México: Conferencias, reencuentros y la vida que nos dio cátedra

Crónica de viaje

Por Lucila Moro

México, entre conferencias, reencuentros y libros que sanan

No fuimos a México de turistas. Fuimos invitados por varias Universidades a dar conferencias sobre adultos mayores, sobre cómo cuidar el cuerpo y el alma cuando el calendario suma estaciones. Pero México nos cambió los roles: llegamos como expositores y nos volvimos alumnos.

La ruta que nos enseñó

Aterrizamos en Cancún y desde ahí desandamos Yucatán: Valladolid, con su plaza que huele a marquesitas; Cobá, donde la selva te mide el respeto en cada escalón; Mérida, tan blanca y tan trova; Isla Mujeres, para entender que la prisa es optativa; Tulum, donde las ruinas cuidan el mar como abuelas en la ventana; y Playa del Carmen, que ruge en la Quinta pero susurra en las calles de atrás.

Llevamos en la valija tres libros:

  • El tren de mi vida y La vida por vivir (de mi autoría), páginas que hablan de estaciones, de vínculos y de ese coraje que se necesita para seguir subiendo al vagón aunque el paisaje cambie.
  • Crónicas musicales y Le chat de París (de Olivier Pascalin), donde la medicina se mezcla con pentagramas y callejones parisinos, porque el cuerpo también se cura con una melodía y con un gato que te mira sin juzgar.

Anécdotas que no entran en un paper académico

Valladolid: Danzón y “El tren de mi vida”

Doña Tere, 79 años, me sacó a bailar después de la charla. Yo, duro como clase de anatomía. —Mijo, la vida es como un tren —me dijo mientras marcaba el paso—. A veces te toca subir con bastón, pero lo importante es no bajarte. Esa noche Lucila le regaló El tren de mi vida y lo leyó en voz alta. La mitad del centro cultural lloraba; la otra mitad pedía otra pieza de danzón.

Cobá: Subir con “La vida por vivir” en la mochila

Don Armando, 87 años, nos guió hasta Nohoch Mul. A mitad de pirámide quise rendirme. Él siguió, bastón en mano. Arriba me esperó con un termo. —¿Para qué sube, Don Armando? —Para decirle a mis nietos que el abuelo todavía tiene vida por vivir. Le dejamos el libro de Lucila. Dijo que lo iba a leer “despacito, como se suben las pirámides”.

Mérida: Apagón, Crónicas musicales y un velador

Se cortó la luz a los cinco minutos de la conferencia del Dr. Pascalin. Lucila prendió un velador y Olivier, sin micrófono, empezó a contar Crónicas musicales: cómo Chopin le bajaba la presión a sus pacientes. Una hora después volvió la luz. Nadie quería el PowerPoint. Todos querían saber qué música recetaba para la soledad. Los libros se vendieron todos y se firmaron a oscuras.

Isla Mujeres: Reencuentro, tequila y “Le chat de París”

Miguel y Elena, amigos de hace 20 años, nos esperaron con un carrito de golf y tequila a las 11 am. Brindamos frente al acantilado mientras Elena hojeaba Le chat de París y se reía: —Este gato parisino entiende más de vejez digna que medio congreso. Miguel manejaba como adolescente y soltó la frase del viaje: —A esta edad, el “¿y si…?” pesa más que el “¿por qué lo hice?”. Brindamos por los “¿y si…?” contestados.

Tulum: Alergia, ronchas y una doctora lectora

El ceviche me dio alergia y terminé en la posta. La doctora, 65 años, me inyectó, me retó y vio el libro Crónicas musicales en mi mochila. —¿Usted es el del doctor Pascalin? Gracias a ese libro le pongo Piaf a mis pacientes con Alzheimer. Y usted comiendo camarón sin preguntar… A ver si aprende. Me puso una pulsera: “Pregúntame mis alergias” y me pidió que le firmara el libro. La ciencia y la vergüenza, de la mano.

Playa del Carmen: Dominó, orgullo y el capítulo final

Don Beto, 91 años, me dejó ganarle al dominó el primer día. El segundo me pidió: —Déjese perder hoy. Estos viejos necesitamos creer que todavía le ganamos a alguien. Me dejé perder tres veces. Después me regaló un consejo: —La vida por vivir no se mide en años, mijo. Se mide en cuántas veces te dejás ganar para que otro sonría. Esa noche entendí el título de Lucila mejor que nunca.

Lo que trajimos de vuelta

Menos ejemplares en la valija, más historias. Menos voz de tanto hablar, más ganas de escuchar. México nos confirmó que cuidar el cuerpo es moverse, comer real, dormir y chequearse. Pero cuidar la vida es subirse al tren aunque te duela la rodilla, es tener música para los días nublados y es brindar con amigos porque el “¿y si…?” todavía late.

Fuimos a presentar El tren de mi vida, La vida por vivir, Crónicas musicales y Le chat de París. También dimos una clase magistral de danzas donde unimos sentimientos y expresión, cuidando cada cuerpo con cada movimiento.

Volvimos con un libro nuevo, escrito a muchas manos, con olor a mar, a selva y a tequila. Se llama: La vida, cuando te la enseñan los que ya la vivieron.

Continuará…

Publicado por vickylm57

Soy docente prof.de Educacion Fisica. Prof de Educación Especial. Prof Emerita de Danzas Cid Unesco Francia Escritora y autora de varios libros. Investigadora en Envejecimiento y cuidados del cuerpo, dictando conferencias, seminarios y clases magistrales dentro y fuera del País.

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