Entre el Rugido del Mar y el Silencio de los Templarios
Por María Fernanda Rossi – La Pluma Viajera
Hay momentos donde mi brújula viajera se vuelve loca. Los puntos cardinales convencionales desaparecen y me veo obligada a sobrevolar tierras que no figuran en los mapas oficiales. Esta vez, el estruendo del agua y el viento huracanado me arrastran a un viaje hacia atrás: al Siglo XIV.
Aprieto fuerte mi pluma y el mate de algarrobo; me preparo para la zambullida. El choque de las olas contra el casco de madera suena como un trueno constante, un recordatorio de que aquí el océano es el único dueño absoluto. En la cubierta, el aire es denso, cargado de salitre. Escucho los pasos abatidos de hombres que caminan sin rumbo fijo; guerreros que ayer servían a Dios y hoy son fugitivos de la historia. Precediendo a la tormenta, el aire se vuelve eléctrico. La piel se me eriza y guardo el mate, que se enfría rápidamente ante la inminencia del temporal.
De pronto, un relámpago desgarra la inmensidad negra del cielo. La luz blanca ilumina la proa y me deja ver una silueta encorvada que se apoya en la borda: es el Capitán Guillaume de Lyon. No es solo la furia del clima lo que lo dobla; es el peso invisible de la Bula Papal Vox in Excelso, ese papel que con una firma disolvió su mundo y su fe.
El Capitán levanta la vista hacia la arboladura. Allí, en la punta del mástil, no ondea ninguna bandera; en su lugar, brota un fuego azul que no quema. Es el Fuego de San Telmo, vistiendo de melancolía la derrota de los Templarios. Para el resto del mundo, quizás es una señal de peligro; pero Guillaume sostiene su luz, la que le da calor interno, la que lo guía como una antorcha permanente, que se propone compartir y atizar para que no se apague.
Siento que me tocan el hombro: es Cristina Altobelli. Ella es la cronista de este naufragio espiritual, la mujer que se animó a navegar estas aguas para rescatar los fragmentos de La Orden. Observamos cómo el Capitán se dirige lentamente hacia su camarote. Nos escabullimos tras él y el olor a cera y tinta invade el recinto. Sobre el escritorio se ven varias plumas de ganso, algunas rotas por la mano febril que escribió letras apasionadas.

Guillaume de Lyon se sienta y comienza a escribir. Cristina me cuenta que el mar, para él, es un «refugio en tránsito». El Capitán no solo surca tempestades; navega su propia reconstrucción a través de dos textos: su Bitácora (la memoria colectiva de los Templarios) y «Mi Confesión», su libro secreto.
«Los libros lo ayudan a reconstruirse», explica Cristina. Y es que, cuando el mundo que conocés desaparece por decreto, solo la palabra escrita puede evitar que naufragues. La observo con admiración: ella no solo escribió una novela, rescató una vibración que la historia oficial intentó hundir.
Estamos en las aguas turbulentas del Mar Tenebroso, donde se creía que terminaba el mundo. La nave no tiene nombre, pero carga con el estigma de ser proscrita. Las olas gigantes nos catapultan o nos hacen caer a un vacío abismal. Miro con tristeza a este hombre tan aguerrido, ahora obligado a vivir en este vaivén de emociones. Le pregunto a Cristina por la soledad que exuda el alma de su protagonista. Guillaume se debate ante el amor. ¿Por qué le cuesta tanto permitirse sentir?
«Él siente que sus mandatos eran juramentos eternos», me dice. El capitán espera una señal superior que lo libere de sus cadenas e inseguridades. Es un hombre de batalla que, en la intimidad del sueño, pide expiación. El peso de la armadura, a veces, se lleva por dentro.
Volvemos a la cubierta. Se ve desierta; solo algunos trastos deambulan al compás del balanceo, chocando entre sí. Cristina recuerda el dolor que la atravesó durante su investigación al «comprobar la ambición desmedida de los poderes que no dudaron en fabricar pruebas para destruir a una sociedad avanzada como la de los Cátaros, con el fin de adueñarse de sus riquezas». Lo mismo que ocurrió luego con el Temple.
Como una nueva capitana, Cristina se dirige al puente de mando. «El timón quedó a cargo del deseo de Justicia, que seguirá siendo mi rumbo», afirma decidida. Ella no busca la épica de las espadas, sino la sabiduría fragmentada: los retazos que marcan la Ruta de Parsifal.

De pronto, un grito rompe el viento: “¡Tierra a la vista!”. Del camarote surge Guillaume de Lyon con su túnica blanca y la emblemática cruz roja en el pecho. Junto a Cristina, están listos para esta nueva cruzada literaria.
Le pregunto a la autora qué «tesoro» le gustaría que el lector encuentre al cerrar su libro.
Mi propósito sigue siendo develar misterios; que el lector concluya que las leyendas ocultan verdades que imploran ser descubiertas».
Desembarco mientras escucho las palabras de la escritora, secundada por su protagonista:
“Todo tiene un ciclo, a pesar del poderío que haya podido alcanzar”.
Ya en el muelle, busco agua caliente para cebar un mate y un fogón para entibiar mi pluma. Quién sabe a dónde me llevará este vuelo la próxima vez.
Sobre Cristina Altobelli

María Cristina Altobelli nació en la ciudad de Salta, Argentina. Su trayectoria es un viaje entre la literatura y el teatro. Tras vivir en distintos países, nutriéndose de experiencias y leyendas, publicó su libro de cuentos El Conjuro, cuya obra homónima fue interpretada por la reconocida directora Ana María Parodi. Como actriz, Cristina fue dirigida por Parodi en las obras “Descaradas” y “Mi otra voz”.
Su labor literaria ha sido galardonada con el Primer Premio del Concurso de Cuentos Homero Manzi (2000) y Mención Especial del Foro por la Memoria de Pompeya. Sus relatos integran antologías como Voces Cruzadas y Cabalgando Un Mundo de Cuentos. Hoy, impulsada por su pasión por develar misterios, presenta su novela La Ruta de Parsifal, una obra que entrelaza los viajes de vikingos y templarios en una ficción histórica fascinante.

