Por Olivier Pascalin
Un manifiesto para bien empezar 2026 sobre el silencio activo, no como una ausencia de sonido, sino como una plenitud de ser.
Es la transición del ruido exterior al «ruido blanco» del alma, donde finalmente se puede escuchar la frecuencia de lo sagrado. Continuando con esta idea de atrevernos a guardar silencio, ese silencio que ofrece una contradicción impactante en nuestro mundo ajetreado, ruidoso y turbulento. Es, en realidad, la manifestación de la presencia más intensa: la presencia a uno mismo.
Porque esta es la clave definitiva. La clave de la aventura interior que nos conecta con lo divino, con las fuerzas cósmicas, permitiéndonos definir el verdadero propósito de nuestras vidas y los medios más adecuados para alcanzarlo sin traicionar el orden del mundo ni sus leyes. Si el mundo moderno opera bajo la dictadura de lo inmediato y lo estridente, el silencio es el acto de rebeldía metafísica más puro. No es un vacío que se deba llenar, sino un espacio que se debe habitar. Al callar la voz externa, permitimos que el «yo» superficial se disuelva, dejando paso a ese observador silencioso que no juzga, sino que comprende.
Esa conexión con las fuerzas cósmicas de la que hablo no es una abstracción poética; es una alineación técnica. Cuando logramos ese estado de quietud la Intuición se vuelve Estrategia. Al dejar de reaccionar al caos, empezamos a responder desde nuestra esencia. El propósito no se «inventa», se descubre en el fondo del silencio.

El propósito no se «inventa», se descubre en el fondo del silencio.
La Ética de la No-Traición
Al comprender las leyes universales (causa y efecto, equilibrio, impermanencia), nuestras acciones dejan de ser impulsivas. Aprendemos a movernos con el flujo del mundo, no en su contra. Es la diferencia entre remar contra la corriente y desplegar las velas con el viento a favor.
La verdadera aventura interior no nos aísla para siempre, sino que nos devuelve al mundo transformados. El silencio nos otorga una autoridad tranquila. Quien ha dominado su propio silencio ya no necesita gritar para ser escuchado, ni correr para llegar a tiempo; su sola presencia se convierte en un centro de gravedad para los demás.
«El silencio es el lenguaje que Dios habla; todo lo demás es una mala traducción.»
Al profundizar en esa aventura espiritual interior, la conexión con lo divino deja de ser una creencia intelectual para convertirse en una experiencia biológica y espiritual.
Si aceptamos que el universo se rige por leyes sutiles y constantes, el ruido humano es, en esencia, una interferencia. Mi idea de la «presencia intensa» invita a sugerir que lo divino no nos habla con palabras, sino con resonancias.
La disolución del ego
En el silencio absoluto, las etiquetas (nombre, profesión, miedos) se desvanecen. Lo que queda es la «chispa» original. Al reconocer esa chispa en nosotros, reconocemos la misma sustancia en el cosmos. Es el concepto de Atman (el alma individual) siendo igual a Brahman (la realidad universal).
En la aventura interior, la intuición no, y para nada es, una corazonada azarosa, sino la traducción de la voluntad divina en nuestra mente consciente. Cuando nos alineamos con las fuerzas cósmicas, nuestras decisiones parecen «guiadas».
No traicionamos el orden del mundo porque empezamos a actuar desde una comprensión de la Interconectividad. Entendemos que dañar al otro o nuestro entorno natural es, literalmente, dañarnos a nosotros mismos, pues compartimos la misma fuente.
Mencioné la importancia de definir un «verdadero propósito» que no traicione las leyes universales porque esto sugiere que cada vida tiene una trayectoria óptima (lo que los antiguos llamaban Dharma). Cuando la aventura interior nos conecta con lo divino, el mundo exterior empieza a responder. Las puertas se abren y los medios adecuados aparecen.
Para alcanzar este estado, el precio es el silencio.
Debemos sacrificar la necesidad del ego de tener siempre la razón o de estar constantemente estimulado, para permitir que la estructura armónica del universo dicte el siguiente paso.
Lo divino, en este contexto, no es un juez externo, sino el Orden Implícito (como diría el físico David Bohm). Al entrar en nosotros mismos, no nos alejamos de la realidad, sino que bajamos a los cimientos de la misma. Es allí donde el «yo» y el «todo» se encuentran.
»No eres una gota en el océano; eres el océano entero en una gota.» — Rumi.
Al concebirlo como una fuerza creativa, transformamos el silencio en un taller de arquitectura vital. La aventura interior deja de ser una huida de la realidad para convertirse en la fase de diseño de nuestras acciones en el mundo.
Esta perspectiva sugiere que no somos meros espectadores de lo divino, sino sus co-creadores. Esa fuerza se manifiesta en la construcción de nuestra realidad.
Si el universo fue creado a partir de una palabra o un sonido primordial, el silencio es el vacío necesario para que esa palabra resuene. Al callar el ruido del mundo, permitimos que la «Idea Pura» se asiente.
Construir desde el ego es como construir sobre arena: es ruidoso y efímero.
Construir desde la conexión divina es como tallar en la piedra de las leyes cósmicas: es silencioso, pero permanente.

