“Cuando llegue la sagrada luz del día…”(Hesíodo, Los trabajos y los días, v. 339)

Sobre Las lecturas y los días de Liliana Bellone

Por Marcela Coria

Pháos

Los antiguos griegos tenían un rico léxico asociado a la luz. En el verso que encabeza estas líneas, Hesíodo emplea el término pháos (contracto phôs), que es el más frecuente y significa “luz” pero especialmente, y en su sentido primario, “luz del día”, como es ya empleado por Homero (Odisea, XXIII, 371).

De acuerdo con el diccionario de Liddell-Scott-Jones, otras palabras pertenecientes a este campo semántico son los sustantivos lýke (y amphilýke), “luz”, “alba”, “crepúsculo matutino”; lykóphos, “crepúsculo” (tanto del amanecer como del atardecer); y phéngos, “luz”, “esplendor”, “brillo”, también “luz del día” y, por extensión, “día”; los adjetivos leukós, “brillante” (dicho de la luz del sol), “luminoso”; y lamprós, “reluciente”, “radiante (de luz)”; y los verbos phéngo, “brillar” y phaíno, “venir a la luz”, “aparecer”, entre otras.

Esta abundancia no me parece casual.

En sus ciudades y poblados a orillas del mar, en esas accidentadas costas recortadas caprichosamente por la naturaleza, en esos promontorios consagrados a los dioses, en esos montes rocosos que los rodeaban, entre sus cultivos de cereales, vides y olivos, los griegos antiguos debieron de maravillarse ante el escenario que les ofrecía ese mundo mediterráneo bañado por la generosa luz del sol que no solo tornaba posible la vida sino que también les infundía la alegría de la vida.

Por eso, plenamente conscientes de la finitud y de la fragilidad de la existencia, de la fugacidad de la condición humana, valoraban, sobre todo, la luz del sol, dadora de vida, es más: sinónimo de vida, metáfora de la vida.

En efecto, en griego antiguo pháos, sobre todo entre los poetas, se emplea para aludir a la vida del hombre, ya desde Homero (Ilíada, XVIII, 61: pháos heelíoio, “luz del sol”). La luz de la vida es amada para los hombres; de allí que el adivino Tiresias se sorprenda de que Odiseo la abandone para visitar el mundo tenebroso de los muertos (Odisea, XI, 92-94).

En Los trabajos y los días, Hesíodo también emplea esta metáfora tan significativa; en la sección dedicada al mito de las Edades, y en relación con la tercera raza de hombres creada por Zeus padre, los belicosos y soberbios hombres de la Edad del Bronce, leemos que “aunque eran temibles, se apoderó de ellos la negra muerte y abandonaron la brillante luz del sol (lampròn pháos heelíoio)” (vv. 154-155). Ya en época clásica, la metáfora es una de las más reiteradas en el corpus trágico, por ejemplo, en Helena de Eurípides, cuando la bella hija de Zeus se pregunta si su esposo “ve la luz, la cuadriga de Helio, el curso de los astros, o, bajo tierra, entre los muertos, padece prolongada desdicha (o “destino”, “suerte inevitable”, týkhe)” (vv. 340-346). Poder ver la luz del sol, pero también la de las estrellas que pueblan el cielo nocturno, formadas por las gotas de leche de Hera, es un privilegio teniendo en cuenta la fragilidad de la existencia. Por eso, en tanto metáfora de la vida, la luz del día, como nos dice Hesíodo, es “sagrada” (hierón): nada hay más amable que la vida.

Me gusta pensar que ese escenario tan rico en colores y formas en el que vivían los griegos antiguos fue lo que les inculcó este amor inquebrantable por la vida, y también su reverso: el aborrecimiento por el oscuro reino subterráneo de los muertos.

Las lecturas y los días

En Las lecturas y los días, último libro de la escritora Liliana Bellone, resuenan, aquí y allá, los ecos del inmortal poeta beocio y su poema didáctico dedicado a su necio hermano Perses, que ha despilfarrado el patrimonio familiar y se rehúsa a trabajar para ganar su sustento.

En mi lectura, la imagen más poderosa que liga este poemario con la obra de Hesíodo es, precisamente, la de la luz, la luz del día, la luz del sol, esa que ven quienes disfrutan del vivir, o sea, los seres de un día. Ya sea la luz de las estrellas, como en “Astillas de luz”; la luz de Venus en “Hermana”; la Aurora que corona al Minotauro en “Divinidades” (y evoca los vv. 578-580 de Los trabajos y los días, en los que éos, la palabra griega para “Aurora”, la de rosados dedos, se repite al comienzo de los tres versos); la luz que ilumina la casa, como en “De la claridad” o la lámpara que ilumina el alabastro en “Retrato” o la luz de la vela que alumbra a la lectora enamorada en “Novela”; el rayo de luz que hace perder el deseo en “Jubileo”; la luz que ilumina a los ángeles de la mañana de agosto y se posa en los vitrales en “Haz de luz” o la luz que invade la capilla en “Niña”; el sol de los días de octubre en “Rosa de nieve” o el de las mañanas en “Habla la abuela” o el que inaugura el día en “El sol que ilumina la isla” o el “sol / de los veranos” de “Epitafio” o la luz del crepúsculo castellano cantado por Antonio Machado en “Cuando huye el día”; la luna de verano en “Las lecturas y los días” y “Noviembre” o la libélula y la “reina nocturna (La luna)” de “Sueño diurno y sueño nocturno”; o la lámpara de la poesía en “Sitio”, todo el poemario está inundado por la luz, la luz de la vida en sus múltiples formas.

Como los griegos, Bellone sabe bien que todos los hombres disfrutan de ver la luz (Eurípides, Orestes, 1523), pero sobre todo cuando son jóvenes y no han tenido todavía tiempo suficiente de gozar lo suficiente de ella. Por eso, la doncella Ifigenia suplica a su padre para que no la sacrifique a la diosa Ártemis (Eurípides, Ifigenia en Áulide, 1218-1219): “No me destruyas demasiado joven (o “prematuramente”, áoros). Es dulce ver la luz; no me obligues a ver lo que está bajo la tierra”.

Tanto el verbo “disfrutar” (hédomai) del verso de Orestes como el adjetivo “dulce” (hedý) del verso de Ifigenia en Áulide comparten la misma raíz, que es la de hedoné, “placer”: ver la luz/vivir es una fuente de placer, irrepetible, porque la vida es única y no es posible nacer dos veces (Epicuro, Sentencias vaticanas, 14).

El dios de esta luz diurna tan querida para los efímeros mortales es nada menos que Zeus, el dios supremo del Olimpo. Así lo demuestra su etimología, que está en la base de la palabra latina dies, “día”. Así, Zeus es el dios del cielo iluminado, de la luz, y así se lo conoció no solo en griego sino también en sánscrito, en itálico e incluso en hitita (Chantraine); Zeus “dador de luz” (phanaîos, adjetivo de la misma raíz de phaíno), lo llama el coro de la tragedia Reso, atribuida a Eurípides (v. 355).

Por eso, la muerte es omnipresente en Las lecturas y los días. Pero sobre todo una muerte en particular, aquella sobre la que los griegos también reflexionaron ya desde los albores de la poesía que ha llegado hasta nosotros: la muerte en la juventud, como la de Aquiles y tantos otros.

Pero la acción de ver la luz del día no podría valorarse lo suficiente si no existiera –como también sabían los griegos, y Bellone que abreva de ellos– su contracara, su reverso: la oscuridad, la sombra, la muerte, las tinieblas de la morada de Hades, lo que está bajo la tierra, eso que la joven Ifigenia no quiere ver.

La Ilíada es el poema del destino trágico del Pélida; por supuesto, no termina con la muerte del héroe, pero esta muerte está implícita en cada uno de sus versos, desde la disputa entre él y Agamenón hasta los funerales de Patroclo y de Héctor. En el poemario de Bellone, esa vida truncada pertenece a “Delfina la más joven” en “Novela”; a Nannie en “Epitafios” y “Nannie” (“Acá está la tumba de mármol de Nannie / hermosa niña”, “la más bella / criatura del siglo”); a la “hermana Máxima” en “Niña”; a Fanny H. en el poema homónimo; a Lía en “El carruaje”. Resuenan aquí los versos de otro poeta griego, pero más cercano en el tiempo a nosotros: Kavafis, y en especial esos versos en los se deplora la muerte de muchachos en la flor de su juventud, como “Deseos”, “Bellas flores blancas que iban muy bien”, “Cimón, hijo de Learco, de veintidós años, estudiante de literatura griega (en Cierene)” y “A Amones, muerto a los veintinueve años, en 610”, entre otros.

Pero, en sentido estricto, más que los jóvenes muertos, la muerta por excelencia en el poemario de Bellone es la juventud en sí: esa juventud marchita, desvanecida, ida para siempre a causa del inexorable y cruel paso del tiempo, otra idea recurrente en estos poemas y que también remite al sucederse de los días y las estaciones del poema hesiódico. La vejez que se adueña de los cuerpos en “Astillas de luz”; la joven que envejece esperando ese “amor / que murió como mueren todos” y, a diferencia de Odiseo, “nunca volvió”, en “Novela”; el yo poético que se resiste a morir hablando de su juventud en “Habla la abuela”; la princesa que verá el fin de su juventud en “Quiosco de Malaquita”. La juventud es ese “esplendoroso tiempo” (“Viento de febrero”) fugaz que, inevitablemente, conduce a la muerte, esa “larga / y a veces desvanecida / espera” (“Habla la abuela”) en la que se diluye el ser, en la que es posible experimentar “la aventura / de no ser” (“En-sueño”) en la que se concreta la aniquilación.

En Las lecturas y los días, como en poemarios anteriores de Bellone, los muertos, los que no pueden ver la luz del día pero cuya paz puede ser envidiada (“Mea culpa”), los que ya no son objeto de preocupación de nadie porque habitan la oscuridad del Hades (“En-sueño”), los que se rigen por la infalibilidad de Minos (“Hermana”), son una presencia inquietante: están en “Contemporáneos”, en “Epitafios”, en “Noviembre”, en “Cuando huye el día”.

Pero la vida es luz, esa luz que ilumina la juventud pero también la niñez, como la de la niña que disfruta de largos días en “La costura de Hortensia”; la que ya ha crecido en “Mea culpa”; la que oye relatos de cuando sus padres y abuelos eran jóvenes o recuerda a sus antepasados o evoca diálogos pasados en “Pasa el tiempo”, “Diciembre”, “Imagen”, “Epitafios”, “Habla la abuela”, “Noviembre” y “Viento de febrero”; la que quiere jugar con su prima en “Octubre”; la que es urgida a ver los peces y las nubes en “Niña”.

El tiempo perdido para siempre que aparecía en ambas Trilogías poéticas de Bellone está aquí también, con su presencia ineluctable. El tiempo pasa y las generaciones de los hombres se suceden como las de las hojas, según la célebre imagen homérica (Ilíada, VI, 145-149), y el tiempo es a la vez lineal y cíclico, y lo mismo experimentan las distintas generaciones: “así fue con María tu bisabuela / y con tu tatarabuela también” (“Habla la abuela”). El tiempo desemboca en el silencio (“Niña”), en las tumbas de mármol (“Nannie”), en las lápidas (“Sueño diurno y sueño nocturno”), en los cipreses (“Sitio”), en la muerte (“Hermana”). Y así como el tiempo huye, fluye, y los días mueren en los crepúsculos amados por los dioses (“Cuando huye el día”), las lecturas también se suceden en este libro de Bellone.

Aquí están el poeta que mejor que nadie cantó lo efímero de la vida, Jorge Manrique (“Viento de febrero”); el poeta que tuvo que abandonar su querida Castilla para morir en suelo extranjero, Antonio Machado (“Cuando huye el día”, “El sol ilumina la isla”); el poeta que puso fin a su vida, Leopoldo Lugones (“Las lecturas y los días”); el poeta voluptuoso que terminó sus días consumido por la enfermedad, Paul Verlaine (“Niña”); los poetas bucólicos innominados que cantaban a la juventud de sus Cloris, Silvias y Doris (“Pasa el tiempo”). La catábasis es inevitable.

Hay que pasar por la oscuridad, como lo hizo Odiseo, para poder apreciar mejor la luz que nos inunda cada día. Hay que atravesar la noche para que vuelva a encenderse la luz vital. Hay que conocer a Hades para disfrutar de Zeus.

El poema final de Las lecturas y los días presenta la epifanía de esa luz que alumbra el pasado y el presente, y que solo puede traer la poesía:

“en el patio / merodeaste y entraste con tu lámpara / no como el vendaval / entraste como la brisa / entraste como el recuerdo / de otras tardes” (“Sitio”).

Las lecturas iluminan el camino, como la lámpara del viejo ermitaño que camina solitario en la artística carta; los días nos traen su luz, recordándonos que cada uno de ellos es único y podría ser el último, lo que, en lugar de desesperación y angustia, produce un goce inefable para quienes tienen plena conciencia de la condición mortal.

Como dice el verso de Hesíoso, la luz llega; la luz se impone, sobre todo, cuando contrasta con el fondo de prolongada oscuridad que promete la muerte.

Liliana Bellone nos extiende una invitación que no podemos rechazar, porque en definitiva constituye el gesto apotropaico por antonomasia: nos invita a que, “cuando llegue la sagrada luz del día”, disfrutemos de las lecturas y los días para conjurar la muerte y asistir a la apoteosis de la luz

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Marcela Coria es Licenciada en Letras y Doctora en Humanidades y Artes con mención en Filosofía, egresada de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. En la misma Facultad es docente en las cátedras Lengua Griega I y Lengua Griega II. Ha publicado traducciones del griego antiguo al español en Argentina y en España. Integra proyectos de investigación, participa como expositora en reuniones académicas de su especialidad y dicta charlas y cursos de extensión sobre temas de lengua y literatura griega y latina.

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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