarlata.
Algunos mercaderes que le conocían, se acercaron a auxiliarle.
—Están equivocados. El hombre de hierro no es Quetzalcóatl. Es un esbirro y en su corazón sólo hay codicia y maldad…
Nada pudo agregar, ya que el alma de su amado rey había expirado.
Entre tanto, el emperador Moctezuma, seguía siendo lapidado inmisericordemente por su pueblo.
Entonces sintió las heridas que había hecho a su pueblo y experimentó aún más dolor, hasta quedar inane ante la atónita vista de sus súbditos.
Y como si viese la verdad a través de un cristal transparente, en las pupilas de Tonatiuh, se dibujó la imagen de Orión apuntando a la constelación de León.
El pueblo—, en su ignominia—, jamás entendió cuánto arrepentimiento y cuánta comprensión había en el corazón de su monarca antes de morir.

