Por María Fernanda Rossi – La Pluma Viajera
Érase una vez… el momento exacto en que comprendimos que el mayor lujo del mundo moderno no se compra con dinero, sino que se respira en la quietud de nuestra propia tierra.
Entre un viaje y el próximo, elegí regalarme un remanso de soledad rodeada de naturaleza. En esta pausa necesaria antes de volver a armar la mochila, me quedé masticando una certeza. Vivimos en un mundo que sufre de una profunda fatiga de ruido. Buscamos el bienestar en fórmulas complejas, sin darnos cuenta de que al volver a nosotros y habitar nuestro silencio, nos encontramos con un recurso sagrado. En el mapa de nuestra identidad, el silencio no es la ausencia de sonido; es una materia prima sumamente valiosa.
Por eso hoy apago el runrún del día, me cebo un mate y arrimo un banquito al fogón para conversar con un viejo y esquivo maestro: El Silencio.
Entrevista a lo invisible: El Silencio
“Te tuvimos miedo porque nos enseñaron a llenar cada espacio con ruido. Pero te descubrí habitado, nítido, esperando pacientemente a que callemos la mente para tomar la palabra.”
Yo: Bienvenido al fogón. Te confieso que a veces nos cuesta recibirte. Vivimos apurados, queriendo mostrar y decir todo el tiempo, como si el que no grita no existiera. ¿Por qué te dejas encontrar tan poco en el barullo de las ciudades?
El Silencio: (Me sonríe con la pausa justa, esa que no incomoda, sino que abraza) No soy yo el que se esconde, Fer. El ruido del mundo es una venda en los oídos del alma. Quienes hoy viajan buscando sanar, buscando bienestar, no necesitan más estímulos; necesitan un refugio. Yo no soy un vacío. Soy textura, soy el viento que mece las cañas, soy el espacio donde el caminante finalmente puede descansar y mirarse de frente. Soy, aunque el mercado lo olvide, la materia prima más cotizada de este tiempo.
Yo: ¿Materia prima? Es difícil imaginar al silencio como un recurso. Como el material a ofrecer en un emprendimiento. Pero tenes razón, muchas veces los que viven en las ciudades huyen al campo a buscar esa calma y silencio que no encuentran aunque lo busquen con desesperación.
El Silencio: (El fuego chisporrotea, dándole relieve a sus palabras) Es que no soy un objeto que se pueda fabricar; soy un espacio que protege. El ser humano del asfalto está sediento de mí porque el barullo externo lo ha colmado por dentro. Cuando huyen hacia la calma de la naturaleza, no buscan la nada; buscan lo que brota cuando el ruido se apaga: el ritmo de su propio latido, la memoria de su historia y la templanza de la tierra. Soy la materia prima de la restauración porque en mis pausas nace todo lo que es verdadero. Quien aprende a custodiarme y a ofrecer mi calma, no está entregando un vacío; está regalando un espejo nítido para que el otro, al fin, pueda volver a encontrarse consigo mismo.
Elegí escuchar al Silencio y me trajo una profunda paz. Comprendí que no tenemos que salir a inventar ruidos ajenos para valer; el valor ya está en la raíz y en la maravillosa tranquilidad que somos capaces de sostener y ofrecer.
Mientras el solcito cálido del invierno salteño acaricia la mañana y riega el paisaje con sus motas doradas, guardo esta charla en mi bitácora, me cebo otro matecito con la mente en calma. Que la semana nos encuentre listos para apagar el ruido de afuera y encender la verdad que habita adentro.
“Ningún ruido prospera donde la identidad decide habitar su propio silencio.”
