Por Jorge Triviño Rincón

En vísperas de su muerte, Antonio Nariño; hombre maduro y avejentado, pero lúcido; adolorido, pero sin resentimientos, noble como pocos y sincero; y amante de su Patria por la que había luchado siempre, confesó a uno de sus allegados estas palabras:
—“Nacido en este territorio hermoso, lleno de montañas, valles, y ríos, donde palpita la vida en todo su esplendor; donde el eco libertario es mayor que la fuerza con que la Tierra da vida a sus criaturas, y para que quede en la memoria de quienes deseen conocer a su Patria, que hubo un hombre que la amó profundamente y que además de amarla, sufrió todos los dolores que ser humano pudiera sufrir.
Diles, además, que he comprendido —como ningún mortal— el valor inapreciable de la libertad y de la vida; aunque como hombre, he sufrido los dolores y los vejámenes infringidos por mis detractores. Aún llevo las cicatrices y las marcas que dejaron los cepos que ataron a mis pies; pero estoy convencido de que una Nación no puede permitir el yugo. Yo he sabido soportarlo, ya que mi espíritu, posee el temple necesario y la audacia porque es mi deseo ver a mi país libre de verdugos.
Aquí, en este territorio donde el oro brota de las canteras a raudales, donde el agua rueda gozosa por las vertientes, y los campesinos cantan en las alboradas; donde los sinsontes trinan y los indígenas bajan presurosos por las laderas de las montañas para alabar al Creador.

Aquí, donde las planicies lindan con el sol y desde las montañas se ve el atardecer como un baño de oro y de carmín—; en fin—, aquí en esta misteriosa tierra llena de leyendas, ha crecido una estirpe soberana, que andará por el mundo enseñando a los demás el poder del espíritu de libertad.
Ve y diles, que en la tierra de las esmeraldas y el oro, la orquídea crece silvestre y el perfume de la rosa se hace canto.
Diles que en las prisiones de Cádiz y en las mazmorras, el sentido de la libertad es un eco fecundo que brota de nuestros corazones y alimenta el rumor de las voces de dolor de los esclavos, que gimen para escapar de las manos de los tiranos; diles que, aunque la mente se encuentre aherrojada, el corazón pide a gritos la miel de la emancipación para poder crear.
Diles a las futuras generaciones, que podrán contemplar la luz del sol sin rejas que les aísle del calor bienhechor…
Diles, que el hombre tiene derecho a elegir por sí mismo la senda en búsqueda del Arquitecto del Universo y que no hay fuerza que le impida ir hacia Él, ya que el espíritu es Omnipotente…Diles…”
Un acceso de tos de la incipiente tisis que tenía le obligó a callar.
—Escribe —le ordenó— el prócer.
Su amigo mojó la pluma en el tintero y empezó a escribir:
“Odié siempre a los tiranos. Luchando contra ellos perdí cuanto tenía…hasta mi país.
Cuando apareció por fin esa libertad tan esperada y por la cual yo había sufrido tanto, lo primero que hicieron, fue tratar de ahogarme con sus propias manos.
Todos me han puesto cadenas. Me han calumniado, pero no he aborrecido ni a los que me han perseguido.
¡Cuánto amé a la Patria! Algún día lo dirá la historia. No tengo que dejar a mis hijos sino mi recuerdo.
A la República le lego mis cenizas…”
Su fin estaba cercano. Posteriormente empezó a escupir coágulos de sangre y a toser ininterrumpidamente.

El trece de junio continuó mucho más enfermo, recibiendo Los santos óleos de parte de un sacerdote que había llamado para que le asistiera en sus últimos momentos.
—Por favor —pidió el mártir, mientras hacía en su mano derecha su reloj— recitad el Miserere y los salmos penitenciales.
En medio de aquellos cantos, el prócer agonizó hasta las cinco de la tarde, cuando con semblante sereno ante la proximidad del Ángel de la Muerte, cortó su aliento y expiró.
Del libro inédito: Apólogos

