El Levantamiento de las Polleras

Entrevista a Macacha Güemes

Por María Fernanda Rossi – La Pluma Viajera

Como de costumbre, salí a caminar, y sin darme cuenta, mi paseo me llevó al Monumento del General Martín Miguel de Güemes, a los pies del Cerro San Bernardo. Me senté en una de las piedras, frente a las escenas esculpidas de las tantas batallas del 1800. Saqué mi cuaderno y la pluma. En ese instante, el aire de Salta se volvió espeso. El ruido de los motores se transformó en un estrépito de cascos y espuelas; el asfalto cedió ante el polvo seco.

Mi pluma escribió: Salta, septiembre de 1821.

Martín Miguel de Güemes ha muerto hace apenas unos meses. La ciudad está en manos de la oligarquía local; los enemigos del caudillo se han aliado con el invasor realista para terminar con el «güemismo». Una mujer de rostro curtido y manos terrosas me arrastra hacia la Plaza  aMyor. tensión corta el aire. El gobernador Fernández Cornejo ha dado la orden de encarcelar a Macacha. Le temen a esta mujer que piensa y organiza el poder popular como ningún general.

Las Bomberas

Yo, la Pluma Viajera, soy testigo de una de las revueltas más poderosas, ejecutada por las Bomberas. Su jefa, Magdalena Güemes de Tejada, «Macacha», no era solo una estratega; era una jefa de inteligencia. Su red operaba desde el Mercado, escondiendo mensajes en dobladillos de polleras, huecos de árboles o amasados dentro del pan. Era una red silenciosa que movía los hilos de la Guerra Gaucha.

En las puertas del Cabildo, una mujer de la élite me desliza un paquete con panes mientras sonríe con timidez a un guardia. «No mires al frente. Mirá al suelo, como quien pide un favor al cielo«, me susurra. «Los guardias creen que somos solo ‘rezadoras’. No saben que el Milagro lo estamos gestando nosotras«.

La Capitana

La puerta de madera astillada cede con un gemido seco. Allí está ella. A sus 33 años, Macacha no parece una prisionera; es el Cabildo mismo. Su espalda forma una línea militar; su rostro es un mapa de carácter con la piel bronceada por el sol del norte. Pero son sus ojos de obsidiana los que me paralizan: están evaluando mi lealtad.

Miro sus manos: dedos toscos, marcados por el trabajo y el rastro del carbón con el que acababa de trazar la franja de luto en su poncho carmesí. Macacha toma el pan mensajero y una sonrisa se dibuja en su rostro al leer la clave.

«¿Buscan armas?» —susurra con un desdén que eriza la piel—. «La palabra, la unión y la lealtad son más letales que cualquier fusil. Deciles que bajen los fusiles. Deciles que si quieren mi libertad, no la pidan: que la exijan como una sola voz».

Lapachos en flor

Cuando salgo del Cabildo, el sol cae a plomo en la Plaza. Las campanas de la Catedral ya no llaman al rezo, llaman al combate. Las Bomberas rugen. Cientos de mujeres de todas las clases sociales, envueltas en mantos negros, sitian el Cabildo. No hay armas de fuego, hay un desborde de dignidad. Cuando las puertas ceden ante la marea de polleras, Macacha sale de la celda mostrando sus manos negras de carbón, alzadas como una bandera de victoria.

Es interesante ver el contraste entre esas mujeres y los lapachos rosados florecidos en la Plaza y en la serranía. Ellas florecen en el septiembre del Milagro, entre culto y rezos, como los capullos que estallan en las ramas de los lapachos, pero en su interior se va gestando el fruto duro y seco.

«Rosa por fuera, fruto duro por dentro».

Es la estética de la delicadeza puesta al servicio de la resistencia más cruda.

El mensaje en mi bitácora

La realidad se desdibuja. El olor a bosta retrocede ante el humo de los caños de escape de la Salta actual. Estoy de vuelta en el Monumento. Pero el papel ya no está en blanco. Unas palabras arden en mi bitácora:

«No busques la historia en el bronce de los monumentos, porque el bronce calla. Buscala en el silencio de las mujeres que, entre bollos de pan y dobladillos de polleras, tejimos la libertad de este suelo cuando los hombres ya habían dejado de creer.»

Y, escrito en clave, una advertencia final:

“Cuidado, las Bomberas están escuchando.”


Magdalena Güemes: La General de las Sombras

Permítanme presentarles a la mujer que hizo temblar al Cabildo en aquel septiembre de 1821. Hay que entender que Magdalena Güemes de Tejada no nació para el bordado, aunque sus manos supieran de sutilezas. Nació en la Salta de 1787, en un hogar donde la libertad se discutía en la mesa antes que en los libros.

Ella fue la estratega detrás del héroe. Mientras la historia oficial se encandila con el brillo del sable de su hermano Martín, el «fruto duro» de la resistencia lo custodiaba ella. Macacha no fue solo la hermana del caudillo; fue su ministra, su embajadora y su ojo clínico. Cuando Martín estaba en el frente, era ella quien desarmaba conspiraciones en los salones de la élite salteña. Tenía la capacidad de hablar el lenguaje de los doctores en leyes y, al mismo tiempo, entender el susurro de los descalzos.

El Pacto de los Cerrillos fue su gran obra maestra. Si Salta no se desangró en una guerra civil interna antes de tiempo, fue por ella. En 1816, medió entre su hermano y el General Rondeau, logrando el acuerdo. Sin él, el Congreso de Tucumán no hubiera tenido la paz necesaria para declarar la Independencia. Magdalena no disparó un fusil aquel día, pero salvó a una nación con la palabra.

La llamaron “la madre de los pobres”. Su apodo no era un adorno. Macacha despreció el privilegio de su apellido para meterse en los ranchos, en el mercado y en las misiones. De ahí nació su ejército invisible: las Bomberas. Ella sabía que una lavandera escuchaba más secretos que un espía, y que una vendedora de empanadas podía mover un mensaje militar mejor que un batallón.

Tras la muerte de Martín en junio de 1821, muchos pensaron que se retiraría a llorar en la penumbra. Se equivocaron. El dolor le afiló el ingenio. Fue en ese momento, con 33 años, cuando su figura se agigantó. Perseguida por la «Patria Nueva» —esa oligarquía que celebraba la muerte del caudillo—, terminó en la celda del Cabildo que hoy visitamos. Pero una mujer que ha pasado la vida tejiendo redes de lealtad no se queda presa por mucho tiempo.

Macacha vivió muchos años más, hasta los 78, viendo cómo la Salta que ella ayudó a parir cambiaba de piel. Murió un 7 de junio, el mismo día que hirieron a su hermano, como si el destino quisiera cerrar ese círculo de sangre y lealtad.

No fue una «dama patricia» de manual. Fue una mujer política en un tiempo que no permitía a las mujeres serlo. Fue la que entendió que la verdadera patria se construye con la verdad de los humildes y el coraje de los que no tienen nada que perder

Deja un comentario