Por Daniela Latorre

Mucho se comenta sobre esta celebración y los cambios en las costumbres a lo largo del tiempo. Hay quien reclama que en Argentina hemos adoptado demasiadas tradiciones extranjeras. Comidas pesadas que no se condicen con nuestro verano. Turrones que aportan demasiadas calorías. Arbolitos con nieve de cotillón. Un Papá Noel abrigado con manga larga, gorro y botas, mientras nuestra tía viste sandalias, y el tío, chancletas. Y la lista podría continuar…
Sin embargo, otros íconos marcan la llegada de esta época tan especial del año para quienes la esperan con ansias en otros puntos del globo.
En Europa, ya desde la finalización de Halloween, cerrando el mes de octubre, las tiendas y centros comerciales cambian las calabazas y trajes de brujas por muérdagos, estrellas de Belén y villancicos en los parlantes.
En España, por ejemplo, todas las urbes y hasta los poblados más pequeños decoran sus calles principales con luces y árboles, ya desde el mes de Noviembre.

Hay incluso un alcalde en Vigo que reclama ser el primero y más original por encender las luminarias antes que todo el mundo. Se regodea en ello y se pasea por los medios de comunicación con provocativas declaraciones, pinchando a su colega de turno en Nueva York y también a sus coterráneos. Y no es para menos: prevé invertir casi 9,5 millones de euros en su alumbrado navideño para los próximos cuatro años.
Lo más curioso: toda la gente, de todos los rincones del país, sale a la calle con temperaturas bajo cero para ver el momento exacto en que las luces son encendidas por primera vez en la temporada en el centro de su pueblo o ciudad.
Esa puede que sea una de las grandes diferencias con nuestras celebraciones en Argentina: en el hemisferio norte, el invierno tiñe a la Navidad de colores y escenas muy diversas a las que acostumbramos en Latinoamérica.
En el este del llamado viejo continente, los protagonistas son los mercados navideños. Desde comienzos de diciembre, las capitales y algunas de las ciudades más grandes, organizan ferias en las plazas centrales, peatonales y algunas calles habitualmente transitadas por locales o turistas. Ensamblan casillas de madera que servirán de puestos para vender artesanías, recuerdos, regalos y, lo más importante: comidas y bebidas.

Las familias se toman su tiempo al final de la jornada laboral o fines de semana para reunirse allí y compartir un rato al aire libre. Lo fundamental: no olvidar llevar varias capas de abrigo y calzado antideslizante, pues en la mayoría de estos lugares la lluvia, el frío y la nieve son parte del paisaje.
Los grupos de amigos se encuentran en estos puestos para tomar bebidas calientes y comer panqueques con pasta de almendras o Nutella y otras delicias llenas de azúcar.
Mientras nosotros brindamos con sidra (y las sin alcohol para los más pequeños) o servimos copitas de limoncello con una cucharada de helado de limón, en Europa las bebidas representantes de la Navidad y el Año Nuevo vienen en taza y se agarran con las dos manos.

Cada país tiene su versión de la receta del vino caliente. Suele ser un tinto bien dulce que se cocina en olla mezclado con naranja, canela, anís, cardamomo, clavo de olor y mucha, mucha azúcar.
¿Cuánto tiempo dura caliente en tus manos? Puedo asegurarte que muy poco. Las temperaturas son muy bajas. Por eso, la gente se junta a tomar uno, y dos, y tres vasitos… hasta sentirse reconfortados. ¡No nos olvidemos que están al aire libre y puede que esté nevando!
Suele haber grupos musicales y bandas que se presentan cada noche en estos mercados. Y por la tarde, los shows son para los niños. Y es que las infancias merecen toda la atención por estas fechas.
En Francia, por ejemplo, en un pueblo cerca de Perpignan, cada año se construye una “Villa de Navidad”. Además de los puestos de un mercado típico navideño, en la Village de Noël de Le Barcarès se puede disfrutar de una pista de patinaje sobre nieve, una pista de quads, un museo de hielo, un tobogán de hielo, un trineo virtual y un barco enorme convertido en bar, cafetería y sala de exposiciones de arte y juegos. Es que todo este predio está emplazado en un escenario difícil de superar: a la vera del mar Mediterráneo y con las montañas de los Pirineos de fondo.

Otro sitio bien curioso para deleite de grandes y chicos es el parque de atracciones en el parque de la casa de la familia Salaj, en el pueblo Grabovnica, a una hora en coche desde Zagreb. Si bien la capital de Croacia ya se ganó varios reconocimientos como uno de los mejores sitios donde pasar la temporada navideña, gracias a sus majestuosas decoraciones, mercados y una pista de hielo en plena ciudad, la perla se encuentra a unos pocos kilómetros.

Todo comenzó como el sueño de un niño que tenía un árbol muy humilde y simplón. De grande, el soñador devenido adulto contagió al resto de los integrantes del hogar para iniciar lo que ya es una tradición instalada: crear cada año un jardín navideño mejor que el año anterior.

Actualmente, suelen colocar unos 2.5 millones de luces que dan forma a gigantescas imágenes de todos los personajes navideños que puedas imaginar: duendes, elfos, renos, trineos y el infaltable Santa Claus. Un espectáculo para no perderse, especialmente por la noche.
Otro ingrediente que no puede faltar en esta época del año, es el jengibre.

Lo vamos a encontrar en galletas (como el personaje de la película de Shrek), panes y cafés. Sí, como bien se lee, se agrega a los capuchinos, mocachinos y algunas combinaciones de leches chocolatadas. Hasta las grandes cadenas como Starbucks suelen atraer a los clientes ofreciendo esta bebida especial, sólo durante el tiempo que dura la temporada.

Y a ustedes, ¿qué sabores y escenarios les conectan con la Navidad? ¿Alguna vez les tocó pasar esta celebración en otro punto del planeta? ¿Qué nuevas costumbres descubrieron? Leemos sus historias en la sección de comentarios.


Un comentario en “Navidad al otro lado del charco”