Susurros, escalofríos y cenizas

Por María Fernanda Rossi- La Pluma viajera

Esta vez siento que no soy yo la que maneja mi pluma viajera. Una fuerza invisible eclipsa mi brújula y simplemente me dejo ir.

Este vuelo errante, trazado en espiral, aterriza en un escenario de cuentos de hadas. Creo que en cualquier momento aparecerá Blancanieves probando la manzana o veré descender la trenza eterna de Rapunzel. Me sacudo un poco; el entorno me embriaga, parece diseñado con los pinceles del deseo. Camino desconfiada entre la algarabía de sensaciones que me resultan extrañamente familiares. Lo percibo como ese enamoramiento inicial, ese primer «sí» de la sangre donde los sentidos te asaltan sin permiso. El césped es de un verde tan profundo que parece irreal, cuajado de un rocío que brilla como diamantes recién tallados.

Me pierdo en la textura rugosa de los árboles milenarios y me entrego a los aromas florales que inundan el lugar; es un perfume que adormece el juicio y acelera el pulso. Y allí, entre las ramas, lo distingo: es él, el Amor, jugando a un coqueteo constante de “estoy y no estoy”. Se esconde tras los troncos, se sumerge en las aguas cantarinas de las fuentes, y mi piel se convierte en un paseo de mil hormigas deambulando mientras intento seguir sus pasos.

Mi búsqueda es pura risa y excitación; hay una adrenalina eléctrica en la expectativa de alcanzarlo, de acorralarlo por fin y, en un descuido, atreverme a sostenerle la mirada. La naturaleza misma empieza a cantar mientras me ruborizo ante el roce fortuito de nuestras manos al pasar por los malvones. Entonces escucho la voz de Gabriela Mistral desprendiéndose de los pétalos:

“Dame la mano y danzaremos; dame la mano y me amarás. Como una sola flor seremos, como una flor y nada más…”

De pronto, él se detiene frente a un arco de rosas rojas que marcan la entrada al castillo. Lo observo y su expresión cambia; se vuelve intensa, casi eléctrica. Me invita a pasar y el paisaje entero parece encenderse. Es aquí donde el encuentro se hace carne y fuego. Como escribí en mi libro «El mensaje de Chuscha», el entorno se rinde ante el deseo:

Como dos llamas que danzan en un fuego ardiente… El jardín entero ardió de pasión ante la avidez de los jóvenes amantes, que yacían entreverados bajo la tenue luz de la luna”.

Cruzamos el portal y la calidez del sol quedó atrás. Adentro, las paredes del vestíbulo parecen saturadas de una presencia invisible. La letra firme de Alfonsina Storni aparece grabada en la piedra:

Por sobre todas las cosas amo tu alma. A través del velo de tu carne la veo brillar en la oscuridad: me envuelve, me transforma, me satura, me hechiza”.

Entonces el Amor empieza a subir las escaleras de mármol. Ya no corre; ahora camina con una elegancia segura. En cada peldaño la pasión se asienta, buscando transformarse en algo que nos permita seguir respirando. En el descanso, entre marcos de oro viejo, la claridad de Jane Austen nos concede una tregua:

El amor es una llama que arde dentro de nosotros y nos da fuerza para seguir adelante”.

Pero el viaje aún no termina; la pasión se va entumeciendo a base de rutina. El rítmico golpe de nuestros pasos nos lleva ahora escalera abajo, dejando atrás los ventanales iluminados por los haces plateados de la luna. De un salto, el Amor se pierde por una puerta oculta que conduce al sótano. Lo sigo. Aquí el aire es gélido y el eco devuelve sonidos de barcos que parten. Se sienta sobre una reja y me muestra, por fin, una sonrisa diabólica. Ya no hay flores.

En las paredes húmedas, leo la desesperación de Alejandra Pizarnik:

Oyes la demente sirena que lo robó… ríe en el pañuelo, llora a carcajadas, pero cierra las puertas de tu rostro para que no digan luego que aquella mujer enamorada fuiste tú”.

El Amor aquí se vuelve fantasma. La ausencia se hace insoportable y escucho el eco desgarrador de Poldy Bird rebotando en el techo bajo:

Voy a tener que irme a un planeta sin aire. Porque eres el aire… ¡Vete! ¿No te han dicho, acaso, que los muertos no regresan?

Convoco a mis mujeres, a todas; bailo entre la humedad y el silencio. Lanzo mi hechizo entre las cenizas, un conjuro danza entre mis labios. Llamo a la luna y a mis musas. No estoy sola. Mi cuaderno se abre y mi pluma levanta vuelo.

Salgo del castillo sabiendo que el amor es todo eso: la danza en la colina, el fuego bajo la luna y, a veces, ese planeta sin aire. Guardo mi mate, cierro mi diario y me pregunto: aún conociéndolo… ¿todavía lo espero?

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