El Carnaval Andino: El latido que la literatura no deja olvidar

Por María Fernanda Rossi

El Carnaval en el Norte no es solo una fecha en el calendario; es un estado de la memoria. Cuando llega febrero, el aire de Salta cambia.

Se percibe en el aroma de la albahaca que empieza a poblar los mercados y en ese sutil repique de cajas que, de repente, parece brotar de la misma tierra.

Pero el carnaval en soledad no sería carnaval. Esta fiesta es, ante todo, encuentro y comunidad. Por eso, para esta columna, invité a dos grandes amigos salteños, referentes de nuestra literatura y guardianes de nuestra identidad: Hilda Guzmán y José Cantero Verni. Junto a ellos, buscamos desandar qué sucede cuando la música se apaga y el Pujllay vuelve a su entierro. Allí es donde aparece la palabra para rescatar lo vivido.

Hilda Guzmán y su personaje «La Adolfina»
La memoria en la piel: La voz de Hilda Guzmán

Para Hilda, el carnaval es un refugio de identidad. En sus versos, la carpa no es solo un lugar físico, sino un espacio de libertad absoluta donde «se baila con el compás de la música fiestera». Ella nos invita a mirar el carnaval desde la raíz, desde la nostalgia de esas carpas con piso de tierra y el juego del agua florida. Su voz representa la memoria viva de un pueblo que canta para no olvidar quién es; es la picardía que no reconoce el paso del tiempo y la autoridad de quien ha vivido la fiesta en su esencia más pura.

«En la carpa divertida

se baila con el compás

de la música fiestera

que regala el carnaval» (Hilda Guzmán)

El ritmo del «Arranca penas»: La voz de José Cantero Verni

Por otro lado, José nos sumerge en el movimiento y el color. Su poesía es el corso mismo; es el brillo de las lentejuelas y el «tan-tan» de los tambores que nos sacuden el alma desde adentro. Él bautiza al carnaval como el «Arranca penas», ese personaje místico que llega para ahuyentar las tristezas sin más armas que el júbilo y la serpentina. Su obra es un recordatorio de que la literatura también es celebración, es ritmo y es ese beso que se puebla en el aire al paso de las comparsas.

Cada reina en el desfile

puebla el aire con sus besos,

con rumor de cascabeles

que en la sangre van latiendo. (José Cantero Verni)

Editado por Juana Manuela Editorial
El mito y el perdón

Y en esa danza entre la nostalgia y la alegría, aparece el mito. El Carnaval es desenfreno, sí, pero también es un rito de perdón profundo. Es el encuentro de Pujllay con Ch’aya, es el rocío que consuela la soledad y la promesa de que, cada año, tenemos la oportunidad de volver a empezar, de desenterrar nuestra esencia y de abrazar nuestra fragilidad bajo el disfraz.

Escribimos sobre el Carnaval porque los libros son los «mojones» donde guardamos el sentimiento de un pueblo.

«Fue entonces cuando el cielo se compadeció de su llanto. Ch’aya, que se había fundido con la inmensidad del Hanan Pacha, regresó convertida en un rocío fino y persistente para mojar la frente del soberbio amante. Dicen que por eso, cada vez que desenterramos al Pujllay, el rocío es más fuerte: es el abrazo eterno de dos almas que solo en febrero se vuelven a encontrar.» (El desenfreno de Pujllay – Versión libre de una leyenda diaguita-calchaqui. Duermevela, María Fernanda Rossi)


Mis amigos escritores, presentes en esta nota

Hilda Guzmán: Maestra y poeta salteña. Con una sensibilidad única para rescatar las costumbres de antaño, Hilda ha dedicado gran parte de su obra a documentar a través de la copla y la narrativa vivencial el sentir del pueblo calchaquí y la vida en las carpas tradicionales. Su palabra es puente entre las generaciones y custodia del folclore vivo.

José Cantero Verni: Prolífico escritor y poeta salteño, reconocido por su capacidad para imprimir ritmo y musicalidad a la palabra escrita. Autor de numerosas obras que exploran el paisaje y los personajes de nuestra tierra, José es un referente indiscutido cuando se trata de narrar la alegría de los corsos, las murgas y el espíritu festivo del «Arranca penas» que define al febrero salteño.

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