Fogata en la cueva de los huesos

Entrevista a Juana Manuela Gorriti

Por María Fernanda Rossi -La Pluma Viajera

El frío de la noche cala los huesos mientras subimos hacia la cueva. El silencio solo es interrumpido por el roce de su vestido de seda contra las piedras del sendero. Al llegar, ella se acomoda frente a un fogón improvisado y me mira fijo.

Juana Manuela Gorriti no es la estatua de mármol que nos contaron; es una mujer de contrastes. Su elegancia de salón termina en unas botas salpicadas de barro seco, y en su brazo izquierdo, el brazalete de enfermera del Callao brilla bajo la luz de las llamas como una herida de guerra. Sus manos, finas pero firmes, conservan el rastro eterno de la tinta entre los dedos.

—¿Por qué me trajiste aquí, Juana? —le pregunto, mientras el aroma del primer mate nos envuelve.

—Porque este es mi lugar de reflexión, Pluma Viajera —responde con una voz que suena a viento de montaña—. En esta cueva, donde el padre de Rosa dejó morir a su amado, aprendí que las mujeres sobrevivimos alimentándonos de nuestras propias sombras.


El aroma amargo de la pérdida

—Tu travesía comenzó desde muy chica. ¿Cómo se transita el exilio y esa sensación de «Patria Perdida»?

—Era apenas una niña cuando partí. Aquel primer rumbo tuvo el aroma amargo de la pérdida. Aún hoy puedo evocar el perfume de las flores en el jardín de Horcones; nunca logré dejar de extrañar mi Salta. Para mí, el terruño no es un lugar, es un hambre de pertenencia que no se sacia jamás —asiente con pesadumbre, mientras sus ojos acerados otean el paisaje que se abre a nuestros pies.

—Te casaste joven y, al descubrir que tu esposo y vos iban por caminos diferentes, no dudaste en tomar el tuyo propio, incluso desafiando la condena social de la época.

—El amor tiene el dulzor de la miel y la acidez del limón, ¿no lo crees? —me lanza con una media sonrisa—. Quizás la miel fue el caudillo que vi en él; pero el limón se volvió desamor al descubrir que aquel hombre, acostumbrado a mandar ejércitos, no podía entender a una mujer que mandaba sobre sus propios pensamientos. Él buscaba una sombra, y yo era un incendio.

El amor tiene el dulzor de la miel y la acidez del limón


Un Estado Mayor en el salón

—Sin embargo, en Lima, la compañía de otras mujeres se convirtió en pura estrategia de salón.

—Es cierto —me susurra con risa cómplice—. Te confieso que mis veladas literarias eran mi verdadero Estado Mayor. Mientras los hombres discutían leyes, nosotras tejíamos la red de inteligencia más grande del continente. Cada poema leído era un parte de guerra encubierto.

—En una época donde la mirada estaba puesta en Europa, vos escribiste «La Quena» e invitaste a tus pares a un fogón compartido en «Cocina ecléctica».

—Así es —afirma mientras me alcanza un mate de sabor ahumado—. La cocina fue para mí como la escritura: tenía el fragor de las trincheras. Escribir o cocinar fue convertir el despojo en algo nutritivo. Escribí para que no me comiera el olvido, y cociné para que no nos ganara la muerte.


El pacto del cuajo y la memoria

Juana Manuela se pone de pie, sacude el polvo de su falda y me mira con una fraternidad que atraviesa los siglos. De mi mochila extraigo un pequeño paquete: un queso de cabra de San Lucas.

Nuestras costumbres y afectos son el cuajo que nos devuelve la consistencia

—¿Cómo se logra esta firmeza partiendo de algo tan fluido como la leche? —pregunta ella acariciando el queso.

—Igual que se logra la libertad, Juana: con el cuajo. El miedo nos deja desparramadas, sin forma. Pero nuestras costumbres y afectos son el cuajo que nos devuelve la consistencia.

Antes de desvanecerse en la penumbra, me entrega un papel escrito con trazos simples, a modo de despedida y mandato:

«Las mujeres solo somos libres cuando compartimos lo que sabemos cocinar y lo que nos atrevemos a soñar».


¿Quién fue Juana Manuela Gorriti? (1816 – 1892)

  • La hija del General: Nacida en la Hacienda de Horcones, Salta. Hija del general José Ignacio de Gorriti, mano derecha de Güemes.
  • La mujer del exilio: A los 15 años cruzó los Andes a lomo de mula, iniciando una vida de destierros por Bolivia, Perú y Buenos Aires.
  • La escritora indomable: Se separó del caudillo Manuel Isidoro Belzu y fundó las famosas «Veladas Literarias» en Lima.
  • Heroína de guerra: Trabajó como enfermera en la línea de fuego durante el combate del Callao (1866).
  • Su legado: Primera novelista argentina. Fue, es y será la madre de todas las narradoras que hoy habitamos el territorio.

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