Un viaje al corazón de la copla con Andrea Mamondes
Por María Fernanda Rossi
En el vasto territorio de Amaicha del Valle, la voz no solo comunica: resiste, ofrenda y recuerda. Andrea Mamondes, coplera y guardiana de los saberes antiguos, nos invita a desandar el camino de la caja para comprender que la copla es mucho más que cuatro versos rimados; es el latido de una cultura que se niega al silencio.
El significado de ser coplera
Para Andrea, ser coplera en Amaicha es un acto de reafirmación. “Es la musicalidad étnica de estos territorios”, define con seguridad. Aunque técnicamente la copla se compone de cuatro versos con rima y coherencia, para ella es, ante todo, una misión y un oficio.
Su formación no vino de los libros, sino del aire y el ejemplo. “Me la enseñó mi abuela; aprendí en las ruedas, escuchando a las otras abuelas”. En una cultura que es eminentemente oral, los saberes se transmiten desde la práctica y la vivencia. Es allí, en el círculo de la rueda, donde Andrea asegura que sucede “la magia de la improvisación”.
El canto con caja la acompaña en todas sus dimensiones. A veces es una comunicación íntima y solitaria con la naturaleza o con uno mismo; otras, es un grito colectivo. “Cada uno venimos con un propósito a este mundo”, reflexiona, y el suyo parece ser el de portar esa caja que guía el canto.
Raíces: El encuentro de dos mundos
Al hablar de la historia, Andrea nos recuerda un cruce fundamental: la copla llega de España con la conquista, pero en estas tierras se funde con la caja y las melodías precolombinas.
“Antes de la llegada de los conquistadores, se cantaba en lenguas indígenas. En estos territorios era el kakan. El ‘joy joy’ que se canta en Amaicha es un canto étnico de origen kakan”, explica.
Esta distinción es vital: la caja es el legado más antiguo, el instrumento de herencia étnica que marca el paso. Sin ella, el canto no tiene guía.

Cantar el presente para honrar el pasado
La mayoría de las coplas que resuenan hoy tienen más de dos siglos de historia, pero Andrea reconoce un desafío contemporáneo: volver a improvisar sobre lo que nos sucede hoy. “Últimamente, las coplas que se crean hablan de lucha, resistencia y toma de conciencia respecto al extractivismo a gran escala”, comenta sobre la evolución del género.
El calendario de la copla sigue marcado por la tierra: se canta para ofrendar a la Pachamama en agosto y para agradecer las cosechas en Carnaval. Es un ciclo de gratitud que varía según el territorio. “Cada lugar tiene su tiempo, su forma de ejecutar el instrumento. Cada territorio tiene su bagaje cultural único”. En ese mapa de sonidos, Andrea destaca la vidala antigua de Fiambalá como una de las melodías que más la conmueven por su esencia pura.
El legado a las nuevas generaciones
Para Andrea, el mayor desafío del siglo XXI es que las infancias aprendan a ejecutar el instrumento y, sobre todo, a improvisar. Su mensaje para los jóvenes es claro: hay que conocer el pasado para entender el presente. “Estamos en un momento de visibilizar a las culturas antiguas. Que no tengan vergüenza y valoren este arte”.
Al final del camino, una copla de su propia autoría resume este sentimiento de retorno y esperanza:
“Cuando yo era chiquita
mis abuelos me decían
pasarán muchos años
volveremos algún día”
Para Andrea, ese «volver» no es nostalgia, es acción: es regresar a la tierra a sembrar, a tejer, a moldear el barro y a cantar con el respeto que los abuelos enseñaron. Es, en definitiva, volver a poner en práctica los sabores de la cultura oral.
