Por Carlos Boidi

Apenas si se reconocen en la transparente edad.
Para el resto de la gente son invisibles.
En la calle, en el colectivo, o en cualquier otro lado,
pareciera que no existen.
Se visten de mil colores o van desnudos,
da lo mismo, nadie los ve.
Ellos han traspasado el espejo, sin romperlo aún,
y llegan con el mismo paso tambaleante y los ojos fijos,
como buscando
lo que han dejado de su última imagen.
Algunos de ellos hacen tonterías que antes
no se permitían: tocan los timbres de casas ajenas
y se dan a la fuga, o salen sin pagar con algún turrón del supermercado, riendo, y buscando la mirada cómplice a la inocente travesura.
Pero como ya se dijo, nadie los ve. Apenas si entre ellos se
reconocen por la mensual llegada a la puerta del banco,
con el cuerpo octogenario subido a un andamiaje de
bastones y ruedas. Y si lo haecn, es solo para preguntar:
¿Quién de nosotros, hoy rompió su espejo?

