Por María Fernanda Rossi – La Pluma Viajera
El aire en la Quebrada ha cambiado. Ya no es solo el viento seco que acaricia los cardones; ahora trae un susurro de coplas y ese aroma dulzón y penetrante de la albahaca que, como un talismán, se posa tras la oreja. Mi pluma hoy vuela enharinada, buscando el rastro de los diablos, pero antes se detiene en un rito que es el verdadero sostén de nuestra tierra: el comadrazgo.
Más que pan, un pacto sagrado
Antes de que el Diablo mayor salte del cerro, hay un pacto que se sella en voz baja. El Jueves de Comadres no es solo una «previa» a la fiesta; es una de las instituciones más robustas de la cosmovisión andina.

Las Comadres y sus guagüitas
Cuando escribí mi libro Los puentes de Uquía, pude presenciar como las mujeres se «topaban» en las esquinas, luego en cada viaje por los pueblos andinos comprendí que ese modo de sentir el comadrazgo era un factor común. Aparece la Guagua de pan, un pequeño ser nacido del trigo (antes del maíz) que simboliza la fertilidad y la vida. Al bautizarla, las mujeres no estamos jugando: estamos creando un parentesco ritual que es tan vinculante como la sangre. Es el Ayni (la reciprocidad) hecho abrazo.
A partir de ese «¡Salud, comadre!«, el tuteo se vuelve respeto y nace una red de seguridad emocional y espiritual. Ser comadre es saber que, si la vida aprieta, habrá otra mujer allí para sostener la cosecha, cuidar a los hijos o compartir la medicina del consejo. Es la «política de los afectos» que permite que nuestra cultura sobreviva a cualquier crisis.
Albahaca, harina y la voz de la resistencia
Bajo la nube de harina blanca, las jerarquías se borran. No hay ricas ni pobres; solo comadres igualadas por la pureza y la alegría. La albahaca nos protege y la copla nos libera.

En ese círculo, la palabra se vuelve poder. A través de las coplas pícaras y burlonas, la mujer andina ejerce su autonomía plena, denunciando injusticias y celebrando su rol como guardiana de la abundancia. Es el momento de agradecer a la Pachamama por la armonía del hogar antes de que el carnaval desate su caos bendito.
El Grito en el Mojón: ¡Pujllay ha despertado!
Pero el reposo del viernes es apenas un suspiro. El sábado, el pulso del cerro se acelera. Nos acercamos al mojón con las manos llenas de ofrendas. Chicha para la sed de la tierra, hojas de coca para agradecer y maíz para que la fertilidad no nos abandone.
«¡Gracias, Pacha!«, decimos, mientras los muchachos cavan con urgencia. Y de repente, el estallido. Como si brotaran de las entrañas de la montaña, aparecen los diablos multicolores. Espejitos que atrapan el sol y máscaras que guardan el misterio. El Diablo Mayor saca del pozo al Pujllay y el grito contenido de todo un pueblo se libera.
El Talismán de la Alegría
¡Que se venga nuestro carnavalito! La quietud de la quebrada se rompe con la explosión de erquenchos y quenas. Los diablos nos guían y nosotros nos fundimos en esa nube de harina y olor a albahaca.

El Carnaval no se mira, el Carnaval se habita.
Es ese «lai la la lá» que se nos pega al alma mientras giramos en la rueda, sabiendo que el comadrazgo nos sostiene y que, por unos días, el diablo nos presta su risa para recordarnos que, en comunidad, la vida siempre florece.
¿Todavía sienten el aroma de la albahaca? Pasen y bailen… que en esta rueda, nadie está sola.

Nota de la autora: En mis viajes por los pueblos andinos, pude comprender que el comadrazgo es la red que sostiene el intercambio, los emprendimientos colectivos y la ayuda mutua entre productoras. Es una red de mujeres: una fuerza invisible, productiva e indestructible.
