Trilogía poética II

Praeter invisas cupressos… 

Por Marcela Coria (Univ. Nacional de Rosario)

Las ruinas invadidas por el ciprés: una imagen que podría condensar muchos de los versos (y de la profunda filosofía que subyace a ellos) de esta segunda Trilogía poética de la escritora salteña Liliana Bellone, conformada por los poemarios, de extensión disímil, Ofrenda, Galería y Poemas breves, y publicada nuevamente por la editorial Juana Manuela.

Desde la Antigüedad, el ciprés se asoció con la muerte, con los ritos fúnebres, con las tumbas; así lo cantó el inmortal Horacio: linquenda tellus et domus et placens / uxor neque harum quas colis arborum / te praeter invisas cupressos / ulla brevem dominum sequetur (Odas, II, 14):

“hay que abandonar la tierra y la casa y a la amada / esposa, y de estos árboles que cuidas, / ninguno, excepto los odiosos cipreses, te / seguirá, efímero amo” y así también lo afirmó el erudito Plinio el Viejo: Diti sacra et ideo funebri signo ad domos posita (Historia natural, XVI, 33): el ciprés “está consagrado a Dite (i. e. Plutón), y por ello se coloca ante las casas en señal de luto”.

Pueden escucharse diáfanos los ecos de esta idea en esta nueva Trilogía, en la cual resuenan también aquellos temas que ya aparecían en la primera: el tiempo que huye inevitable, los días que se escurren vertiginosamente como el agua en una clepsidra, esos días “hechos con el polvo volátil / de la nada” (“Los días”), las voces de los muertos, los cadáveres (“Me acercaré”), los fantasmas de quienes ya se han ido (“Fantasma”), sus espectros (“Refugio”), la ausencia del cuerpo amado (“Tu cuerpo”). Las tumbas (“Límite”), las criptas y las ruinas (“El ciprés”) y el rito fúnebre (“Gesto”), son símbolos materiales de ese tiempo que, paradójicamente, todo lo destruye en esta triste época sin dioses, y, a la vez, añade, sin cesar, eslabones a la cadena eterna e inexorable de muerte y renacimiento (“las flores que brotan / de nuestras calaveras”, “Oda”), cadena recubierta no de ciprés sino de álamo y hiedra. 

No es ociosa, como tampoco lo era en mi reseña de la primera trilogía de Bellone, la referencia al mundo antiguo que aparece en el título de estas notas: sobre todo en Ofrenda, las figuras y los mitos de Antigüedad clásica son omnipresentes: aquí están, explícita o implícitamente, la abandonada Ariadna (“La que desenreda su cabello”), Eurídice descendiendo hacia el Hades (“Descenso de Eurídice”), la doliente Hécuba (“Las nubes”), ¿Narciso? (“A ti”), Europa raptada por Zeus (“El rapto”), el sangriento Minotauro (“Monstruo”), la llorosa doncella amada por el centauro Neso (“Deyanira”), ¿Andrómaca? (“Partida”), Heracles, el que gusta del álamo (“Oda”), las ninfas (“Carpe diem”), los augures (“El caminante”), las nereidas, Tritón y ¿Tetis? (“Gradiva”). Incluso se cuela, también, el león babilónico del “mosaico azul” de la Puerta de Ishtar (“Un retazo de historia”).

Tópico recurrente en la poesía griega, la conciencia de lo efímero de la existencia invita a la embriaguez de los sentidos y al disfrute casi místico de la belleza; pero en el dulce momento del disfrute, en el instante en que se “atrapa el día”, irrumpe la lágrima perturbadora, impulsada por una melancolía imposible de ocultar (“Carpe diem”). Es que el negro smog, nuncio de la decadencia y la corrupción, lo corroe todo: tanto las “bellas estatuas de mármol” de las praderas romanas en las que habitaban dioses benéficos como “nuestras almas”, y “solo quedan cadáveres / retazos de cuerpos / despojos” (“Evocación”). Triunfo, al menos momentáneo, del luctuoso ciprés.

Ofrenda, el poemario más extenso, puede leerse, de este modo, como una armoniosa transición entre la primera trilogía de Bellone y esta segunda; la continuidad se evidencia en los temas, las figuras y las imágenes.

En Galería cambia el escenario pero no del todo el tono: se trata de poemas inspirados en obras pictóricas que inmortalizan momentos llenos de pregnancia, entre los que predominan los relacionados con la danza; momentos, es necesario decirlo, también huidizos, captados precisamente en su caducidad y proyectados hacia la eternidad, como el gesto de las bailarinas de Degas (“Edgar Degas, La scuola di danza”; “Degas, bailarinas preparándose para el ballet”), o el de las mujeres hermosas del Moulin Rouge (“Toulousse-Lautrec, en el Moulin Rouge”) o del Moulin de la Galette (“Renoir, Baile en el Moulin de la Galette”).

También este segundo poemario está poblado de ninfas (“Edgar Degas, La scuola di danza”; “Nicolás Poussin, Bacanales”; “Francken II, Frans, Neptuno y Anfitrite”), dioses (“Henri Matisse, La danza”), sirenas (“Francken II, Frans, Neptuno y Anfitrite”) e incluso dioses individualizados, como Dioniso (“Nicolás Poussin, Bacanales”), el dios coronado de hiedra, y Neptuno (“Francken II, Frans, Neptuno y Anfitrite”).

Otro momento proyectado fuera del tiempo es el del idilio eterno de “Boucher, F., Un otoño pastoril”, de evidente inspiración virgiliana. Se trata, en todo caso, de imágenes estáticas que, sin embargo, poseen toda la fuerza del movimiento; es como si, otra vez de manera fugaz, las formas inmortalizadas en obras pictóricas cobraran, por un instante, vida propia (casi como en la exquisita fantasía de Mujica Láinez Un novelista en el Museo del Prado).

Poemas breves reúne 53 composiciones sin título, numeradas, de pocos versos, e incluso un poema en prosa (30). La concisión de la expresión forja instantáneas, aguafuertes. También aquí escuchamos reverberaciones antiguas, con la mención de César (5), Latona (14, ¿se refiere la autora, con “el lúgubre estanque”, al mito según el cual la madre de Apolo y Ártemis convirtió en sapos a unos campesinos que le impidieron aplacar su sed en una laguna, mito que cuenta Ovidio en Metamorfosis, VI, 313-381?), las ánforas de barro en las tumbas (17), ¿Aurora y Titono? (21), ¿Orfeo? (35), las nereidas (43) y ¿Hero y Leandro? (45).

Como es una constante en su obra, la erudición literaria de Bellone atraviesa también esta Trilogía. Son recurrentes las referencias a algunos de sus autores más caros: Virgilio, por supuesto (“Evocación”), Dante (“Inferno V”), Boccaccio (“Sandro Botticelli, El infierno de los amantes crueles”), Leopardi (en el poema homónimo), Goethe (“Werther”), Bécquer (“Con Bécquer”), García Lorca (“Bernardas Albas”), Marechal (“Tu casa”) e, infaltable, Borges (“JLB”). Me parece entrever otras tres en Poemas breves, menos evidentes y, tal vez, fruto de mis propios deleites literarios (¿Catulo en 3?, ¿Kafavis y Buzzati en 11?).

EL INFIERNO DE LOS AMANTES CRUELES – Bocaccio / pintado por Sandro Boticelli

De acuerdo con Ovidio (Metamorfosis, X, 106-142), Cipariso, un amante de Apolo, mató involuntariamente a un ciervo que le era muy querido; su dolor fue tan inmenso que pidió a los dioses poder llorar y guardar luto por el animal para siempre. El dios se apiadó de él y lo transformó en ciprés, el árbol que desde entonces se asoció al duelo por los muertos, fue consagrado a ellos y se colocó en los cementerios para acompañar en su pena a los dolientes (cf. Virgilio, Eneida, VI, 216).

El mito nos recuerda la omnipresencia de la muerte, la fugacidad de la vida: “¿No será un solo día / la vida? / ¿O una hora / o un minuto / o un segundo?” (44). Los muertos son aquellos que han cruzado el umbral (35, 53), esa frontera sin retorno (excepto para algunos elegidos, como el hijo de Zeus y Semele), que separa a quienes viven y ven la luz, metáfora frecuente en la poesía griega, de quienes, umbrosos, ya no tienen luz en sus ojos (35).

Esa misma luz es la que ilumina la letra (“Deseo”) e incluso la carta que no fue escrita (22). La lámpara que se enciende para leer se encuentra en la casa protectora, casa acariciada por “el viento de los álamos” (“Deseo”), árboles asociados a Heracles, porque envuelto en álamo el sufrido héroe volvió del inframundo (Virgilio, Bucólicas, VII, 60) y, en este poema, al amor:

¿es el mismo viento, este que mueve los álamos, el viento de agosto (34), el que transporta los fantasmas de las hermanas Campassi (Augustus) y el viento en el que danzan eternamente Paolo y Francesca (“Inferno, V”), extasiados por la contemplación del ser amado?

Y en relación con el éxtasis, ¿es el de Dioniso ese cuerpo “que en una tarde / De verano aguardó / La luna desde un enrejado / Cubierto por la hiedra” (39), el dios del vino y del teatro, el que eternamente muere y renace, en un ciclo infinito, y al que suele representarse con una corona de hiedra? Dioniso-Baco protagoniza, en efecto, uno de los poemas de Galería (“Nicolás Poussin, Bacanales”) ¿Son, en definitiva, estas alusiones a Dioniso (una, probable y la otra, indudable) la contracara de esa “Humanidad triste” que vive en el polvo y que necesita a los dioses para erguirse nuevamente, como en los tiempos antiguos (33)?

¿Es posible que de nuestras calaveras broten las flores? ¿Es posible que la danza frenética y caótica como la de las figuras de Poussin (no las de Degas) renueve incesantemente el tiempo cíclico en el que alternan muerte y renacimiento? ¿Es posible, en fin, que el álamo y la hiedra puedan contrarrestar la fuerza destructiva, arrolladora e irreversible del ciprés, único y odioso árbol que te seguirá una vez hayas abandonado todo lo amable de la vida?

Liliana Bellone: Profesora en Letras. Prof. Distinguida de la Universidad Nacional de Rosario. Publicó más de veinticinco libros.  Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Cuba de Novela en 1993 por Augustus,  el Premio Novelas Ejemplares de la Universidad Castilla La Mancha y Ed. Verbum 2020 de Madrid por El libro de Letizia. Novela de Capri.  La Ed. Verbum de España publicó el ensayo “Novelas, mujeres y política en J.L.Borges”   y  tres  novelas.  Cinco novelas suyas fueron editadas en Italia por Oèdipus (Salerno/Milán) y Ed.Marlin (Cava de ‘ Tirreni, Salerno).

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Trilogía Poética II

Publicado por Juana Manuela

Empresa destinada a la publicación de textos de difernetes géneros literarios, como así también a la difusión de nuestra cultura latinoamericana.

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